Frases lapidarias

milowashere“Esta no es su casa, este es el Tribunal Supremo” es la típica frase que desarbola una estrategia de defensa. Un jab que destroza la mandíbula. Un misil a la línea de flotación del acusado y su letrado. El exconsejero de Presidencia de Cataluña y actual diputado Francesc Homs casi besa la lona alfombrada de la Sala de lo Penal cuando el presidente del tribunal dictó esa sentencia, la primera del caso; quizá la definitiva. Manuel Marchena fue inapelable. Una frase con esa carga de profundidad, que se inflama nada más salir de la boca, ha nacido para pasar a la posteridad como un titular de prensa a 5 columnas, un inserto en el telediario de máxima audiencia, un espacio garantizado en las secuencias satíricas de El Intermedio. En estos tiempos nuestros, el fiscal y el juez van a la procura de un titular casi con el mismo denuedo que de una condena.
Las sentencias lapidarias no son monopolio exclusivo de los acusadores. En esta serie prolija y animada, con tantas temporadas, que está siendo la corrupción española, nos sobran los ejemplos. Momentos sublimes que marcan una época, que sucedieron dentro y fuera de las salas de los tribunales. Cómo olvidar ese “Hacienda somos todos debe circunscribirse al ámbito para el que fue creado: el de la publicidad”. Pam. La abogada del Estado Dolores Ripoll defendía -legítimamente- que la infanta Cristina de Borbón no se sentara en el banquillo por el caso Nóos, pero entre sus razones brotó la frase de-fi-ni-ti-va. Justo antes de la última campaña de la Renta. Vaya publicidad. Los teletipos echaban humo. Se produjo un efecto mariposa: de los murmullos en la sala de Palma a los gritos escandalosos de un bar cualquiera, donde rodaron los vasos.
En Galicia nos gusta recordar, por sincera, la confesión que el expresidente de la Confederación del Miño-Sil (el organismo de la principal cuenca hidrográfica gallega) hizo a la juez Pilar de Lara, instructora de la operación Pokemon, famosa por extender los interrogatorios hasta la madrugada, como hacía Lendoiro cuando negociaba los fichajes. Francisco Liñares reconoció que llevaba cuenta en una libreta de los presuntos sobornos recibidos: “Calculo que unos 300.000 euros en 9 o 10 años”. Aunque para lapidaria la frase de la magistrada durante el interrogatorio a uno de los investigados: “Si hubiera sabido que guardaba tanta documentación, no habríamos necesitado meses de teléfonos pinchados. Lo guardaba todo; es un libro abierto. Usted es un pésimo delincuente”, dijo la juez, según contó el diario El Progreso.
En Ourense hubo un tiempo en que quedarse con un solo titular era un reto. Gobernaba Baltar, el primero, el padre, el antecesor. A veces aportaba una frase rotunda, en letras capitales, sin tan siquiera ser él el que hablaba. “Yo solo creo en Dios, la Virgen y José Luis Baltar”, manifestó José Antonio Rodríguez Ferreira, exalcalde de Os Blancos, casi más conocido por esa sentencia que por ingresar en la cárcel por malversar dinero público durante sus años como regidor. “José Luis Baltar es el padre de todos”, acuñó el exalcalde de Calvos de Randín, Antonio Rodríguez. Uno de ellos, José Manuel, gobierna en legado el PP ourensano y la Diputación. “Vosotros sois mis trabajadores, no los de la Diputación”, dijo el padre y expresidente en el frenesí de su último gran acto público, en una comida homenaje, en junio de 2012, ante más de 3.000 asistentes fervorosos. Unos meses más tarde, fue imputado (y después condenado) por 104 enchufes.
En Ourense ya solo nos queda Gonzalo Pérez Jácome para dar a los titulares una razón de ser. Es #OnosoTrump, hasta el punto de que celebró con tarta y champán la impopular victoria del multimillonario. Invito a Google y Youtube a quien no conozca aún a este político ourensano. Mi momento favorito es de julio de 2016, cuando Democracia Ourensana propuso -suponemos que con sarcasmo- colocar retratos de Baltar en todos los colegios y hermanar Ourense con Roswell.
Esta semana un abogado me descubrió un dicho de la profesión: “Hay quien dice que es mejor que te pille un automóvil que un auto de procesamiento”. De entre las afirmaciones que no terminaron en epitafio, pero podrían, elijo las últimas palabras del poeta británico Alexander Pope, que lanzó un recado a su médico en el lecho de muerte: “Aquí estoy, muriéndome de 100 buenos síntomas”. De avisos a navegantes me quedo con el de mi madre si la habitación seguía desordenada tras la tercera o cuarta orden. “¿Queres que cho diga con música?”. Esa melodía nunca sonaba pero, por si acaso, uno procuraba obedecer, como teniendo la partitura delante. Otras nacen en la ficción pero cómo no aferrarse a ellas en momentos de flaqueza y de baja autoestima, e incluso en una cita a ciegas: “Realmente lo único que vale de mí es la polla”, zanjó Jimmy McNulty (The Wire). En la novela El Perseguidor, de Julio Cortázar, la obra trasunto sobre Charlie Parker, se cuenta cómo en un ensayo con Miles Davis el genial saxofonista cortó abruptamente para decir: “Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles. ¡Esto ya lo toqué mañana!”. Algunas frases inolvidables nacen de improviso, sin que el responsable lo pretenda. Ninguna tan maravillosa, acertada y entrañable como la de mi ahijada Lola, de 3 años:
Que aproveche, cariño – le dijo mi tío.
El provecho se acabó – zanjó ella. Incontestable.
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