Qué importa el nombre

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No se acerca al extremo de la Duquesa de Alba y su veintena de nombres (María del Rosario Cayetana Paloma Alfonsa Victoria Eugenia Fernanda Teresa Francisca de Paula Lourdes Antonia Josefa Fausta Rita Castor Dorotea Santa Esperanza Fitz-James Stuart y de Silva Falcó y Gurtubay), pero la verdad es que yo también he sentido cómo hostiga el exceso de letras antes de que llegue el apellido, haciendo casi un tapón. José Javier exige logopeda y deja margen suficiente para darse a la fuga. Y como a la popular aristócrata fallecida en 2014, que entre todas sus denominaciones oficiales y oficiosas prefería la de “Tana”, yo también tengo un nombre favorito de los dos, mi segundo apellido. Un poco como la Fender Telecaster, casi más conocida como La Tabla tras ser popularizada por James Burton, el guitarrista de Elvis. O como el presidente de Estados Unidos. “El apellido Trump es de ascendencia alemana. Nadie sabe realmente de dónde viene. Es poco común pero es un buen nombre”, dijo a Mark Singer, periodista del New Yorker.

En Galicia, en el país de las 600.000 vacas, ese animal totémico que sale hasta en una bandera, donde todas y cada una están identificadas más allá de un chip (Rubia, Marela, Linda, Paloma, Roxa, Pinta, Rosalía e incluso Beyoncé, Pantoja o Shakira), son más los varones que se llaman Manuel y José. Entre las mujeres sobresale María Carmen. Martín, Hugo, Martina, Sara o Noa son los que están de moda entre los recién nacidos. Para nuestra riqueza sigue habiendo quien lleva en el DNI Felicísimo, Hortensia, Ataúlfo, Bonifacio o Hermindo. Y lugares que subliman la importancia del nombre. Por ejemplo, en Huerta del Rey (Burgos), donde entran en disputa los más originales: Filadelfo, Iluminada Ninfodora, Canuto, Baraquisio, Austiquiliniano, Filogonio, Virísima o Digna Marciana, como tan bien contó este reportaje de El Mundo.

La manera de llamarse define a una persona, y creo que determina incluso sus personalidades, que son múltiples e impredecibles, claro. Yo tengo un carácter diferente según cómo se me dirijan, aunque también influye quién lo haga. Uno y otro de mis nombres, y alguno de los múltiples diminutivos y ciertos apodos, encajan con determinada situación. Para mi madre y mi hermana siempre he sido José Javier, o sea, que siempre he sido el mismo. Como para mi abuela, salvo cuando se enfadaba y me llamaba por el segundo, vehemente. Para mi padre, de quien he heredado las orejas y las timidez, fui “neno” desde pequeño. En el colegio mi única identidad conocida era Jose. Lo acentúan, casi siempre, las teleoperadoras que intentan venderme algo. En la universidad empecé a transformarme. Fui JJ (jota-jota) y finalmente Javier. Javi me llamaban las amigas de mi hermana, cuando era niño, y así me presentan en casa a algunos desconocidos. En el trabajo soy Fraiz, sobre todo. Para mi sobrina Lola (que no es hipocorístico de Dolores), padriniño. Si me detienen seré J. J. L. F; atentos a las noticias. En el telefóno del periódico sale el nombre completo, como si debiera presentarme en el juzgado o rendir cuentas ante Hacienda. Como si contemplara mi lápida.

Hay nombres que esperan, durmiendo, una nueva oportunidad, tras quedar olvidados en la adolescencia. Nombres según el estado de ánimo del interlocutor. Aunque hay quien te invoca solo con la mirada, llamar a alguien es reconocerle medida, existencia, respeto. Hasta con las peores intenciones y durante esas letras, dirigirse a alguien por el nombre es un acto civilizado. Aunque el trasfondo sea un tú contra él, un “¡apártate, que es mío!”. “Dame un nombre”, dicen los gánsteres a sus víctimas inminentes. También la policía a los pentito de la mafia. Un nombre para preparar a alguien para la muerte, como hacen los médicos antes de dar una noticia terrible (en 5 segundos, y a otra cosa), o como en ese monólogo permanente de El viejo y el mar, de Hemingway: “Pez” -le dice- , yo te quiero y te respeto muchísimo pero acabaré con tu vida antes de que termine este día”. Aunque reniegues, eres tu nombre.

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