Volando

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La tienda de regalos para niños se liquida. Ya no queda en el escaparate nada que ofrecer, salvo un teléfono con forma de gusano (¿es para llamar o es para jugar?) y una cuna a la venta por 150 euros. Excesivamente cara para, al fin y al cabo, dormir entre barrotes.

El precio está a rotulador en un trozo de cartulina recortado al estilo de los alumnos de infantil, como una estrella de muchas puntas que salía cuando se intentaba dibujar una de cinco. En un momento tuvo que depreciarse de súbito, porque el primer número manuscrito tiene tachones. Puede que haya indecisos que empiecen a ser buenos padres así, amueblando un rincón de la casa, sin necesidad de llegar al embarazo.

Un gran letrero que anuncia el cierre -el detalle hecho con más esmero de todo el expositor- ha sido la revolución del barrio esta semana. Enfrente sigue el banco que apadrinamos con un rescate. Al menos el director sigue sonriendo y sin una arruga en el traje, como Dick Diver en Suave es la noche; dinero bien invertido, pues. En el comercio contiguo las cosas van bien: gallinas vivas en jaulas, semillas de plantas aromáticas, injertos de árboles frutales se venden aún como dicen los mayores que se hacía antaño. También hay pienso para mascotas y gnomos de jardín, por ir innovando.

El edificio que hace esquina lleva unos años con gripe. Nunca aparece nadie para cerrar las contras del balcón, y el viento las exige. No han retirado las huellas que dejó la placa de una pensión antigua. La cornisa hace de paraguas durante los segundos eternos, mientras todo el mundo gira, ante el paso de cebra que nace debajo. Una grieta amenaza con independizarse cuando llueve de manera contumaz, como en las últimas semanas.

Parece este un invierno acaparador, con ganas de ocupar toda la semana, de absorber los planes previstos. Escucho en el reproductor Pequeño rock and roll, de Quique González, y me indigno porque es una tremenda canción maltratada. Sigo con las mismas obsesiones de antes, sólo que ahora más solo. Creo que maduraré más adelante. Me gustaría darme prisa por si vale de algo. Si lo piensas un segundo llegas un mundo tarde. Me fascina Woody en la película Nebraska, de Alexander Payne. El personaje odioso y entrañable interpretado magistralmente por Bruce Dern quería recorrer más de 1.500 kilómetros a pie desde Montana en la procura de un millón regalado, víctima de una estafa publicitaria por correo. Nadie lo miró en serio hasta que ese gruñón entusiasta convenció por envidia.

El barrio atosiga y engaña, se comporta como la isla de La invención de Morel. Calles determinadas me recuerdan la condena: este es tu lugar, esta es tu herencia, aquella farola resistirá torcida todo el invierno, cada vez un grado más, de un modo que sea perceptible, molesto. Yo no quiero y tú no quieres. Hablamos en el grupo de wasap de volver en vacaciones a abrir un paréntesis. Todos sugieren algún plan por el barrio porque siempre llega el día en que se van.

Tanto temor a los aviones, a las alturas, al vértigo cuando el pánico gobierna de un modo absolutista aquí. Hace nido entre el calor de las mantas, aprende nuevas nociones en horario de oficina. A la hora del todo o nada es el primero en descontrolarse y chillar. No hay consulta en un diván a 10.000 metros. Tu compañero de pasillo o duerme o musita una oración. Algunos se cogen de la mano pero la mayoría afila los tendones y clava los uñas en el reposabrazos. No hay manual de instrucciones, tampoco hay reinicios. Arriba funcionan algunas drogas, abajo mandan las decisiones y penalizan las erróneas: un titubeo, un eres tú, un beso que no va a llegar. A 1.000 kilómetros por hora no podría huir de los miedos, pero los miedos tampoco. No subo al Boeing y, claro, me estrello. Veo a otros despegar, veo días que se escapan de las manos, veo que te has ido volando.

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