La vida es un meme

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La vida es un ‘meme’. Todos hemos participado en alguno de esos cuadros urgentes de humor rápido y sobado, poco o nada pretencioso. Bien remitiéndolos a un tercero de forma automática, para que la cadena se perpetúe –y encadenándonos, por tanto-; bien en su elaboración, mientras ahogamos a duras penas una carcajada. A veces, encarnamos una situación risible que podría caber en uno de esos jpggif que se hacen virales, que infectan como un virus.

La mayoría de nosotros no podemos producir y generar chistes fáciles. No todos somos una caricatura andante, como Donald Trump. Aunque cueste trabajo creerlo ya inspiraba ‘memes’ antes de ser el 45º presidente de los Estados Unidos y tuitear sin mesura. Hace 20 años, el periodista Mark Singer escribió un perfil del multimillonario para The New Yorker. “El reconocimiento total es que los nigerianos de la esquina te griten ‘Trump, Trump’, al pasar a tu lado por la calle”, le dijo el magnate.

Muchos cabreados con el mundo, como él, ha cultivado USA en su historia reciente. “La prensa es el enemigo. El establishment es el enemigo. Los profesores son el enemigo”, aseveró Nixon a su secretario de Estado, Henry Kissinger. También tiene tela lo del exgobernador de Texas y candidato a las primarias republicanas, Rick Perry. Su estado sufrió en 2011 una sequía pertinaz y la solución del mandatario fue llamar a ciudadanos, de toda confesión, a rezar al aire libre para que llegara la lluvia.

No hay que salir de España para encontrar material de ‘meme’: un chiste con el aspecto infantil de Errejón, Rajoy en medio de un tic, el presunto #invent de Pablo Iglesias y el dibujo de un niño, Susana Díaz descojonándose, el negro ese del pito, Baltar aupando a Baltar, Julio Iglesias y lo sabes. 

Yo me cubrí de gloria en un entierro. Había políticos, periodistas, jueces, fiscales, empresarios, hasta un obispo. No estaba cerca ningún tuitero, afortunadamente. Doblaban las campanas de la iglesia de Santo Domingo de Ourense. El entierro del padre de una importante autoridad pública concitó una afluencia considerable. Los grupos mostraban el rictus que se espera en situaciones de este tipo, cuando los allegados del muerto miran. A la misa asistieron unos pocos, pero los más se concentraron en la puerta para expresar sus respetos, para dejarse ver. Casi todos llevaban corbata y yo vestía de diario, desgarbado, metro-rural, pero ese no fue el error. Me llegó el turno pasados 15 o 20 abrazos. Me salvaron el cansancio y que el hijo, abatido por la pérdida, hubiera puesto ya el piloto automático para sortear tanto “te acompaño en el sentimiento”. Era mi ocasión de quedar bien y de que esa persona me considerase, aún empezando yo en mi oficio. Tenía en mente un “lo siento”, hubiera servido un “mucho ánimo” e incluso esa máxima filosófica, tan socorrida en Galicia, de “no somos nadie”. Allá fui. Apretón de manos, toque en el brazo derecho, gesto solemne y la-fra-se: “Enhorabuena”.

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