Los días felices

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En mi casa de la infancia el trabajo de mamá ocupaba un salón inhabitable. Aquel cuarto nunca se cerraba (tenía una puerta corredera torpe) y solo dispensaba un trato amable por las noches, cuando la empresa, dormida, se convertía casi en un museo. Me gustaba acercame a hurtadillas a ver los peines y utensilios inmóviles en los tocadores, y a enchufar la luz ultravioleta del aparato que esterilizaba las cortadoras, pero que parecía un equipo de laboratorio de la policía judicial.

Una madrugada de julio, mis padres, sobresaltados tras encontrarse sólo con la huella de mi cuerpo en mi cama, aparecieron muy serios y acalorados en la galería (la sala de espera de las clientela durante el día). Yo había puesto a volar por la ventana unas pompas de jabón, que escalaban hacia las nubes en ristra. Mis padres me habían comprado el juguete en las fiestas del barrio. Era una tradición, como montar en el tren del dragón junto a papá, quien al igual que yo apretaba las muñecas contra la barra de sujeción en buena parte del viaje.

Tengo el ruido de los secadores y las maquinillas, y el latido del timbre y el teléfono impaciente incrustados en la cabeza, en ese lugar recóndito que franquea un olor, o una palabra clave o, a veces, nada. ¿No os ha pasado, conduciendo solos de noche, ensimismados en la luna del vehículo, que de repente aflora un momento olvidado de antaño? Es una imagen perdida, tan vívida, que adjunta imagen y sonido, brisa y olores. Es un recuerdo en varias dimensiones, un ejercicio organoléptico. La merienda de chocolate de la abuela. El destello de un gol decisivo en una temporada de futbito. El beso que casi diste. Una prueba embarazosa en la clase de gimnasia.

El jueves me vino el de aquella vez que llamé a la teletienda para pedir un horno. Como muchos acontecimientos he interiorizado la historia por boca de otros. Tanto que puedo verme de manera despersonalizada, desde fuera de la escena. Se había averiado la cocina y, según parece, tuve en cuenta la necesidad y un comentario de mis padres durante un anuncio. “Nos vendría bien”, dijeron. Mi decidida intervención parecía impecable, ninguno había objetado porque nadie se lo esperaba. Nunca estrenamos aquel horno; el plan hizo aguas enseguida. Mi madre contestó al segundo ring y atendió a la telefonista.
– ¿Es ahí la peluquería Charo?
– Sí -dijo mamá.
– Mire, señora, vuelvo a llamar porque tenemos un pedido de un horno pero nos parecía que sonaba como la voz de un niño. Queríamos confirmarlo.
No sé si por la vergüenza, o porque dudó si aprovechar la oportunidad, pero mi madre vaciló un instante antes de cancelar el encargo. A principios de los 90 se llevaba mucho optar por la cautela. No teníamos Twitter.

Un niño ve el mundo tal y como se lo muestran sus padres, con una suma de inocencia y fascinación que la edad y los desengaños van, poco a poco, mitigando. Ciertamente como creía Picasso: “Todos los niños nacen artistas. El problema es seguir siéndolo al crecer”. Aquel dibujo mío de preescolar habría activado hoy varios protocolos. Entonces ya extrañó a una profesora. Salía mi madre, con su pelo rubio y ondulado de entonces, llevándose las manos a la cabeza, en presencia de mi padre, de mi hermana y de mí; de los 3 que compartíamos con ella la residencia en su trabajo. La maestra se escandalizó y citó a mamá. Ella, tan mal acostumbrada a los más frecuentes comentarios positivos, no sabía dónde meterse, no encontraba explicación. Yo se la di, aquella misma noche.
– Tu profesora Dolores me ha llamado muy preocupada. ¿Por qué me has dibujado en el colegio tirándome de los pelos?
– Porque siempre dices que los impuestos te vuelven loca.

No era muy cómoda aquella forma de emparentar vida y trabajo, familia y peluquería, pero nunca la olvidaré. Fueron años felices. Siempre lo serán. Puede que pase el tiempo hasta cualquier otro día en que acuda a mí, por sorpresa, un recuerdo de aquel pasado iniciático. Creo a fe ciega en esa frase del novelista James Sallis: “Sólo somos la vida que llevamos y las personas a las que conocemos, nada más”.

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