Una parte de nosotros espera las fiestas como una oportunidad para transgredir, recordar lo mejor y envidar a la suerte. Las barracas mudan el paisaje y toman las ciudades y los pueblos, borrando las convenciones y el contexto. Cachivaches, luces, autocaravanas, colchonetas y plataformas ambulantes son una obra teatral y pasajera. Quién no querría ser como Manolo El Pijoaparte en la verbena de Sant Gervasi, aun con una apariencia inventada, falsa pero efectiva. El galán bueno pero deshonesto que Marsé proyectó sobre un vulgar ladrón de motocicletas. Quién no se ha imaginado en las fiestas de barrio que evoca esa canción de Quique González, con los bancos de hierro, en los coches de choque, llenos de gitanas guapas; con los amigos quemando piedra. Nadie pide una velada opulenta y glamurosa en el jardín de Jay Gatsby.

Falta Raimundo Amador en la verbena de mi distrito y queda muy lejos la adolescencia. No hay melodías a la altura de la atmósfera esperada. Se ha apagado la banda sonora de los 90: “Cantantes de orquesta que actúan en play-back, / escopetas fallidas y televisores, / bailarinas que nunca llegaron a estrellas”, dice Día de Feria, de González.

El reguetón, esa pandemia, cubre los puestos y barracas de una nube pegajosa. Las atracciones que suben, bajan, giran y regurgitan a la concurrencia emiten más ruido de canciones infames que adrenalina; el remix a todo volumen apenas deja oír los gritos de descontrol y desahogo de la montaña rusa. Suben los decibelios con el anuncio de un último perro piloto. El tumulto cierra calles y paseos pero no expulsa del todo a los coches, que se acumulan en los márgenes, entre señales de prohibido.

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No quedan plazas para bailar, los mayores y nostálgicos se plantan frente a los camiones orquesta en la calzada, lejos del trajín de los puestos y sus músicas grabadas. Más reguetón, solo que peor, y pases en ropa hortera, sino directamente en trajes de baño. Los chicos se alejan del barrio porque el ambiente espanta incluso el botellón. Ya no veo el viejo tren de la bruja donde nos asustaban a escobazos, ni el dragón que frecuentábamos mi padre y yo con las fichas que sobraban de un año para el siguiente. Al menos se mantiene la tradición de que Antonio corte un racimo de godello, siempre de la misma viña, en Quenlle, para que el santo lleve uvas en la mano en la procesión. La iglesia aguanta y el cura echa broncas a los niños por sus modales en la misa de 12, y a los padres por consentirlos. Vaya modo peculiar de no perder clientes.

Por la mañana los puestos duermen, los castillos hinchables son reinos conquistados y la ciudad sortea los obstáculos que le aparecen. Suena la música verdadera: la de las charangas y los gaiteros, la de los coches despertando. Por la tarde y por la noche, hasta la última, la verbena vuelve, cada vez peor, cada día más decadente. Siempre vuelve; siempre esperamos que vuelva como siempre.

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