Los buenos y los demás

Algunas personas, muy pocas, son tan buenas que nos hacen mejores. Apenas se valora la virtud de la generosidad, pese a ser la cualidad más constructiva, porque dignifica a quien la ejerce y refuerza al beneficiario, en muchas ocasiones lo repara y lo rescata. Somos egocéntricos. Somos unos putos egocéntricos. Somos envidiosos. Somos competitivos de una manera insana. Somos unos cínicos de tomo y lomo. Las personas nobles no destacan. No están en boca de todos. Sus actos hablan con elocuencia, pero mientras nos distrae el fulgor de mentira, impostado, de los hipócritas.
Pasa una cosa con las grandes personas: están de una manera sutil, nos mejoran sin hacer ruido. No exigen medallas o recompensas. Nunca quieren medrar. No tienen doblez. Su presencia da sentido al conjunto, cohesiona al grupo, tapona las grietas. Por el contrario, su falta subraya el vacío, alimenta a los demonios. Su hueco no se puede rellenar. En su ausencia crecen telarañas. Hace mucho frío, un frío exasperante. En una sociedad con tendencia a la amnesia inmediata, sin escrúpulos e ingrata, ellos representan la verdad. ¿Nadie es imprescindible? Esa es una puta falacia, una expresión cicatera de nuestra sociedad desapasionada, una frase de ejecutivo.

Somos los asquerosos de la novela homónima de Santiago Lorenzo. La caterva de estúpidos que complica la vida a quien nos hace mejores. ¿Acaso nos preguntamos alguna vez qué necesitan? ¿Hicimos algo para que no terminarán rindiéndose? Somos tan fatuos (y unos más que otros) que nos permitimos el lujo de prescindir de personas con semejante grandeza. Somos tan egoístas que solo reparamos en su tremenda contribución cuando no están, cuando ya se han ido, cuando su carencia irremplazable nos afecta como una enfermedad terminal.

Una columna, el ejercicio de vanidad más extendido en estos días, no basta para hacer justicia. Pero tiene que constar. Aunque rehúya los focos, aunque esto no le va a gustar, aunque ninguna expresión de agradecimiento estará a la altura: Gracias, Xabier Colmeiro. Un profesional magnífico, un compañero excelente, la mejor persona. Sin ti nada sería igual. Sin ti nada será igual.

Solo a veces

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Están poniendo la soledad a caer de un burro. Tanto la abrazamos que se asfixia, semejante ola de preocupación la estigmatiza. Zé María vive entre una amalgama de plásticos, mantas y colchones, bajo un puente; de ahí no quiere salir: “Soy feliz, este es mi chalé”, me dijo una mañana, con toda su razón del mundo. Su educación es exquisita. Su templanza, inusual.

La soledad es la epidemia del primer mundo, sentencian los titulares (antes solía ser la obesidad). Es un factor de riesgo de ictus y de infarto, como si el que vive solo nunca hiciera ejercicio, ni tuviera una genética más o menos caprichosa, ni comiese Omega 3.

El asunto parece serio: podría decirse que preocupa casi tanto como Messi o Eurovisión. En Reino Unido se han tomado la lucha contra la soledad decididamente; Theresa May creó este año una Secretaría de Estado para poner medidas, o al menos aparentarlo. En España el 18% de la población vive sin nadie a su lado y algunas personas parecen aun más aisladas, como Cristina Cifuentes justo ahora.

Tememos la posibilidad de enfrentarnos a nosotros mismos. Lejos de otros, supuestamente incompletos, nuestro rincón interior se haría un mundo ignoto e insondable. ‘Sal más’, ‘ábrete’, ‘busca personas con tus afinidades’ son el abecé del estilo Mr Wonderful que se imponeQué agobio, por dios. Hay en nuestro entorno tantas herramientas para propiciar relaciones que los soliloquios empiezan a estar mal vistos. Nadie entiende a Borges, o qué: “La soledad me pesa. La compañía también”.

El otro día me convencieron para tomar una cerveza de la manera más inesperada: no era por ellos, sino por mí, para que saliera de la zona de confort (gran eufemismo), para que socializara. Quién puede resistirse cuando retratan su vida como una anomalía rara. Accedí porque la alternativa era pasar otra noche trepidante de sábado conmigo mismo.

La ausencia puede estar mal pero no porque tú lo digas. A veces el abismo es mayor en una ciudad repleta, o en la intimidad, con alguien cerca. Felice Bauer, novia de Kafka, le pidió sentarse a su lado mientras escribía. Él rehusó: “Toda soledad es poca, todo silencio es poco, hasta la noche es demasiado poca noche”. Marilyn Monroe se rodeó de focos y multitudes, y no por ello dejó de sufrir el vacío interior. La actriz de Eva al desnudo abogaba por no temer nada, aun estando solos, salvo el propio miedo.

El lunes esperé tu llamada febrilmente. En realidad la eché en falta al ver vuestras fotos de celebración en las redes sociales, ahí, haciendo ostentación de momentos felices, y yo apurado en el baño. Ya dice Laura Ferrero en su novela Qué vas a hacer con el resto de tu vida: “La soledad se intensifica cuando está rodeado de gente a la que supones menos sola que tú”.

Me habíais citado varias veces en que yo me retracté a última hora, con la excusa más honesta posible: pensándolo bien, no me apetecía un carallo. Tras varios plantones sin más, cuando por fin me venía más o menos, tenéis la desfachatez de no insistir. Me parece muy fuerte que no me avisarais. ¿Acaso no sabéis lo mala que es la soledad?