El miedo no existe

scoop

No hay nada contra la hipocondría como tener algo. La realidad exorciza tus demonios. Las sensaciones cumplen un trabajo destacable: descargan corrientes eléctricas, confunden a los sentidos, encogen el ánimo y el alma. Cuántas veces son peores que tener un problema serio; más perniciosas porque duran en el tiempo, porque se aferran permanente al “¿y si?”, porque se reproducen en bucle, durante meses o años, y pueden doblegar la voluntad, empequeñecerte, sellar tu sonrisa. El miércoles me picó dos veces una avispa mientras conducía en moto y, más que una alergia fatal que a veces cuentan las noticias, me preocupaba que mis temores tuvieran razón.

El miedo es un compañero fiel, que nace, fabula y se ovilla en el sistema límbico, la región de nuestro cerebro donde confluyen la memoria y las emociones, tan pérfidas y poderosas. Tan hijas de puta. Cuando el miedo da pánico, uno es un inquilino atrapado en un entorno hostil entre vísceras, carne y hueso. Se ausculta, se analiza en cada situación, apenas resiste su respiración. Se teme. Es horrible desconocerse, creerse en una guerra infinita que uno libra contra sí mismo. En cambio, cuando se logra desenmascarar al miedo (sí, se puede), cuando le anticipas cómo va a comportarse, esa forma de ser incluso entretiene. Como a Woody Allen, quien tras una vida inmerso en sus manías, banaliza como nadie sus inquietudes, se ríe de su interior frente al espejo. En “Scoop”, su personaje, el mago Sidney Waterman “Splendini”, dice a Sandra Pransky, una estudiante de periodismo interpretada por Scarlett Johansson, que no necesita hacer ejercicio porque “mi ansiedad actúa como el aerobic”, mientras toman en un bar comida calórica. Cuánto me ayudó a ver su ceguera psicosomática en “Un final made in Hollywood”.

El miedo está pero no existe. Los hechos dan un poderoso aldabonazo, resuenan como un gong. Disipan la tontería, vamos. El miedo anula, paraliza y vence pese a que plantea hipotéticos futuribles. Lo que de verdad sucede da empaque, amplía las fortalezas de todos, fomenta nuestra resiliencia. Lo malo es que las cosas pocas veces pasan. Lo malo es que nos hace frágiles y tememos compartirlo. Ya lo escribió Shakespeare: “De lo que tengo miedo es de tu miedo”.

[Scoop, Woody Allen. Youtube]
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