La sentencia de verdad del Caso Nóos

fb_img_1487468943720Siempre que la actualidad deja caer una bomba informativa como la sentencia del Caso Nóos, un fallo que deja insatisfechos porque nos parece que ya lo habíamos decidido hace tiempo entre todos, pienso en un redactor jefe en su despacho, castigado sin comer. Veo cómo remueve un café, fuma pese a que está prohibido y escruta en una página en blanco el rumbo que ha de tomar el periódico del día siguiente, cuando casi todo ha caducado, especialmente el ansia. Mañana Twitter estará a otra cosa.

El periódico nunca hiberna; es un animal somnoliento por la mañana, se despereza a la hora de comer y enseña las fauces cuando atardece. El mundo está a punto de acabarse cada noche, poco antes del cierre de un periódico. “Es increíble que salgamos todos los días”, se sorprende un compañero de vez en cuando. Pero sucede. Un periodista no es un escritor porque deja la magia al margen y, entre otras razones, porque -falsedades, imprecisiones, querellas y manipulaciones aparte- nunca fracasa. Siempre llena el papel. Siempre entrega el recado.

En días de máxima expectación como este viernes me imagino al director, al jefe de sección, a los reporteros especializados en tribunales, devanándose la cabeza con los hechos probados y los fundamentos jurídicos; oponiendo el resultado al escrito de calificación del fiscal; anticipando consecuencias. Al equipo de periodistas que firmará la pieza principal repartiéndose la lectura y el análisis de los 700 folios de la sentencia, como si fueran contratistas de obra pública apremiados por inaugurar. La máquina analógica engranando en perfecta sintonía con los compañeros que en la página web desbrozan las primeras informaciones con tacto de cirujano, vadeando en ese delicado mundo de los titulares en internet, donde en ocasiones resulta imposible no equivocarse. Donde no hacerlo casi parece de mala educación. “Señora, un periódico sin erratas es como un jardín sin flores”, ilustró en una ocasión otro compañero de trabajo a una lectora insatisfecha.

Cuando el viernes se dio a conocer el fallo del Caso Nóos, yo estaba subrayando una de tantas sentencias de diario, las que hablan de delincuentes anónimos condenados a una pena de prisión, multa o trabajos comunitarios y, lo que es más grave, a un breve en la página 6. Avatares personales diseccionados en una docena de folios para concluir que un atracador de poca monta es culpable de un intento de robo violento en una librería de la que fue expulsado a escobazos. El fallo impone el castigo pero es que el relato de hechos humilla al pobre infeliz. Tras 45 minutos leyendo y subrayando esa resolución, me hice una idea del tiempo necesario hasta tener una opinión formada del caso Urdangarín. Hasta ser quien de discutir con sentido. Y no hacía falta pasar ni una hoja, maldita sea.

Mientras la sentencia aún se notificaba, como el que dice, la España de Twitter -esa que Mariano no teme- ya hablaba. Un poco dando la razón a Woody Allen: “Los hay capaces de hacer de cada solución un problema”. Si usted no tenía datos en el móvil pero estaba en el bar o escuchaba por la radio a Revilla, sepa que también le convalidarán Derecho. Antes de que uno pudiera leer el fallo ya nos ilustraban cargos públicos, activistas, alarmistas y perfiles anónimos -en la red muchos ocultan su identidad para hacerse un nombre-, dictando su sentencia, la de verdad. Esa que condena a la absuelta infanta por “delitos civiles” (sic), la que retrata al poder judicial “atado y bien atado” por el franquismo y, por supuesto, la que discute al tribunal por haber exculpado a Cristina de Borbón, tras condenar semanas antes a un joven que compró con una tarjeta falsa. Distinto delito y distinta prueba, ¿pero acaso importa? Haga una búsqueda rápida, no tardará en hallar ejemplos de la razón colectiva de la red social. Verbigracia: “Si la infanta Cristina hubiera robado una tarjeta de crédito para comprar pañales a sus hijos, SEGURO (enfatizar suele ayudar) le caían 3 años como mínimo”. También sobró el tiempo para que Revilla, presidente de una comunidad, o eso se comenta, aprovechara la ocasión para disertar sobre el estado de las cosas en nuestro país. Dalí estaba convencido: “No hay nada tan surreal como la realidad”.

Así que abrumado por tantas opiniones sesudas, ya sin nada que objetar, volví a otra sentencia de diario. Hablaba de dos yonquis que se hicieron pasar por policías para robar a unos chicos que jugaban a la Play, otra historia prosaica que no sirve para tuits arrojadizos. En el cuadrilátero digital, por fortuna, también hay salvedades honrosas. El resumen más certero del viernes fue de Manuel de Lorenzo, que tiene esa costumbre de escribir lo mejor de cada jornada: “Día internacional del cuñadismo jurídico. Paradójicamente”.

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