Dinero

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Si los testigos la han relatado fielmente, si el boca a boca no la ha deformado, cuenta la historia que un conocido constructor de mi ciudad – ya fallecido – fue una mañana al banco con su hija pequeña. El empresario se ocupó de los trámites que acostumbran a hacer en los establecimientos las personas presuntuosas (hay quien las llamaría directamente gilipollas). Entró como si se creyera el presidente de la compañía, se saltó las colas donde el resto de clientes aguardaban su turno, y apremió al personal con aires de soberbia y órdenes impertinentes.

Aprovechó, ya que la menor estaba allí, para que pudiera volver a casa con su primera cartilla bancaria. Durante el trámite, un trabajador de la sucursal quiso confirmar la operación con el padre con una frase más bien retórica, lanzada para dar pie a una breve conversación mientras tecleaba: “¿Entonces, una cuenta corriente para esta niña tan mayor?”, dijo el empleado. El constructor chistó: “¿Cómo que corriente?”. Había entendido la pregunta como una ofensa inadmisible. Reaccionó con orgullo y cierto enfado: “De corriente nada, para mi hija quiero la mejor cuenta que tenga”.

Se supone que el saldo inicial de la hija de alguien acaudalado – sea éste perspicaz, o no – debe de ser suculento, aunque sobre este particular la historia no aporta datos, así que sólo nos quedan las suposiciones y los prejuicios. El dinero es relativo, de verdad. Mis padres, trabajadores de clase obrera pero muy ahorradores (pocos mantras en mi vida como dos de la infancia: “O que garda sempre ten” y “hai que deixar das risas para as choras”), me enviaron con 13 años a un viaje de diez días, en grupo, por varias ciudades de Reino Unido.

Tenía cubiertos el alojamiento, el transporte y una parte de la manutención, pero mi madre, que es la que ha administrado los fondos de casa con una fiabilidad parecida a como Xavi Hernández dibujaba las líneas de pase, me dio más de cien mil pesetas de las de entonces, poco antes de que el euro viniera a estrechar los cinturones. Volví a casa prácticamente con el mismo dinero, tras haber gastado muy poco y porque una ligera depreciación de la libra en esos días me resultó favorable.

En aquel viaje, en el que me comunicaba con los foráneos pidiendo cocacola con el dedo, en el que por penúltima vez mojaría la cama, tenía muy interiorizadas las órdenes que me daban en mi casa por aquel entonces, por mucho que algunas instrucciones sonaran incongruentes: “O diñeiro é para levar por se che fai falta, pero non é para gastar”.

A fuerza de que me repitieran tanto las bondades del ahorro, terminé por olvidarlo. La primera vez que cobré por trabajar – en negro, por supuesto- quería fundirme la pasta con estilo, como había hecho Miles Davis, por lo menos. En su primera semana en Nueva York, fascinado por un ídolo y mentor al que aún no conocía, consumió el sueldo del mes en siete días buscando a Charlie Parker por los clubes y esquinas de Manhattan.

Compré el Salitre 48 de Quique González y el Yankee Hotel Foxtrot de Wilco -aquí saco pecho-, la camiseta de la primera Champions en la que participó el Dépor (2000-01) y un portátil voluminoso que estrené en mi primera carrera; la planté mediado el primer curso como se debe: con notazas. Más adelante, como si la rutina del trabajo me quitara un poco las ganas de cobrar -la confusión duró poco-, gasté en la percha más cara del mundo (una bici estática a la que tengo que quitar los pedales, ¡porque cómo molestan!); un helicóptero radiocontrol que se estrelló contra el cabecero de la cama en el primer despegue; libros de autoayuda que no abrí, juegos de la Play o ropa fosforita de deporte.

Estos días, entre el eco de la resaca en la que llevamos meses sumidos por la cuestión catalana, hemos escuchado a dos policías decir una cosa y la contraria sobre el supuesto cobro de gratificaciones en negro por parte del presidente del Gobierno. El inspector jefe de la UDEF Manuel Morocho, responsable de la investigación del caso Gürtel, aseguró en comisión que ese misterioso “M.Rajoy” figuraba entre los presuntos beneficiarios que, “indiciariamente” – a falta de pruebas directas –, cobró los sobresueldos que reflejan los papeles de Bárcenas. Una semana después, el excomisario de la UDEF entre 2006 y 2012, Manuel Oliveira, vino y negó tan siquiera que existan “indicios” de los cobros en B.

No es una prueba infalible, pero en ocasiones el dinero mide algo más que la capacidad económica de una persona. Sucedió con el constructor aquella mañana en el banco.  Ocurre con el presidente algunos días. Quizá sólo pasaba por allí con unas anteojeras que tapaban todo. Tal vez la culpa es nuestra por dar una importancia vital a papeles, metales y números con un valor mucho más prosaico. Al final, como decía el matón Omar Little en la serie The Wire, “el dinero no tiene dueño, sólo gente que lo gasta”.

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Música obsesiva

Música obsesiva

La música que vale la pena no se limita a matar rápido; muta e infecta. Duele porque importa y emociona y sacude la piel, porque saca a la luz nuestras dobleces e interioridades, como logran determinadas películas y algunos versos (siempre se me ocurre el mismo, de Miguel Hernández: “Florecerán los besos / sobre las almohadas”). Hay que descartar las canciones que pasan de largo, que suenan frescas e incluso muy bien, pero sin embargo no dañan ni transforman ni remueven.

La buena música es suficiente para soportar el mundo, también para derribarlo. Hasta para salir de su escala: en la nave Voyager 1, que despegó en 1977 en busca de vida extraterrestre, se incluyó entre otras muestras de la creación humana una pieza de Glenn Gould con el preludio y fuga número 1 del Clave bien temperado, de Johann Sebastian Bach, como mensaje de la excelencia que puede alcanzar el ser humano.

Podemos pasar la vida envolviendo el vacío de objetos y multitudes hasta dar con el artista de verdad, el trascendente. Necesariamente, las canciones que ansío deben ser un auténtico peligro, tienen que “aspirar a hurgar en las heridas”, tal y como Juan Tallón entiende los libros mejores, parafraseando a Emil Cioran.

Vengo de dos conciertos consecutivos de Sílvia Pérez Cruz. La tercera noche, otra vez en casa, fue inhóspita y extraña; con la catalana presente pero lejos. Imagino que cada vez somos más los que necesitamos su voz en vivo, experimentando a flor de piel desde la butaca su expresividad sentida, su amabilidad y ternura, el brazo sin el micro que utiliza de fuelle y batuta. Cómo canta extenuándose, exigiendo al pulso y a la respiración que estén siempre a la altura. Cómo nos agita y contiene hasta casi llorar. Con sus canciones conocí antes de tiempo Calella de Palafrugell y después, ya allí, en ese hermoso balcón del Mediterráneo, redescubrí el paisaje que canta en Vestida de nit. Al igual que me resultó evocadora la lectura de “También esto pasará”, de Milena Busquets.

El amor duradero reposa en esos discos que te convierten en un aficionado obsesivo, impetuoso e imprudente. Si determinada música supuso una epifanía, cambiando para siempre tu forma de creer, hay que entregarse en exclusiva, siempre que sea posible. La afición cuesta y, es más, debe llevar trabajo. A las grandes canciones merece la pena perseguirlas aun de noche, por carreteras parcheadas, en coches incómodos y con el tiempo justo. Ayuda contar con compañeros de viaje dispuestos a formar parte de una vida entregada ocasionalmente a los conciertos. Tengo la suerte de vivir con una de esas personas y de que otra sea mi mejor amigo.

Laura y yo nos casamos con la música que nos importaba sonando todo el rato. Era una condición de partida, el primer detalle que nos dejamos claro. Tocaron junto al río Arnoia de Allariz Manuel Carballo, David Outumuro y Marta Bravo. Tras escenificar la boda civil al aire libre, en un rincón de postal, The Soul Jacket convirtieron el aperitivo en el mejor concierto de nuestra vida.

Meses antes, mientras perfilábamos los preparativos con una mezcla de realismo y ensoñación, saqué el disco de “Wood Mama” de la funda y lo reproduje como es debido, a todo volumen, atronando en el salón. “¿Y si esta fuera la banda de nuestra boda?”, le dije. “Buff, sería increíble. Pero no, es imposible”. Contacté por correo electrónico dando por hecho que no habría manera. El sentido del e-mail fue evolucionando desde la resignación inicial hasta una oferta -creo, humildemente- que irrechazable: “Me encantaría escuchar ese día a una banda americana y sois lo más parecido a este lado del océano. Quiero un grupo que se deje la garganta y quiero blues pendenciero. Y joder, sonáis como los Crowes, solo que estáis a un paso. ¡Que Nigrán es la playa de Ourense! Y pidiendo no pierdo nada”, les decía. Aún no sé cómo accedieron.

Adelantamos las últimas vacaciones y atravesamos la península para disfrutar de dos conciertos: Norah Jones y Sílvia Pérez Cruz, con el añadido de que la catalana actuaba en casa. En 2015, viajamos a Roma en un Renault Clio con un disco interminable, lleno de canciones nuestras: desde el Loie de Ike Quebec al Return to me de Dean Martin.

Cuando se produce una revelación no llega, al menos para mí, con comportarse como un seguidor reservado y prudente. Se trata de comulgar con esa frase de Charles Bukowski: “Encontrad lo que os encanta y dejad que os mate”. Mi amigo Xenxo y yo hemos cumplido, pase lo que pase ya. Hemos correspondido a la música que amamos, hemos hecho locuras. Repetimos conciertos por amor al arte, sin haber caído nunca en el aburrimiento. Sin esta obsesiva forma de vivir la pasión por algunos artistas habríamos vivido de otra manera; habríamos sido otras personas, más planos y grises.

Me recordaba nuestros grandes hits esta mañana. En 2013, por citar un ejemplo reciente, seguimos a Quique González en los tres primeros conciertos de la gira de “Delantera Mítica”. Gozamos el viernes en la Capitol de Santiago, una de sus salas preferidas, con su amigo Esteban Granero recibiendo una dedicatoria en el anfiteatro, y repetimos el sábado como si todo sonase a nuevo en Valladolid. Unas semanas más tarde estábamos en Bilbao, tripitiendo. Mientras el público de la sala BBK cuchicheaba en torno a Fito Cabrales, que estaba entre la concurrencia, distinguimos en la penumbra la figura enjuta de Karlos Arancegui, el batería que formó parte de la banda de González en “Avería y Redención”. Siempre convenimos que fue el disco que marcó el cambio en su carrera y cuyo sonido nos voló la cabeza en un concierto en Gijón, en 2007, al que llegamos por los pelos tras una revisión exhaustiva de la Guardia Civil de Tráfico en la carretera de León. Al señor Quique González lo hemos seguido en los últimos años casi con una manía persecutoria; debemos haberlo visto más de una treintena. Qué poco, cuánto queda.

De 2013 son varios conciertos que dejaron huella, todos en la mítica sala compostelana: Elliott Murphy con Olivier Durand, Yo la Tengo pasando de la introspección a los máximos decibelios, la voz de raíz norteamericana de Eilen Jewell y una noche de las más grandes, viendo en vivo la melancolía y dulzura frágil de Lucinda Williams.

En 2012 compaginamos nuestras ocupaciones con una semana de carretera y directos. Siempre que hablamos de cómo fuimos, Xenxo sale presto a recordarme: “Martes, Mavis Staples, en el Auditorio de Galicia, en Santiago; miércoles, un tal Wayne Shorter en el Teatro Rosalía de Castro de A Coruña; jueves, Will Johnson, Patterson Hood y Craig Finn en el Torgal de Ourense; viernes, Calexico en el Teatro Kapital de Madrid”.

Habría más citas a tener en cuenta: Andrés Calamaro y The Rolling Stones en días consecutivos, en 2014 (volvería a ver a las Satánicas Majestades un mes más tarde, por si se trataba de la última vez, de nuevo); todos los conciertos que tuvimos al alcance del genio Javier Krahe, alguno que otro del carismático Juan Perro, cada vez más enganchados a los Morgan y una mención aparte para otro gigante: Wynton Marsalis, primero en Madrid y por segunda vez en Marciac (Francia), tras conducir 900 kilómetros desde Ourense, sin respiro. De todos los de Wilco, abrumadores, los mejores, ya ni hablo.

No creo en una afición aséptica porque la música es un arte esencial para la vida. Tan fundamental para que, por ejemplo, Woody Allen no fuese a recoger el Oscar por Annie Hall, porque tenía que tocar el clarinete. Es personal, pero discrepo si te apasionan las obras de Miguel Delibes, Ian McEwan, Borges, Chirbes, Gil de Biedma, o Philip Roth y no tienes todos sus títulos. En todo lo que importa es innegociable no entregarse. Desde el otro lado del escenario, seguiré persiguiendo la música que amo tal y como la entendía Paco de Lucía: “Necesito saber que me estoy jugando la vida”.

Galicia sen chuvia

Galicia sen chuvia

En Galicia non chove, e xa non é un oxímoro. A falta de auga está a perturbar unha paisaxe fermosa, diversa, dun conxunto de cores que escintila. Donde la lluvia es arte, canta con orgullo Siniestro Total no seu gran himno. A testuda escaseza de precipitacións rebaixa o murmurio fuxidío dos seus mil ríos, a forza calma das presas, o verde dos prados e hortas. Pero a seca, asemade, dana a personalidade dun país que, de xeito semellante ós esquimais coa neve, conta cuns cen termos para designar a choiva.

En Galicia as precipitacións son múltiples, non existe un chuvasco homoxéneo. Cada unha das sús 53 comarcas ve chover á sua maneira: orballo, babuxada, chuviscada, dioiva, poalla, torbón, e un longo etcétera. “Merexa”, dicía o meu pai sobre a auga fina e lene que cae nos días escuros de inverno. Os “chuzos de punta” dunha treboada que se levanta de súpeto. “A cachón” ou “a caldeiros”, en situacións similares. Desde hai meses non ten caído case nada.

O noso país sofre o periodo máis seco desde 2005. Despois de declarar o nivel de alerta por primeira vez, a Xunta e a Confederación Hidrográfica do Miño-Sil piden á poboación un consumo responsable. Concellos como o de Ourense, onde ata o Miño devece, restrinxen o baldeo de rúas, reducen a presión do suministro polas noites e pechan a billa das fontes públicas. No que vai de ano, segundo Meteogalicia, o rexistro de precipitacións é menos da metade do acumulado en 2016. Inverno, primavera e verán foron estacións atípicas e secas nesta terra. O cancelo #Galifornia quizais non sexa tan bo.

A situación preocupa. O agro láiase. Sen ter con que saciar a sede dos animais, sen pastos nen forraxes naturais, os gastos soben e a vida xa de por si dificil no rural aínda se complica. Os montes viven esta meteoroloxía adversa sen unha barreira contra o lume intencionado, un mal crónico do país -as lapas son unha ferramenta drástica desde hai séculos- que se reproduce co paso das décadas sen máis solucións políticas que as punitivas e as efectistas: máis avións e helicópteros que vacas e ovellas.

Nos 12 primeiros días deste outubro, rexistráronse en Galicia 235 incendios forestais, o dobre que no mesmo período de 2016 e moi por riba do promedio (91) dos últimos cinco anos, segundo datos da Consellería de Medio Rural. Ourense, un territorio avellentado, disperso e minusvalorado por autoridades pero tamén polos propios inquilinos, rexistra xa 123 focos neste mes. Os lumes fan unha fotografía lamentable do noso ser, amosan a carencia de cultura e amor propio dun pobo por si mesmo, a violencia contra o entorno, a fogueira dos odios e rencores.

A seca, ademais, ten remexido sentimentos de antigo ao facer emerxer aldeas que foran asolagadas en nome dun progreso inxusto e deshumanizado. Os pobos desprazados pola auga e o tempo reivindican neste intermedio a súa memoria, soben e berran na beira das novas aldeas que os substituíron.

Galicia, nunha situación que non lle é propia, está a vivir tristemente, neste outono tan estrano, naquel verso de Borges: “La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”. Mentres o tempo seca o ceo, os ríos e o monte, só nos queda agardar á acollida, figuradamente, e pedir que chova. Que Galicia volva ser Galicia, en definitiva.

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Foto cortesía de Darío Diéguez (@dariodieguez). Presa de Cachamuína (O Pereiro de Aguiar, Ourense)

 

No odies, cariño

No odies, cariño

La cuestión catalana ha polarizado a buena parte del país sin salir de los barrios. El distanciamiento abismal, larvado desde hace años, emergió del todo en los días previos al 1-0, y desde el pasado domingo especialmente. Pocas conquistas satisfacen a los fanáticos de cada rincón como identificar a los enemigos, como poner la tacha, como autoafirmarse, aunque sea con noticias falsas o sesgadas. Mal asunto si figuras públicas como Rafael Hernando o Bernat Dedéu ganan predicamento. Vociferar y fortificarse en las propias conviciones, sin escuchar ni un poco las palabras del otro, son los catalizadores de estos  días convulsos, donde se tambalean derechos fundamentales, principios y valores. Abunda eso que Jardiel Poncela había advertido: todos los hombres y mujeres que no tienen nada importante que decir hablan a gritos.

En las redes sociales hay enfados todo el tiempo, se odia más deprisa, se reparten bufandas y banderas, pero, lo que es peor, se azuza una confrontación irresponsable, cuyo vaso comunicante es la calle. El acoso a policías, guardias civiles y periodistas. El vomitivo hostigamiento a los hijos de los agentes en algunos colegios. Las llamadas a señalar al discrepante. Los cantos de infausto pasado en manifestaciones recalcitrantes. La lógica del “a por ellos”. Perder la paz social en una sociedad avanzada, talentosa y bastante plural es ahora nuestro peligro principal. Reaccionemos a tiempo porque la consecuencia indeseable de toda esta sinrazón da mucho miedo.

Estos días siento cierto temor a las reacciones en Twitter y Facebook, donde por costumbre el contexto es escaso y las opiniones, ante la duda, malinterpretadas. Llevo una temporada intentando reducir la exposición en ese mundo virtual, pero el clima actual, tan exasperante y cainita, no sé por qué pero me disuade. No entiendo por qué la valoración puntual de un hecho -que ni te representa ni ha de encasillarte- es sancionada al momento por los correligionarios de uno y otro lado. Entre el referéndum fraudulento, la subversión del orden constitucional, el atropello a los derechos de la otra mitad de parlamentarios y ciudadanos de Cataluña, y la falta de altura política del Gobierno y al exceso de porras de un caótico dispositivo policial (hasta la Unión Europea más deshumanizada e insensible ha amonestado el uso de la violencia), ¿por qué atrincherarse en el medio se censura como una traición?

Hoy el insulto más socorrido no se arroja de un extremo al contrario: es llamar equidistante. Esa férrea apreciación en contra del matiz, la crítica y el gris es la única coincidencia de los rivales antagonistas. Esa posición tan denostada estos días pero tan imprescindible -para observar hay pocas más idóneas-, si todavía pretendemos una solución que cauterice las heridas y ayude a reconciliar. Hoy el politólogo Pablo Simón ha subrayado en Hoy por Hoy, de la Cadena Ser, una necesidad urgente: eleminar la retórica de los bandos, templar la temperatura y perseguir una solución cívica, pacífica y consensuada. Tenemos un problema cuando los discursos más clarividentes son de los futbolistas. Lo que descorazona es que se haya contagiado al ámbito sociopolítico la dialéctica habitual de los Madrid-Barça.

Vivos y muertos

Vivos y muertos

Mi padre, que es persona de paz, noble y creyente, guarda rencor al cura que intervino maliciosamente en uno de los mayores agravios que sufrió su familia, según su convencimiento. La lápida de sus progenitores – el hombre ya era anciano cuando vino al mundo y la madre murió demasiado joven- fue separada de la tumba para dejar espacio a un nuevo panteón en una porción enajenada por la iglesia. Nadie pidió permiso y la inscripción de mis abuelos sigue desgajada del nicho, contra los muros del templo, como una antigua cicatriz que aún duele.

Ni siquiera los muertos se libran de nuestra mezquindad. Sufren conversaciones banales y chismes a voz en grito de las que no pueden defenderse, han presenciado discusiones por la herencia en mitad del velatorio o -lo que es peor- cínicos rezos y gestos de consuelo de allegados que se afanaron, en vida, por amargarlos a rabiar. Hay difuntos que fueron testigos de los pleitos más materialistas y terrenales. Pocos tan surreales como aquel del cura Felisindo Rodríguez, que fue párroco en varias aldeas de Verín (Ourense). Hablando como el propietario de una funeraria pero ataviado con la sotana de los pies a la cabeza, exigió a la Guardia Civil el derecho sobre un muerto que yacía en el asfalto tras un accidente de tráfico, frente a un empresario de la competencia que ya se disponía. Don Felisindo, un conseguidor de votos del PP en el rural ourensano, fue juzgado y absuelto por unas obras de la Xunta que estaban finalizadas antes de adjudicarse. La Audiencia Provincial rebajó la ilegalidad a una “chapuza administrativa” y el controvertido sacerdote siguió con sus ocupaciones espirituales – también impartía la asignatura de Religión- hasta que falleció en 2011.

No conozco la idiosincrasia de otros lugares, sólo superficialmente el intrincado universo de Galicia, donde el culto a la muerte es endémico, contradictorio y reverencial, más supersticioso que racional muchas veces. Una parte del ahorro de las pensiones más pequeñas de España sufraga los seguros funerarios y los panteones para reunir, al otro lado, a toda la familia, también a los mal avenidos. La muerte se vive con naturalidad aunque se tema y se eluda porque nadie ve la hora adecuada de partir.

La cuenta de los fallecidos monopoliza las conversaciones, las esquelas son las noticias más leídas y los funerales, actos más multitudinarios que las fiestas parroquiales y las bodas. El 1 de noviembre y los días previos hay más vivos que difuntos en los cementerios y las lápidas lucen como la plata recién bruñida. Al festejar la vida, quien celebra se santigua frente a la muerte, con independencia de la edad: “¡De hoxe nun ano!”, dice uno de los brindis más habituales por aquí.

Galicia atesora mitos y leyendas que superan el ambiente tenebroso de las novelas de Stephen King. En la tierra que no niega la existencia de la Santa Compaña, las almas que vagan sin amparo, o el lobishome, se combate el miedo a lo esotérico con cruceiros y petos de ánimas, pero también con manías, ajos y velas. Cada 29 de julio, en Santa Marta de Ribarteme (As Neves, Pontevedra), se celebra una manifestación extraordinaria que saca de la iglesia, en procesión, ataúdes en fila. Los fieles dan gracias a la patrona por su favor para superar una grave enfermedad, figurando el tránsito al cementerio como si fueran cadáveres. Es el rito de Os mortos vivos, con raíces en la Edad Media, y quienes portan a los supuestos difuntos son familiares, amigos o vecinos.

El enterramiento en un país que envejece y apenas ve nacimientos representa una próspera industria que, poco a poco, se renueva. Las tradiciones, férreas y casi inamovibles, también se han acompasado a los tiempos. Los muertos ya no se pueden despedir, como sucedía siempre, en los hogares, donde los deudos se desatendían del trance para centrarse en las visitas, ofreciéndoles hospitalidad, también en esas circunstancias, tal y como la entendían: conversación, café, asientos cómodos, bebidas y comida. De un tiempo a esta parte los tanatorios campan por todo el territorio y son obras demandadas que dan votos, aunque sean lugares a los que nadie quiere ir.

Me encantaría un lugar en los funerales gallegos para decir adiós como en Nueva Orleans, donde la vida se sitúa al nivel de la muerte. El acompañamiento afligido al cementerio se transforma en baile y alborozo de regreso a la ciudad, cuando el swing embarga por un instante la melancolía y la tristeza.

La norma son las despedidas dolorosas, donde los niños que entierran a un abuelo ven llorar a sus padres por primera vez, donde los intérpretes rectos del evangelio miden el balance entre vida ejemplar y pecado. En el cementerio ourensano de San Francisco, un Bien de Interés Cultural que se erige como una atalaya en una colina de la ciudad, hay un grabado en la puerta que reza: “El término de la vida aquí lo veis, el destino del alma según obréis”.

Prefiero las despedidas que evitan el trauma y convocan los recuerdos de un tiempo mejor y las sonrisas, en honor a quien se ha ido. Ha ocurrido recientemente en Galicia, quién lo diría, en dos ocasiones. En Vigo, familiares y amigos de Alicia Jones, brindaron por ella entre anédcotas y bromas, tras acudir a la llamada de una esquela en Faro de Vigo que invitaba a decirle adiós tomando “la vino y el tortilla”. La frase estaba escrita con toda la intención para reflejar cómo era esta docente galesa que durante más de medio siglo vivió en la ciudad pontevedresa. “No se esforzó porque era muy pasota. Confundía mucho los artículos y quisimos hacerle ese guiño”, dijo al periódico su hija Julie. Si existe el más allá, seguro que Fruty saludó desde ese otro lado un deseo cumplido. Tal y como quería, sus amigos y familiares lo despidieron brindando en la cervecería donde paraba casi a diario. Quizá en la tierra donde la muerte es superstición, miedo y mito, diremos cada vez con más frecuencia, con la alegría posible: ¡Hasta siempre!

Ciudades

Ciudades

La ciudad se exhibe y se esconde; cambia y se contradice, como tú y como yo. Existe por naturaleza, como advirtió Aristóteles. Suele despistar el goteo de farolas que vociferan en el mismo lugar donde el sol se estampaba contra los cristales de los edificios. El mapa ha cambiado del día a la noche. No hay rastro de esa imagen de postal al atardecer; duerme la playa sobre una cama deshecha, donde los chillidos de los críos -unas horas antes, unas horas después- discuten con las olas, pierden y rompen. En todas crece un árbol delante de la casa de un suicida, recoge un poema de Luis García Montero.

La ciudad es promiscua, cruel y polifacética y, tantas veces, indescifrable. Están construidas de deseos y miedos, dijo Italo Calvino. Con el crepúsculo cambian casi todos los actores a excepción de los runners, que corren a todas horas, bordeando el río, o el parque, o el Atlántico, o la crisis de los cuarenta, con los ojos en el precipicio y la ropa resplandeciente, saltando con el móvil a la acera.

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La ciudad recibe de noche, huraña o despendolada, depende. Las horas postreras echan el telón de las oficinas pero van calefactando los bares. Nunca tiene legañas, no se le ven. Solo arrugas en sus lugares de antaño y quejidos que se traducen al mundo con señales de humo.

Las ciudades se conocen por primera vez dos veces, con sol y con luna. En cualquier caso, muestran mil perfiles y, en cada nueva mirada, un pequeño matiz trascendental. La ciudad reserva un maquillaje para cada ocasión y destruye las costumbres, como en la canción de José Alfredo Jiménez.

No hacer nada

No hacer nada

No hacer nada consume el tiempo con gasolina. Los días sin urgencias ni obligaciones, que añoramos desde la celda de la rutina y que ahora se ciernen como una amenaza que es necesario domar, se nutren de un movimiento rectilíneo uniforme, de una celeridad no detectable. La mente que planifica carbura cuando hay tantas ocupaciones, plazos irremisibles y apostillas de otros que cuesta trabajo incluso respirar. La temida procrastinación se presenta si nadie apura ni oprime, sobre todo ni uno mismo. Las horas vacías se reúnen con modos sibilinos, y vuelan.

No existe un periódico interruptus porque las noticias se abren paso siempre, a contrarreloj, mejor o peor maquilladas. No hay mañana que no salga una edición, no hay madrugada sin la ruta al extrarradio del diario de papel, prensado como la ropa nueva de un bebé en camino. Preñado de tipografías variables, de artículos volubles; diverso en su configuración como el mundo, contradictorio aun estando cautivo de una idea.

En estos últimos ocho años de oficio a diario, he bordeado el incumplimiento, el miedo a no satisfacer nunca del todo la maqueta o de claudicar en un toque de queda. Las páginas, al final, siempre han recorrido la lengua insaciable de la rotativa, lustrosas hasta que caducan poco después de nacer. Lo de menos es equivocarse. En diciembre de 1903, unos días antes de que los hermanos Wright volaran por primera vez, el New York Times publicó un editorial afirmando que era tiempo y dinero perdidos que la gente intentase surcar el cielo.

Ahora que nada es urgente, el párrafo más simple y liviano se resiste porque ya no hay una cuenta atrás, salvo la de terminar esta carta de intenciones, que me apremia. Como en aquel poema de Alejandra Pizarnik, la vida es vacío bien pensado.