Volver

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Cuando termino de redactar una noticia, o cierro Twitter, y busco la verdad de verdad de las cosas, pienso en cómo observa el mundo mi ahijada de 4 años y rumio sus reflexiones, ligeras de sintagmas y tan definitivas, como un “dijiste carallo, padrino” delator y en voz alta, en mitad de una risa divertida y contagiosa. O “a mí me gusta el queso” para sugerir que le cedas un poco.

A esa edad tan tierna y sincera en que la ingenuidad es una hermosa virtud, los problemas son convenciones de los adultos, el porqué de las sempiternas discusiones a la hora de comer y de las expresiones ceñudas de lunes a viernes, todo el día. Qué fácil es la vida cuando sucede a un metro del suelo y de cuánta razón y sentido nos termina privando el tiempo. Es como en el poema de Sánchez Ferlosio: “Vendrán más años tristes / y nos harán más fríos / y nos harán más secos / y nos harán más torvos”.

Cuando éramos niños -en mi caso, a finales de los 80, llevábamos el pelo a la taza y chándal de puños-, mañana era un plan a largo plazo y el futuro, aunque se forjaba día a día en secreto, ni se formulaba. El tiempo corría en la hora de futbito y se congelaba en las excursiones en autobús, mientras hablábamos en corro, de rodillas sobre nuestro asiento, flirteando de soslayo como se podía. Los veranos lejos de aquello duraban una eternidad, como un exilio. Casi como una de esas etapas soporíferas del Tour que el vecino con el que jugaba anteponía a la SuperNintendo. Al menos respetaba la rutina de juntarnos para ver, todos los días a la una, el episodio del Equipo A, incluido aquel tan trepidante en el que salía Ana Obregón. A ver si fui a sacar mi pánico a volar no de mí mismo, sino de M. A. Barracus.

La parte de nuestra vida que está indeleble se cimentó en el colegio y en escenarios habituales de la infancia, junto a niños de la casa de al lado que ya han envejecido, y compañeros a los que 20 años después cuesta poner cara, pero cuyos apellidos y nombre (siempre en este orden) sabemos de memoria.

En vacaciones todos volvemos en parte a ser esos niños de antaño, hasta rejuvenecen los lugares que se han marchitado. Las aldeas desahuciadas vuelven a vibrar en verano, las ciudades de interior parecen Manhattan, las mesas se llenan de rostros ocasionales y de emigrados por Navidad. Para cerrar el año volvemos de nuevo al tiempo y al lugar en que todo se relativizaba, a los días felices, cuando lo peor que podía ocurrir al cabo de la semana era que te hicieran un caño. Todos estamos distintos (más viejos, más gordos, más delgados, más atareados, más solteros o casados) pero todos estamos igual juntos. Y como Tony, Colin y Alex en ‘El sentido de un final’, de Julian Barnes, convertimos el pasado en anécdotas. Y durante una cena de unas horas -vacilándonos, riéndonos, tirándonos migas de un lado a otro de la mesa- volvemos a parar el tiempo.

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