Celebrando el espejismo

FB_IMG_15367139434621560
Pasó como en los instantes previos a un terremoto: la inquietud de los perros por adelantado, segundos antes. Un ladrido al acecho que va contagiando a los animales de los vecinos. Pronto se forma un coro estruendoso acompañado del pulso metálico de los golpes de las cadenas contra las puertas o los objetos del patio. Todavía están los gaiteros recolocándose la vestimenta tradicional tras bajar del coche. Uno apura el primer cigarrillo. Las bocanadas de humo que exhala se confunden con el vaho de una mañana fresca de septiembre. La severa tormenta de esa tarde apenas perfila aún la comisura del horizonte, como un retoque leve de rímel.
Izan los instrumentos y forman con un automatismo. El líder indica la canción y marca el tempo de entrada con una cuenta atrás breve. El sonido rudo de los roncos y la algarabía de octavas, picados, mordentes y graves apaciguan a los perros. El silencio de las mascotas allana el camino del pasacalles con una solemnidad extraña.
La música atraviesa las calles estrechas de la primera aldea por la que pasará la alborada (58 personas censadas) sin desposeerla de su aspecto fantasmagórico. El quinteto, que ha llegado para alegrar la soledad, no la modifica. Son las nueve de la mañana de un sábado. Nadie corre las cortinas. No hay siquiera quien salga a lanzar un reproche por el ruido a deshora. El paseo folclórico lo cierra la comisión de fiestas. Voces disfónicas, acúfenos y legañas incipientes. Gafas de sol polarizadas tratan de disimular una dormida fugaz.
Cuando el grupo se marcha, “el único vecino” del lugar que estuvo en la verbena (subraya él mismo) saluda con el brazo desde la escalera de su casa, desafiando sin parte de arriba al tiempo desabrido. Otra mujer se justifica en camisón desde la ventana. Por lo demás, el pueblo sigue recogido. Se nota por los carteles de las fiestas, con su amarillo fluorescente algo desvaído, que el otoño está ya en el umbral.
La parroquia tiene cinco aldeas en dos municipios. La primera a la que va la comitiva no pertenece a ese territorio pero solo la separa el río, exiguo a estas alturas. En toda la zona no hay ni 150 habitantes en 2,5 kilómetros lineales diseminados de casas, de esta y otras épocas. Las muertes reducen el recorrido de los gaiteiros. Cada año una familia, si no varias, queda al margen del trayecto por su propia elección. Mi padre, que era un apasionado de Los Tamara, la Orquesta Compostela o Los Satélites, también dejó de poner música en la suya cuando falleció su mejor amigo. Esta vez, el luto por tres difuntos en viviendas aledañas limita el paso de los músicos por uno de los pueblos a la mínima expresión. En otro domicilio, en cambio, el duelo de hace unos años ha quedado atrás. Una vecina reparte dulce y cervezas a los artistas y los organizadores.
Ya es mediodía y las nubes cumulonimbo seducen con una belleza arrebatadora y falsa. Unas horas más tarde, arrojarán una tromba descomunal. Los feriantes temen una tarde perdida cuando arrecia. En la ciudad, a 17 kilómetros, se suceden las incidencias por el mal tiempo. Aquí parece el apocalipsis desde la carpa de hierros y lona del campo de la fiesta. En el bar de la comisión hay, no obstante, cuatro irreductibles que ni parpadean ante el destello de los rayos.
FB_IMG_15367139122795355
Las banderitas, las guirnaldas de luces, las copas y las orquestas, con sus canciones imperfectas y manoseadas, pero qué pegadizas, crean una atmósfera líquida e irreal. La fiesta dura tres días y en la verbena hay bastante gente para lo que es el rural. No se lanzan fuegos de artificio por el riesgo de incendio. Algunos vecinos se ven por primera vez en un año, muchos desde el último entierro. Los matrimonios bailan, la gente come y bebe a reventar, los niños arrancan a sus padres el último juguete antes de la vuelta al cole.
En la sacristía ocho curas ancianos esperan para dar misa, sin demasiada disposición. El más joven tiene setenta y pico. Todos van de blanco. Los feligreses ofrecen dinero por portar la imagen de su virgen, la de los Remedios, a la salida de la iglesia. Algunos, hombres en su inmensa mayoría, aprovechan el inicio de la procesión para acodarse en la barra para el vermú. Los grupos llegan en arreones al bar tras la eucaristía.
“Las alboradas están desapareciendo”, dice uno de los músicos en el camino de un pueblo a otro, mientras el coche escupe la gravilla sin apelmazar de una de las carreteras locales, que presentan el firme nuevo coincidiendo con las fiestas. Tampoco hay maleza estos días en las cunetas de la parroquia. Tras meses de preparativos y unas últimas semanas de atracón, la comisión salva la tradición al menos un año y deja el testigo a la siguiente. Vuelve a experimentar lo que es dormir. El baile termina, las atracciones se van, los pueblos se vacían de nuevo, el espejismo se difumina.
Anuncios

La vida es un selfie

sobral

Se puede comprobar en el directo Excuse me. Ao vivo. El jazz se retira con su proverbial elegancia a los 4 minutos y 20 segundos, y la canción Nada que esperar cambia de repente de signo y significado. Un ritmo repetitivo de guangancó va acompañando el alegato hablado de Salvador Sobral, que deja un momento de cantar y suelta la diatriba. Extiende el tema para dar un tirón de orejas, para situarnos frente a un espejo que incomoda porque cuenta la realidad como un reportero de conflicto. “La realidad es realidad y ese es su mayor misterio”, como dice un poema de Szymborska.

La batería crece al final de las frases, el charles enfatiza la intención del cantante, el fondo instrumental también fustiga a los aludidos con un tono castigador. Es todo un rapapolvo en el que el intérprete no pierde el estilo en ningún instante. “¿A ti quién te dijo que era fácil la fama? ¿A ti te gusta la música? La fama es sonreír. Vas por la calle, la gente invade tu privacidad, te saca una foto y tú tienes que sonreír. Eso es la fama”, empieza en un castellano perfecto, tan de portugués.

Tú vas a un restaurante, tienes salsa de tomate en la cara y la gente te está filmando desde lejos. Y tú tienes que sonreír, porque eso es la fama. O estás en la sala de espera de un hospital y te están filmando, guaaaau, y tú sonríes. Y cuando llegas a casa, estás tumbado en tu propia cama y escuchas por la ventana: Esa es la casa de Salvador Sobral. ¡Sobral, ven a la ventana, ven a la ventana! Y tú vas y sonríes porque eso es ser figura pública. ¡Figura pública! ¡Soy de todos, soy figura pública!”, continúa. Y su crítica, su denuncia un tanto desesperada, recibe una ovación de un público que habría que saber si ha aprendido del sarcasmo. El ritmo, que parece la banda sonora de una persecución interminable, desata finalmente al artista, hostigado por la era de Instagram: “La vida es una selfie. ¡La vida es una selfie! LA VIDA ES UNA SELFIE”. Y grita antes de que muera su principal canción protesta, que ni siquiera es una canción.

Hay en un poema de Luis García Montero, que advierte de que “todo lo que te une a la palabra yo es ahora un peligro; nunca te des la espalda”, cierto paralelismo con la causa contra el postureo de un Salvador Sobral que desprecia Eurovisión del modo que más daño puede infligir a un evento de música enlatada y muchos confetis: mostrando el talento sin adulterar. Triunfó en 2017 con una balada emocionante, Amor pelos dois, compuesta por su hermana, y volvió a retratar al festival televisivo con una colaboración magistral junto a uno de sus ídolos, Caetano Veloso, tan alejada del carrusel anterior de canciones vacías.

Sobral insiste en sus manifestaciones que quiere música sin fama, ser un artista de verdad, y simplemente. “Me parece que con las selfies me usan como un objeto del narcisismo de la gente, para que puedan conseguir likes. Es curioso, porque los mayores me dicen que le encantan mis canciones y mi música, y ya está; pero los jóvenes, sin decir ni buenas tardes, me preguntan si se pueden hacer una foto conmigo. Y yo digo no”. En una entrevista con Elvira Lindo y Carlos Francino en La Ventana, Sobral volvió sobre una realidad que lo incomoda: “A veces les digo que no puedo porque me roban el alma, que necesito para cantar. Ya me quitaron el corazón, por lo menos que me dejen el alma”.

Despistado

FB_IMG_15266904563767179

Es irresistible dejarse llevar por el azar, o la intuición, y jugar a contradecir las señales en esas carreteras de ancho imprevisible que saltan de aldea en aldea. Son lonas alquitranadas en una simbiosis con el entorno, tan natural que no se comprende una campaña electoral sin una nueva capa de chapapote. En mi parroquia los vecinos miden su desafección con la política según el tamaño de los socavones. La fiesta se celebra en septiembre y a la comisión organizadora, a la que año tras año se le perdona que la lotería de Navidad no deje ni la pedrea, ya se le ha advertido de que sin carretera remozada no hay orquesta que valga, por ruidosa que sea, por aparatoso que tenga el tráiler. La pista y la verbena son nuestros Estatut y Constitución.

Uno de estos últimos domingos, al cura octogenario (con mi parroquia a su cargo, y otras seis) le costó trabajo llegar a la hora y la misa corrió peligro. Hubo un sacerdote en la Terra Chá (Lugo) al que, harto de implorar a los políticos, le dio por mirar al cielo como último recurso: organizó una misa -con bendición incluida- junto a una carretera picoteada por los baches, como el acné de los 15 años, para denunciar el desastroso estado del firme. El párroco supo lo variable que es el trabajo, como explicó Julio Camba (sobre el de los periodistas, en concreto): “Somos unos sencillos empleados de pompas fúnebres que hacemos, según los diarios que nos han contratado, entierros de primera clase, entierros de segunda y entierros de tercera”.

Las carreteras municipales, angostas y breves, engañan al GPS y difícilmente se reflejan en los mapas. No es la primera vez que Google desiste en un prado. Forman entre todas una madeja enrevesada. Con el 6% de la población de España, en Galicia la factura del transporte escolar es del 22 %. En la provincia de Ourense hay 7.200 kilómetros cuadrados de extensión y 2.600 localidades, en el 90% de las cuales viven 100 vecinos o menos. Solo las vías locales que pertenecen a la Diputación suman 1.840 kilómetros, los suficientes para unir Galicia con Bruselas, pero pocos sin embargo para conectar todas las aldeas.

El progreso es una masa de gravilla apelmazada hasta la puerta de casa, una superficie multiusos: para el Mercedes y para el tractor. En algunos tramos, las raíces de los castaños levantan la carretera en erupción, el asfalto se comba como la panza de un gato, las líneas blancas parecen una señal en tres dimensiones, y las rectas una serpiente en primavera cambiando la camisa. Los postes de la luz saltan a la mitad del asfalto en ocasiones, y los muros de las casas son los marcos. En determinadas corredoiras sale la Santa Compaña al encuentro de los solitarios, y por eso la espantamos con petos de ánimas y cruceiros sembrando caminos.

Me gusta recorrer las pistas paralelas que siempre acaban por cortarse en perpendicular. Las carreteras que serpentean junto a los maizales, en el interior de A Coruña o Pontevedra, como en una escena tenebrosa en ciernes de una novela de Stephen King. Las curvas cadenciosas bajo una sombrilla de árboles autóctonos que mitiga la temperatura mediterránea de la Ribeira Sacra. Las pistas de la Mariña en las que, de facto, tienen preferencia las vacas. Leo los rótulos de aldeas y parroquias que se repiten cada tres municipios, los topónimos juegan al escondite. El nombre más utilizado del mundo en todas las intersecciones gallegas: el bar O’Cruce (casi siempre así, apostrofado). Los carteles que envejecen en las antiguas marquesinas del autobús de línea. Una fuente de agua en un apartadero, la barandilla de un pequeño puente sobre un regato y en una vía muerta la carretera antigua que fagocitó la actual.

Hay torres

IMG-20180419-WA0010 (1)

Hay una pequeña cafetería frente al mercado de abastos de Ourense que da la hora con el vapor de los fogones. Cada día, un olor a calamares avisa de que ya es media mañana, ese momento aproximado en que todo lo que no está hecho empieza a ser absolutamente prescindible. Un humo blanco y húmedo, que ribetea el cielo como el aliento en los amaneceres fríos, invita a la ciudad a abrir un paréntesis. Dentro, el establecimiento apenas da para alojar cuatro mesas apretujadas en torno a la barra. Siempre hay un señor acodado en el tablero, observando en un Ribeiro cómo fluye la vida. El aroma de los calamares en un pan generoso y crujiente disipa los problemas por un rato. Nunca he llegado a entrar porque tampoco es necesario. La aceitosa fragancia de la cocina, que casi hay que oler con un cuchillo, me traslada al fondo de las desaparecidas galerías Tobaris de la calle del Paseo, donde despacharon a varias generaciones los mejores bocadillos de calamares de la ciudad. Ni las obras ni las mudanzas, ni siquiera el olvido, son capaces de enterrar el decorado de los recuerdos.

La casa en la que viví hasta los diez años, nuestro domicilio compartido con la peluquería de mi madre, acoge la mayoría de mis sueños. En la fase REM devoro unas lentejas en la mesa de formica azul de la cocina, como hace 25 años, hago una llamada con el teléfono de disco giratorio del recibidor, y me echo en la cama empotrada de la que, muchas veces al abrirla, salía una legión de cucarachas que me hacían sentir en casa. Mi mundo de entonces es mi único universo cuando estoy dormido, lo que me genera la duda de cuál es la realidad de verdad. Porque, como decía Jean Renoir, las únicas cosas importantes en la vida son las que recuerdas.

20180421_145147 (1).jpg

Los olores de la infancia, como las canciones de la juventud o los paisajes que causan un primer impacto, se almacenan intactos y perfumados en un departamento del cerebro. Una imagen repetida o incluso menos, una sensasión similar, los trae de vuelta al primer plano, llenos de matices y recuerdos relacionados. Evoca Manuel Vilas en Ordesa (Alfaguara) un instante del pasado de su padre y un tío, caminando por la playa de la Lanzada (Sanxenxo), una mañana de verano en 1970: “Hay viento, hay luz, un descomunal espacio de mar y arena. Es el paraíso, pero es solo mi recuerdo. El mar mira los hermanos. El mar es mi abuelo, los está mirando, les manda olas, les manda viento, silencio, soledad, gratitud, les manda fervor (…) Esa playa de la Lanzada, de ocho kilómetros de longitud, desemboca ahora en mi corazón”. Para mí todos los arenales del mundo, especialmente los gallegos, tienen un poco de la Lanzada, de todos los veranos desde Ourense, en interminables caravanas a partir del puente da Barca en Pontevedra, para escapar del agosto sofocante. De las tardes proyectando castillos de arena, o paseando junto a mi padre, o retando a las olas agitadas desde la atalaya de sus hombros, mientras un vendedor ambulante recorría las toallas al grito de “¡barquiiiiiiillooooosss, barquiiiiiiilloooosss, al rico parisién!”.

Las tormentas, que vuelven siempre como vuelve la primavera, me traen a la memoria a mi abuela. Cuando el cielo empieza a garabatearse con esas nubes esponjosas enormes -son las más bellas-, pienso en las predicciones que emitía desde el umbral de la cocina, en el patio, mirando al horizonte mientras desenvainaba unos guisantes: “Hay torres”. No hacía falta que dijera más para comprender lo que se cernía. Con aquella manera de anticipar el tiempo, casi más como un adivino que como un meteorólogo, fue suficiente para que su inquietud me contagiara. Nos refugiábamos en la cocina con la luz apagada, y la central del teléfono fijo desenchufado para evitar averías, y una vela que refulgía en la oscuridad. Nos aferrábamos a aquella luz trémula como faro en la desesperanza. Cada vez que cruzo el bar de la plaza de abastos paladeo los calamares de hace dos décadas. Todavía hoy veo a mi abuela, y siento junto a ella ese hormigueo, cuando una tormenta se posa sobre la ciudad, sobre el presente, amenazando con descargas y estruendos.

Solo a veces

20180401_133413

Están poniendo la soledad a caer de un burro. Tanto la abrazamos que se asfixia, semejante ola de preocupación la estigmatiza. Zé María vive entre una amalgama de plásticos, mantas y colchones, bajo un puente; de ahí no quiere salir: “Soy feliz, este es mi chalé”, me dijo una mañana, con toda su razón del mundo. Su educación es exquisita. Su templanza, inusual.

La soledad es la epidemia del primer mundo, sentencian los titulares (antes solía ser la obesidad). Es un factor de riesgo de ictus y de infarto, como si el que vive solo nunca hiciera ejercicio, ni tuviera una genética más o menos caprichosa, ni comiese Omega 3.

El asunto parece serio: podría decirse que preocupa casi tanto como Messi o Eurovisión. En Reino Unido se han tomado la lucha contra la soledad decididamente; Theresa May creó este año una Secretaría de Estado para poner medidas, o al menos aparentarlo. En España el 18% de la población vive sin nadie a su lado y algunas personas parecen aun más aisladas, como Cristina Cifuentes justo ahora.

Tememos la posibilidad de enfrentarnos a nosotros mismos. Lejos de otros, supuestamente incompletos, nuestro rincón interior se haría un mundo ignoto e insondable. ‘Sal más’, ‘ábrete’, ‘busca personas con tus afinidades’ son el abecé del estilo Mr Wonderful que se imponeQué agobio, por dios. Hay en nuestro entorno tantas herramientas para propiciar relaciones que los soliloquios empiezan a estar mal vistos. Nadie entiende a Borges, o qué: “La soledad me pesa. La compañía también”.

El otro día me convencieron para tomar una cerveza de la manera más inesperada: no era por ellos, sino por mí, para que saliera de la zona de confort (gran eufemismo), para que socializara. Quién puede resistirse cuando retratan su vida como una anomalía rara. Accedí porque la alternativa era pasar otra noche trepidante de sábado conmigo mismo.

La ausencia puede estar mal pero no porque tú lo digas. A veces el abismo es mayor en una ciudad repleta, o en la intimidad, con alguien cerca. Felice Bauer, novia de Kafka, le pidió sentarse a su lado mientras escribía. Él rehusó: “Toda soledad es poca, todo silencio es poco, hasta la noche es demasiado poca noche”. Marilyn Monroe se rodeó de focos y multitudes, y no por ello dejó de sufrir el vacío interior. La actriz de Eva al desnudo abogaba por no temer nada, aun estando solos, salvo el propio miedo.

El lunes esperé tu llamada febrilmente. En realidad la eché en falta al ver vuestras fotos de celebración en las redes sociales, ahí, haciendo ostentación de momentos felices, y yo apurado en el baño. Ya dice Laura Ferrero en su novela Qué vas a hacer con el resto de tu vida: “La soledad se intensifica cuando está rodeado de gente a la que supones menos sola que tú”.

Me habíais citado varias veces en que yo me retracté a última hora, con la excusa más honesta posible: pensándolo bien, no me apetecía un carallo. Tras varios plantones sin más, cuando por fin me venía más o menos, tenéis la desfachatez de no insistir. Me parece muy fuerte que no me avisarais. ¿Acaso no sabéis lo mala que es la soledad?

Volando

IMG_20180317_041809-1.jpg

La tienda de regalos para niños se liquida. Ya no queda en el escaparate nada que ofrecer, salvo un teléfono con forma de gusano (¿es para llamar o es para jugar?) y una cuna a la venta por 150 euros. Excesivamente cara para, al fin y al cabo, dormir entre barrotes.

El precio está a rotulador en un trozo de cartulina recortado al estilo de los alumnos de infantil, como una estrella de muchas puntas que salía cuando se intentaba dibujar una de cinco. En un momento tuvo que depreciarse de súbito, porque el primer número manuscrito tiene tachones. Puede que haya indecisos que empiecen a ser buenos padres así, amueblando un rincón de la casa, sin necesidad de llegar al embarazo.

Un gran letrero que anuncia el cierre -el detalle hecho con más esmero de todo el expositor- ha sido la revolución del barrio esta semana. Enfrente sigue el banco que apadrinamos con un rescate. Al menos el director sigue sonriendo y sin una arruga en el traje, como Dick Diver en Suave es la noche; dinero bien invertido, pues. En el comercio contiguo las cosas van bien: gallinas vivas en jaulas, semillas de plantas aromáticas, injertos de árboles frutales se venden aún como dicen los mayores que se hacía antaño. También hay pienso para mascotas y gnomos de jardín, por ir innovando.

El edificio que hace esquina lleva unos años con gripe. Nunca aparece nadie para cerrar las contras del balcón, y el viento las exige. No han retirado las huellas que dejó la placa de una pensión antigua. La cornisa hace de paraguas durante los segundos eternos, mientras todo el mundo gira, ante el paso de cebra que nace debajo. Una grieta amenaza con independizarse cuando llueve de manera contumaz, como en las últimas semanas.

Parece este un invierno acaparador, con ganas de ocupar toda la semana, de absorber los planes previstos. Escucho en el reproductor Pequeño rock and roll, de Quique González, y me indigno porque es una tremenda canción maltratada. Sigo con las mismas obsesiones de antes, sólo que ahora más solo. Creo que maduraré más adelante. Me gustaría darme prisa por si vale de algo. Si lo piensas un segundo llegas un mundo tarde. Me fascina Woody en la película Nebraska, de Alexander Payne. El personaje odioso y entrañable interpretado magistralmente por Bruce Dern quería recorrer más de 1.500 kilómetros a pie desde Montana en la procura de un millón regalado, víctima de una estafa publicitaria por correo. Nadie lo miró en serio hasta que ese gruñón entusiasta convenció por envidia.

El barrio atosiga y engaña, se comporta como la isla de La invención de Morel. Calles determinadas me recuerdan la condena: este es tu lugar, esta es tu herencia, aquella farola resistirá torcida todo el invierno, cada vez un grado más, de un modo que sea perceptible, molesto. Yo no quiero y tú no quieres. Hablamos en el grupo de wasap de volver en vacaciones a abrir un paréntesis. Todos sugieren algún plan por el barrio porque siempre llega el día en que se van.

Tanto temor a los aviones, a las alturas, al vértigo cuando el pánico gobierna de un modo absolutista aquí. Hace nido entre el calor de las mantas, aprende nuevas nociones en horario de oficina. A la hora del todo o nada es el primero en descontrolarse y chillar. No hay consulta en un diván a 10.000 metros. Tu compañero de pasillo o duerme o musita una oración. Algunos se cogen de la mano pero la mayoría afila los tendones y clava los uñas en el reposabrazos. No hay manual de instrucciones, tampoco hay reinicios. Arriba funcionan algunas drogas, abajo mandan las decisiones y penalizan las erróneas: un titubeo, un eres tú, un beso que no va a llegar. A 1.000 kilómetros por hora no podría huir de los miedos, pero los miedos tampoco. No subo al Boeing y, claro, me estrello. Veo a otros despegar, veo días que se escapan de las manos, veo que te has ido volando.

Sinceramente

Screenshot_2018-02-18-03-12-04

Algunos días deleznables pasan desapercibidos como un paisaje en un croma, saben a esas frutas relucientes de un comercio de muebles de cocina -huecas por dentro-, o recuerdan a un anuncio de dentífrico en el que todo seduce aunque especialmente la boca. Secuencias inverosímiles con una disposición cartesiana de las cosas y sonrisas almidonadas de personas que quizá, después de grabar, se recogen en casa, gimen y lloran. Aceptamos la realidad del mundo tal y como nos la exhiben, por eso el PP arrasa. Es lo que Christof (Ed Harris) aduce en El show de Truman cuando el personaje de Jim Carrey destapa y discute la vida bajo el Gran Hermano.

He pasado tardes de mierda, tras un fino velo que las disimulaba, frente al ordenador, con el piloto automático. Hay que ver cómo se escriben algunas páginas solas. El zapeo en la tele a la misma hora, cuando el volumen se dispara. Las cuatro y hay que regresar. Esa señora espera el autobús sobre la acera como en medio de una zanja. Todas las noches un beso y hasta mañana. La gata rayando el parqué a la 1 de la madrugada, mientras la madera del techo crepita. El Dépor empieza perdiendo y el bucle nunca acaba. El paripé de cada jornada en las redes; zasca, esto de, abro hilo, madre mía.

Una respuesta complaciente al jefe en la distancia, atrincherado en el teléfono. El cinismo de los “buenos días, ¿qué tal? Me alegro”, cuando nada más lejos. No sé nada pero lo pongo en el currículo. Las ganas de que termine la semana, pese a que empieza de nuevo. La torpeza que nos embarga hasta en las mayores empresas, incluso a Carver le pasó: quería suicidarse y falló el tiro.

Todo está programado para que la mentira sea aparente, para que el engaño vista con galantería. “Los programas están para no cumplirlos. Las campañas, para decir cosas que luego no se hacen”, avisaba Tierno Galván. “Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra o después de una cacería”, opinaba al respecto Clemenceau. Aunque el sentido de estos días lo trazó Alvite como nadie: “La sinceridad consiste en contar siempre la misma mentira”.

El show de Truman. Fuente: Youtube