Un concierto por dentro

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Volví a casa sin averiguar sus nombres, sin sus iniciales, sin una dirección donde hacerles preguntas. Aunque me recordaran, por asociación fácil, a Elsa y Rick en Casablanca, mejor dicho a una de sus grandes frases, sacada de contexto: “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”. Fui a un concierto de jazz y me quedé absorto con la primera fila, improvisando yo también, de algún modo. Un matrimonio de unos 60 años ocupaba el mejor sitio de la sala, con los restos de una cerveza y de un café, durmiendo pesadamente. No abrieron los ojos en una sola canción, en un solo compás, en un solo acorde. ¿Acaso no se puede disfrutar así de la música, celebrándola por dentro?

El espectáculo empezó a las 22.30 de un lunes. Conseguimos nuestra mesa, que era de las buenas, con una hora de antelación, por lo que la peculiar pareja debió de haber madrugado. El piano, el contrabajo y la batería se entrelazaban y ellos también, dando cabezadas como si fuesen los últimos en bajarse de un vagón de metro, apoyados uno contra el otro, acompañándose en la salud y la enfermedad, en esa dimensión profunda donde todo es más líquido y pasajero, en los sueños. “Dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición”, acierta el dicho.

Pasaban las canciones y ellos dormían. Suaves notas los arropaban. Lo cierto es que daba la impresión de que Tom Harrell, inmóvil siempre que no toca, solo empatizaba con ellos. Se veía alrededor del escenario a gente que aplaudía, que hacía muecas de satisfacción, que movía el cuello siguiendo el swing de cada tema del cuarteto. La pareja también interactuaba en directo. El hombre presenció el concierto ligeramente inclinado sobre la mesa, como si estuviera leyendo el periódico desde la primera hasta el crucigrama, sentado, aterrizando en una media sonrisa cuando el aplauso al final de las canciones tocaba el despertador. También sucedía durante la aprobación general de un solo. En un instante, en un segundo en el transcurso de la canción, el caballero emergía del coma para mirar al escenario. Enseguida se ahogaba otra vez en el sopor. Ella no salió del trance; en hora y media viajó por su subconsciente. Con la boca abierta, reclinada contra el sofá de escay, a menos de un metro de la boca de la trompeta pero sin llegar a dejar el túnel, mecida por la media luz de la sala, que apenas matizaba un neón rojo.

Me gusta pensar que llevaban días esperando el concierto. Que habían comprado las entradas con antelación, preocupados por que se agotaran. Puede que hubieran cenado algo ligero que dejaron listo a mediodía. Tampoco descarto que su plan fuera ir a un concierto para dormir, buscándose a sí mismos, o a modo de protesta contra el IVA cultural. ¿Y si son reincidentes y yo no lo sabía?

Pagaron 20 euros por cada billete y llegaron al café 2 horas antes del inicio, consiguiendo el mejor sitio. Revisaron la prensa, quizá un libro de bolsillo y el grupo de whatsapp familiar. Conversaron sobre las próximas vacaciones y se dejaron mecer la última media hora por el hilo musical. Y, arrullados por el bullicio del local en los minutos previos al concierto (voces, risas, copas), se dejaron caer hacia dentro, arrastrados por el letargo de un lunes a las 22.30. Tomando la decisión de vencerse cuando uno, casi dormido, es consciente de que se precipita. Al final, se trataba de una encrucijada, de mirar o vivir, de aguantar o dormir. Y se impuso la idea que Gloria Fuertes escribió en verso: “Son las 3 de la madrugada y no sabes nada, si viajarás en taxi o ataúd”. Y su decisión nos pilló al resto despiertos. Y lo de menos fue el concierto.

[Fotografía de Domingo Bobillo]
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