Hay torres

IMG-20180419-WA0010 (1)

Hay una pequeña cafetería frente al mercado de abastos de Ourense que da la hora con el vapor de los fogones. Cada día, un olor a calamares avisa de que ya es media mañana, ese momento aproximado en que todo lo que no está hecho empieza a ser absolutamente prescindible. Un humo blanco y húmedo, que ribetea el cielo como el aliento en los amaneceres fríos, invita a la ciudad a abrir un paréntesis. Dentro, el establecimiento apenas da para alojar cuatro mesas apretujadas en torno a la barra. Siempre hay un señor acodado en el tablero, observando en un Ribeiro cómo fluye la vida. El aroma de los calamares en un pan generoso y crujiente disipa los problemas por un rato. Nunca he llegado a entrar porque tampoco es necesario. La aceitosa fragancia de la cocina, que casi hay que oler con un cuchillo, me traslada al fondo de las desaparecidas galerías Tobaris de la calle del Paseo, donde despacharon a varias generaciones los mejores bocadillos de calamares de la ciudad. Ni las obras ni las mudanzas, ni siquiera el olvido, son capaces de enterrar el decorado de los recuerdos.

La casa en la que viví hasta los diez años, nuestro domicilio compartido con la peluquería de mi madre, acoge la mayoría de mis sueños. En la fase REM devoro unas lentejas en la mesa de formica azul de la cocina, como hace 25 años, hago una llamada con el teléfono de disco giratorio del recibidor, y me echo en la cama empotrada de la que, muchas veces al abrirla, salía una legión de cucarachas que me hacían sentir en casa. Mi mundo de entonces es mi único universo cuando estoy dormido, lo que me genera la duda de cuál es la realidad de verdad. Porque, como decía Jean Renoir, las únicas cosas importantes en la vida son las que recuerdas.

20180421_145147 (1).jpg

Los olores de la infancia, como las canciones de la juventud o los paisajes que causan un primer impacto, se almacenan intactos y perfumados en un departamento del cerebro. Una imagen repetida o incluso menos, una sensasión similar, los trae de vuelta al primer plano, llenos de matices y recuerdos relacionados. Evoca Manuel Vilas en Ordesa (Alfaguara) un instante del pasado de su padre y un tío, caminando por la playa de la Lanzada (Sanxenxo), una mañana de verano en 1970: “Hay viento, hay luz, un descomunal espacio de mar y arena. Es el paraíso, pero es solo mi recuerdo. El mar mira los hermanos. El mar es mi abuelo, los está mirando, les manda olas, les manda viento, silencio, soledad, gratitud, les manda fervor (…) Esa playa de la Lanzada, de ocho kilómetros de longitud, desemboca ahora en mi corazón”. Para mí todos los arenales del mundo, especialmente los gallegos, tienen un poco de la Lanzada, de todos los veranos desde Ourense, en interminables caravanas a partir del puente da Barca en Pontevedra, para escapar del agosto sofocante. De las tardes proyectando castillos de arena, o paseando junto a mi padre, o retando a las olas agitadas desde la atalaya de sus hombros, mientras un vendedor ambulante recorría las toallas al grito de “¡barquiiiiiiillooooosss, barquiiiiiiilloooosss, al rico parisién!”.

Las tormentas, que vuelven siempre como vuelve la primavera, me traen a la memoria a mi abuela. Cuando el cielo empieza a garabatearse con esas nubes esponjosas enormes -son las más bellas-, pienso en las predicciones que emitía desde el umbral de la cocina, en el patio, mirando al horizonte mientras desenvainaba unos guisantes: “Hay torres”. No hacía falta que dijera más para comprender lo que se cernía. Con aquella manera de anticipar el tiempo, casi más como un adivino que como un meteorólogo, fue suficiente para que su inquietud me contagiara. Nos refugiábamos en la cocina con la luz apagada, y la central del teléfono fijo desenchufado para evitar averías, y una vela que refulgía en la oscuridad. Nos aferrábamos a aquella luz trémula como faro en la desesperanza. Cada vez que cruzo el bar de la plaza de abastos paladeo los calamares de hace dos décadas. Todavía hoy veo a mi abuela, y siento junto a ella ese hormigueo, cuando una tormenta se posa sobre la ciudad, sobre el presente, amenazando con descargas y estruendos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s