Profesores y maestros

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He tenido suerte con mis profesores de la universidad. A ninguno se le pasó por la cabeza la temeridad de enseñarnos a hacer periodismo, de modo que solo cabía la selección natural, el ensayo y error. Los interesados en redactar informaciones se procuraban sus ejercicios para ganar destreza: hojear periódicos en la biblioteca, abrir los portales informativos en alguna clase con ordenador e imaginar cómo titularía uno la noticia del día. En casa, donde no molestabas, podías ensayar en un folio en blanco. En la facultad había que ser cauteloso y extremar las precauciones. No quiero imaginar lo que habría ocurrido si el profesor nos descubre leyendo una crónica parlamentaria, o un reportaje de la sección internacional e incluso los titulares de un diario de tu ciudad de procedencia, para no irte del todo. Había que clicar rápido y aprender en bajito.

Muchos salimos al mundo de la actualidad sin haber escrito una noticia en cuatro años. Yo me estrené en la profesión en un juicio del que milagrosamente salí impune. Una frase del estilo “el día que enseñaron a hacer una entradilla yo no estaba” era perfectamente factible. Una mínima ausencia por un catarro, por haber perdido el bus, o vale, por una resaca, eliminaba la opción de poner en práctica eso de ir, ver y contar. ¿Dónde estaba el periodismo; de verdad existía? Salimos a pescar informaciones casi nunca, pero dudo mucho que existan más definiciones teóricas que las que memorizamos y devolvimos, poniendo el examen perdido. Mi amigo Jorge, compañero de piso entonces, se escandalizó cuando me vio chapar cómo se busca Google y qué es internet, en una asignatura de documentación informativa. Con sentido cuando nos dejaban hacer prácticas el resultado era contraproducente. “A vostede non se lle dá moi ben a reportaxe, probe outros xéneros”, me dijo un docente. La razón lo asiste porque ahora preside la Real Academia Galega (RAG) a pesar de los críticos. Se dio por vencido en la entradilla; y quién lo culpa.

A la facultad le debo más lecciones valiosas. Puedes aplazarlas, puedes alejarte pero las obligaciones te esperan atrincheradas, incluso te persiguen. Aún sueño, 8 años después de licenciarme, con que me falta algún crédito, con que ejerzo sin la titulación debida, con que asistí a mi fiesta de graduación en fraude de ley. Me veo en el luminoso pasillo de la sede de periodismo en Santiago de Compostela, en el edificio diáfano y un poco confuso de Álvaro Siza, angustiado con los apuntes mientras todos se alejan a emprender sus vidas. Entonces me sobresalto y, aún en duermevela, buscándome en mi cama, pienso si será hoy cuando mi periódico descubra la verdad. Menos mal que en periodismo tenemos la costumbre de rara vez descubrir nada.

La facultad también me enseñó a no desesperarme. Uno de mis últimos profesores reparó un viernes sobre lo mal que se me daba una parte de su materia, y yo le recordé que no aspiraba solo a hacer periódicos, sino que me conformaba con venderlos. El último día de la semana solo contábamos con ánimo y paciencia en primer curso, cuando ir a clase sin dormir tenía ese toque de aventura y romanticismo, de reto superado. A mitad de la noche del jueves, borrachos, cuando ancha es Castilla, nos citábamos a las 8 y media en “la clase de Outeiriño”. Llegado el momento, el aula era un desierto. Los más valientes sacábamos pecho, presumíamos de ojeras y tomábamos nota de los desertores.

En las últimas filas de alguna clase he visto a personas hacer botellón, pero no pienso señalar culpables, además seguro que ya ha prescrito. Los hay más responsables que jugaban al subastado. No voy a desvelar qué dos alumnos rellenaron decenas de rifas en un pub con los correos corporativos de dos profesores. Tampoco diré qué profesor permitía fumar en su despacho en una revisión sin posibilidades. Un mal estudiante no va tanto a la procura de una correción al alza como de la empatía de ese docente que, hace no tanto, estaba del otro lado, hincando codos a última hora y saliendo semanas de martes a sábado.

Confieso que extraño ese ritmo lento pero sobre todo trepidante; desahogado hasta que el corazón te salía del pecho. Las cafeteras ahuyentando la noche, las 3 de la madrugada pegado al flexo, el escritorio lleno de ceniza de un Winston en paquete blando. Echo de menos las partidas con Jorge al Mario Kart las vísperas de un examen, la adrenalina en el aula previa a una prueba que has estudiado bien, la cantidad de endorfinas que se liberan cuando te presentas “a pelo”, a ver qué pasa, sin haber leído un folio. Las noches a lo músico de jazz tras la época de estudio. Entonces aún teníamos modales y septiembre era septiembre y junio era junio; hoy en día los exámenes no respetan ni al calendario. También extraño a esos 2 o 3 que parecían desubicados, maestros que hacían honor al nombre, que te despertaban el interés por el oficio, que daban sentido a todo. Y a los teóricos, por su terapia de choque, por enseñarnos a su modo con una especie de psicología inversa.

Pero sin lugar a dudas, a mi mejor profesor de periodismo lo conocí en mi intento fallido con Fisioterapia, que dejé como deben abandonarse las carreras: en primer curso y con notas brillantes. El maestro era un sustituto que venía a clase en camiseta de algodón y cada día enseñaba como si el mundo se derrumbase. Era capaz de emocionarte con el porqué y las consecuencias del potencial de acción. Sonaba a poesía su explicación de los procesos fisiológicos más complejos. Se llama Xurxo Mariño, ha publicado en un libro una gran crónica de divulgación científica sobre su viaje de un año alrededor del mundo, y no podré olvidar la frase que nos dijo en su última clase con nosotros, allá por 2004. “¿En qué se parece un profesor de Universidad a una ascidia? En que cuando llega a Catedrático también se come el cerebro”.

Fotografía | santiagoturismo.com
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