Agosto libra a las aldeas del vacío pertinaz que sufren todo el año: remotas y olvidadas salvo por sus vecinos, que las conservan y persisten, o cuando una historia truculenta las sitúa en los periódicos, destripando con un prisma deformado sus pasiones y contradicciones. Lejos de ser siempre relajante y hospitalario, el silencio sostenido durante tanto tiempo (en las noches insistentes de invierno, sobre todo) puede llegar a ser el ruido más ensordecedor, como decía Miles Davis. La España vacía que retratan autores como Sergio del Molino. Una parte de nosotros siempre presente, aunque estemos lejos, pensando o viviendo en las antípodas.

En agosto resucitan los recuerdos de la infancia. El tiempo es más relativo. Bullen las plazas de las villas y hay vida sin amargura en las terrazas de las casas hasta que el otoño llega a cerrarlas. Se reencuentran, ríen y discuten con pasión las familias dispersas por el mundo. Hay al menos una fiesta por cada parroquia, con verbenas al aire libre y comidas multitudinarias e interminables sobremesas. Es el tiempo mejor para la empanada y el pulpo á feira; para las sardinas y la ensaladilla de casa. Las aldeas reciben a los emigrantes, pudientes o no, tan necesitados de curarse la nostalgia en la tierra de partida, la que dejaron por sí solos o en la piel de sus padres o abuelos. Sanxenxo (Pontevedra) se convierte en la tercera ciudad gallega en vacaciones. En A Veiga, en la provincia de Ourense, la llegada de viajeros y retornados con domicilio en otras comunidades o países cuadruplica el censo.

El resto del año los pueblos pequeños, nuestros álbumes de recuerdos y en ocasiones también nuestros graneros, se limitan a sus rutinas pausadas. Sus calles se agostan, su pulso decae, la crisis demográfica se agrava. Hay más de 30.000 núcleos en Galicia (el 40% de los lugares de toda España) y crece cada año el número de localidades sin un solo habitante, ya más de 3.500. Los vecinos residentes (menos cada vez) regresan a sus ocupaciones, y muchos a la simple contemplación de la soledad. Miden la resistencia del calendario a que el verano vuelva a empezar. Las aldeas dormitan de entierro en entierro hasta que vuelve, hasta que todos regresamos. Nuestros pueblos son nuestra matriz.

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