La música que vale la pena no se limita a matar rápido; muta e infecta. Duele porque importa y emociona y sacude la piel, porque saca a la luz nuestras dobleces e interioridades, como logran determinadas películas y algunos versos (siempre se me ocurre el mismo, de Miguel Hernández: “Florecerán los besos / sobre las almohadas”). Hay que descartar las canciones que pasan de largo, que suenan frescas e incluso muy bien, pero sin embargo no dañan ni transforman ni remueven.

La buena música es suficiente para soportar el mundo, también para derribarlo. Hasta para salir de su escala: en la nave Voyager 1, que despegó en 1977 en busca de vida extraterrestre, se incluyó entre otras muestras de la creación humana una pieza de Glenn Gould con el preludio y fuga número 1 del Clave bien temperado, de Johann Sebastian Bach, como mensaje de la excelencia que puede alcanzar el ser humano.

Podemos pasar la vida envolviendo el vacío de objetos y multitudes hasta dar con el artista de verdad, el trascendente. Necesariamente, las canciones que ansío deben ser un auténtico peligro, tienen que “aspirar a hurgar en las heridas”, tal y como Juan Tallón entiende los libros mejores, parafraseando a Emil Cioran.

Vengo de dos conciertos consecutivos de Sílvia Pérez Cruz. La tercera noche, otra vez en casa, fue inhóspita y extraña; con la catalana presente pero lejos. Imagino que cada vez somos más los que necesitamos su voz en vivo, experimentando a flor de piel desde la butaca su expresividad sentida, su amabilidad y ternura, el brazo sin el micro que utiliza de fuelle y batuta. Cómo canta extenuándose, exigiendo al pulso y a la respiración que estén siempre a la altura. Cómo nos agita y contiene hasta casi llorar. Con sus canciones conocí antes de tiempo Calella de Palafrugell y después, ya allí, en ese hermoso balcón del Mediterráneo, redescubrí el paisaje que canta en Vestida de nit. Al igual que me resultó evocadora la lectura de “También esto pasará”, de Milena Busquets.

El amor duradero reposa en esos discos que te convierten en un aficionado obsesivo, impetuoso e imprudente. Si determinada música supuso una epifanía, cambiando para siempre tu forma de creer, hay que entregarse en exclusiva, siempre que sea posible. La afición cuesta y, es más, debe llevar trabajo. A las grandes canciones merece la pena perseguirlas aun de noche, por carreteras parcheadas, en coches incómodos y con el tiempo justo. Ayuda contar con compañeros de viaje dispuestos a formar parte de una vida entregada ocasionalmente a los conciertos. Tengo la suerte de vivir con una de esas personas y de que otra sea mi mejor amigo.

Laura y yo nos casamos con la música que nos importaba sonando todo el rato. Era una condición de partida, el primer detalle que nos dejamos claro. Tocaron junto al río Arnoia de Allariz Manuel Carballo, David Outumuro y Marta Bravo. Tras escenificar la boda civil al aire libre, en un rincón de postal, The Soul Jacket convirtieron el aperitivo en el mejor concierto de nuestra vida.

Meses antes, mientras perfilábamos los preparativos con una mezcla de realismo y ensoñación, saqué el disco de “Wood Mama” de la funda y lo reproduje como es debido, a todo volumen, atronando en el salón. “¿Y si esta fuera la banda de nuestra boda?”, le dije. “Buff, sería increíble. Pero no, es imposible”. Contacté por correo electrónico dando por hecho que no habría manera. El sentido del e-mail fue evolucionando desde la resignación inicial hasta una oferta -creo, humildemente- que irrechazable: “Me encantaría escuchar ese día a una banda americana y sois lo más parecido a este lado del océano. Quiero un grupo que se deje la garganta y quiero blues pendenciero. Y joder, sonáis como los Crowes, solo que estáis a un paso. ¡Que Nigrán es la playa de Ourense! Y pidiendo no pierdo nada”, les decía. Aún no sé cómo accedieron.

Adelantamos las últimas vacaciones y atravesamos la península para disfrutar de dos conciertos: Norah Jones y Sílvia Pérez Cruz, con el añadido de que la catalana actuaba en casa. En 2015, viajamos a Roma en un Renault Clio con un disco interminable, lleno de canciones nuestras: desde el Loie de Ike Quebec al Return to me de Dean Martin.

Cuando se produce una revelación no llega, al menos para mí, con comportarse como un seguidor reservado y prudente. Se trata de comulgar con esa frase de Charles Bukowski: “Encontrad lo que os encanta y dejad que os mate”. Mi amigo Xenxo y yo hemos cumplido, pase lo que pase ya. Hemos correspondido a la música que amamos, hemos hecho locuras. Repetimos conciertos por amor al arte, sin haber caído nunca en el aburrimiento. Sin esta obsesiva forma de vivir la pasión por algunos artistas habríamos vivido de otra manera; habríamos sido otras personas, más planos y grises.

Me recordaba nuestros grandes hits esta mañana. En 2013, por citar un ejemplo reciente, seguimos a Quique González en los tres primeros conciertos de la gira de “Delantera Mítica”. Gozamos el viernes en la Capitol de Santiago, una de sus salas preferidas, con su amigo Esteban Granero recibiendo una dedicatoria en el anfiteatro, y repetimos el sábado como si todo sonase a nuevo en Valladolid. Unas semanas más tarde estábamos en Bilbao, tripitiendo. Mientras el público de la sala BBK cuchicheaba en torno a Fito Cabrales, que estaba entre la concurrencia, distinguimos en la penumbra la figura enjuta de Karlos Arancegui, el batería que formó parte de la banda de González en “Avería y Redención”. Siempre convenimos que fue el disco que marcó el cambio en su carrera y cuyo sonido nos voló la cabeza en un concierto en Gijón, en 2007, al que llegamos por los pelos tras una revisión exhaustiva de la Guardia Civil de Tráfico en la carretera de León. Al señor Quique González lo hemos seguido en los últimos años casi con una manía persecutoria; debemos haberlo visto más de una treintena. Qué poco, cuánto queda.

De 2013 son varios conciertos que dejaron huella, todos en la mítica sala compostelana: Elliott Murphy con Olivier Durand, Yo la Tengo pasando de la introspección a los máximos decibelios, la voz de raíz norteamericana de Eilen Jewell y una noche de las más grandes, viendo en vivo la melancolía y dulzura frágil de Lucinda Williams.

En 2012 compaginamos nuestras ocupaciones con una semana de carretera y directos. Siempre que hablamos de cómo fuimos, Xenxo sale presto a recordarme: “Martes, Mavis Staples, en el Auditorio de Galicia, en Santiago; miércoles, un tal Wayne Shorter en el Teatro Rosalía de Castro de A Coruña; jueves, Will Johnson, Patterson Hood y Craig Finn en el Torgal de Ourense; viernes, Calexico en el Teatro Kapital de Madrid”.

Habría más citas a tener en cuenta: Andrés Calamaro y The Rolling Stones en días consecutivos, en 2014 (volvería a ver a las Satánicas Majestades un mes más tarde, por si se trataba de la última vez, de nuevo); todos los conciertos que tuvimos al alcance del genio Javier Krahe, alguno que otro del carismático Juan Perro, cada vez más enganchados a los Morgan y una mención aparte para otro gigante: Wynton Marsalis, primero en Madrid y por segunda vez en Marciac (Francia), tras conducir 900 kilómetros desde Ourense, sin respiro. De todos los de Wilco, abrumadores, los mejores, ya ni hablo.

No creo en una afición aséptica porque la música es un arte esencial para la vida. Tan fundamental para que, por ejemplo, Woody Allen no fuese a recoger el Oscar por Annie Hall, porque tenía que tocar el clarinete. Es personal, pero discrepo si te apasionan las obras de Miguel Delibes, Ian McEwan, Borges, Chirbes, Gil de Biedma, o Philip Roth y no tienes todos sus títulos. En todo lo que importa es innegociable no entregarse. Desde el otro lado del escenario, seguiré persiguiendo la música que amo tal y como la entendía Paco de Lucía: “Necesito saber que me estoy jugando la vida”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s