Solo a veces

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Están poniendo la soledad a caer de un burro. Tanto la abrazamos que se asfixia, semejante ola de preocupación la estigmatiza. Zé María vive entre una amalgama de plásticos, mantas y colchones, bajo un puente; de ahí no quiere salir: “Soy feliz, este es mi chalé”, me dijo una mañana, con toda su razón del mundo. Su educación es exquisita. Su templanza, inusual.

La soledad es la epidemia del primer mundo, sentencian los titulares (antes solía ser la obesidad). Es un factor de riesgo de ictus y de infarto, como si el que vive solo nunca hiciera ejercicio, ni tuviera una genética más o menos caprichosa, ni comiese Omega 3.

El asunto parece serio: podría decirse que preocupa casi tanto como Messi o Eurovisión. En Reino Unido se han tomado la lucha contra la soledad decididamente; Theresa May creó este año una Secretaría de Estado para poner medidas, o al menos aparentarlo. En España el 18% de la población vive sin nadie a su lado y algunas personas parecen aun más aisladas, como Cristina Cifuentes justo ahora.

Tememos la posibilidad de enfrentarnos a nosotros mismos. Lejos de otros, supuestamente incompletos, nuestro rincón interior se haría un mundo ignoto e insondable. ‘Sal más’, ‘ábrete’, ‘busca personas con tus afinidades’ son el abecé del estilo Mr Wonderful que se imponeQué agobio, por dios. Hay en nuestro entorno tantas herramientas para propiciar relaciones que los soliloquios empiezan a estar mal vistos. Nadie entiende a Borges, o qué: “La soledad me pesa. La compañía también”.

El otro día me convencieron para tomar una cerveza de la manera más inesperada: no era por ellos, sino por mí, para que saliera de la zona de confort (gran eufemismo), para que socializara. Quién puede resistirse cuando retratan su vida como una anomalía rara. Accedí porque la alternativa era pasar otra noche trepidante de sábado conmigo mismo.

La ausencia puede estar mal pero no porque tú lo digas. A veces el abismo es mayor en una ciudad repleta, o en la intimidad, con alguien cerca. Felice Bauer, novia de Kafka, le pidió sentarse a su lado mientras escribía. Él rehusó: “Toda soledad es poca, todo silencio es poco, hasta la noche es demasiado poca noche”. Marilyn Monroe se rodeó de focos y multitudes, y no por ello dejó de sufrir el vacío interior. La actriz de Eva al desnudo abogaba por no temer nada, aun estando solos, salvo el propio miedo.

El lunes esperé tu llamada febrilmente. En realidad la eché en falta al ver vuestras fotos de celebración en las redes sociales, ahí, haciendo ostentación de momentos felices, y yo apurado en el baño. Ya dice Laura Ferrero en su novela Qué vas a hacer con el resto de tu vida: “La soledad se intensifica cuando está rodeado de gente a la que supones menos sola que tú”.

Me habíais citado varias veces en que yo me retracté a última hora, con la excusa más honesta posible: pensándolo bien, no me apetecía un carallo. Tras varios plantones sin más, cuando por fin me venía más o menos, tenéis la desfachatez de no insistir. Me parece muy fuerte que no me avisarais. ¿Acaso no sabéis lo mala que es la soledad?

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