Palabras

Palabras

He pasado la mitad de la mañana, por razones de trabajo, con un hombre afable que hablaba más y mejor. Me ocurre tantas veces en las entrevistas eso de quedar desarbolado, de no estar a la altura de las historias de las personas. Noto la reticencia inicial que solo logra vencer una conversación atinada, perfecta, lo que requiere un día de clarividencia de los que no suelen suceder. Veo los ojos condescendientes de los entrevistados cuando aparece una pregunta que ya habían contestado. Un periodista puede encontrar en los silencios y en los suspiros más evidencias que en el fondo documental más vasto y riguroso. Es más, debe. Los afectos son expresiones sinceras que rara vez engañan. Es entonces cuando la verdad estalla en los deseos, como dice un verso definitivo de Alejandra Pizarnik.

Tras ajustarse al cuestionario y a las instrucciones sobre cómo salir mejor en las fotografías -a veces tengo siempre prisa y amputo de repente las digresiones, cerrando tal vez el paso a una historia esplendorosa-, el hombre octogenario quiso documentar mi visita en el lomo de una libreta. Usó un trazo lento y leve, afilando con cuidado las aristas de las letras. Parecía que saliesen a bailar, con un pulso decadente, mientras sonaba el adagio para cuerdas de Samuel Barber. Pero el único fondo musical era el de sus periquitos. Señalaban y delataban al extraño valiéndose del eco de la sala. El hombre afable entonces se calló y vi cómo proyectaba el lápiz con las cejas esforzadas. Escribió mi nombre y después el apellido junto a la fecha de hoy, de manera que yo, que solo había pasado por allí circunstancialmente, siga con la entrevista aun si el olvido amarillea las hojas, aunque el forro del cuaderno se oscurezca y se cuartee. Y quizá, pese a todo, las preguntas hayan servido para algo.

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No hacer nada

No hacer nada

No hacer nada consume el tiempo con gasolina. Los días sin urgencias ni obligaciones, que añoramos desde la celda de la rutina y que ahora se ciernen como una amenaza que es necesario domar, se nutren de un movimiento rectilíneo uniforme, de una celeridad no detectable. La mente que planifica carbura cuando hay tantas ocupaciones, plazos irremisibles y apostillas de otros que cuesta trabajo incluso respirar. La temida procrastinación se presenta si nadie apura ni oprime, sobre todo ni uno mismo. Las horas vacías se reúnen con modos sibilinos, y vuelan.

No existe un periódico interruptus porque las noticias se abren paso siempre, a contrarreloj, mejor o peor maquilladas. No hay mañana que no salga una edición, no hay madrugada sin la ruta al extrarradio del diario de papel, prensado como la ropa nueva de un bebé en camino. Preñado de tipografías variables, de artículos volubles; diverso en su configuración como el mundo, contradictorio aun estando cautivo de una idea.

En estos últimos ocho años de oficio a diario, he bordeado el incumplimiento, el miedo a no satisfacer nunca del todo la maqueta o de claudicar en un toque de queda. Las páginas, al final, siempre han recorrido la lengua insaciable de la rotativa, lustrosas hasta que caducan poco después de nacer. Lo de menos es equivocarse. En diciembre de 1903, unos días antes de que los hermanos Wright volaran por primera vez, el New York Times publicó un editorial afirmando que era tiempo y dinero perdidos que la gente intentase surcar el cielo.

Ahora que nada es urgente, el párrafo más simple y liviano se resiste porque ya no hay una cuenta atrás, salvo la de terminar esta carta de intenciones, que me apremia. Como en aquel poema de Alejandra Pizarnik, la vida es vacío bien pensado.