Dinero

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Si los testigos la han relatado fielmente, si el boca a boca no la ha deformado, cuenta la historia que un conocido constructor de mi ciudad – ya fallecido – fue una mañana al banco con su hija pequeña. El empresario se ocupó de los trámites que acostumbran a hacer en los establecimientos las personas presuntuosas (hay quien las llamaría directamente gilipollas). Entró como si se creyera el presidente de la compañía, se saltó las colas donde el resto de clientes aguardaban su turno, y apremió al personal con aires de soberbia y órdenes impertinentes.

Aprovechó, ya que la menor estaba allí, para que pudiera volver a casa con su primera cartilla bancaria. Durante el trámite, un trabajador de la sucursal quiso confirmar la operación con el padre con una frase más bien retórica, lanzada para dar pie a una breve conversación mientras tecleaba: “¿Entonces, una cuenta corriente para esta niña tan mayor?”, dijo el empleado. El constructor chistó: “¿Cómo que corriente?”. Había entendido la pregunta como una ofensa inadmisible. Reaccionó con orgullo y cierto enfado: “De corriente nada, para mi hija quiero la mejor cuenta que tenga”.

Se supone que el saldo inicial de la hija de alguien acaudalado – sea éste perspicaz, o no – debe de ser suculento, aunque sobre este particular la historia no aporta datos, así que sólo nos quedan las suposiciones y los prejuicios. El dinero es relativo, de verdad. Mis padres, trabajadores de clase obrera pero muy ahorradores (pocos mantras en mi vida como dos de la infancia: “O que garda sempre ten” y “hai que deixar das risas para as choras”), me enviaron con 13 años a un viaje de diez días, en grupo, por varias ciudades de Reino Unido.

Tenía cubiertos el alojamiento, el transporte y una parte de la manutención, pero mi madre, que es la que ha administrado los fondos de casa con una fiabilidad parecida a como Xavi Hernández dibujaba las líneas de pase, me dio más de cien mil pesetas de las de entonces, poco antes de que el euro viniera a estrechar los cinturones. Volví a casa prácticamente con el mismo dinero, tras haber gastado muy poco y porque una ligera depreciación de la libra en esos días me resultó favorable.

En aquel viaje, en el que me comunicaba con los foráneos pidiendo cocacola con el dedo, en el que por penúltima vez mojaría la cama, tenía muy interiorizadas las órdenes que me daban en mi casa por aquel entonces, por mucho que algunas instrucciones sonaran incongruentes: “O diñeiro é para levar por se che fai falta, pero non é para gastar”.

A fuerza de que me repitieran tanto las bondades del ahorro, terminé por olvidarlo. La primera vez que cobré por trabajar – en negro, por supuesto- quería fundirme la pasta con estilo, como había hecho Miles Davis, por lo menos. En su primera semana en Nueva York, fascinado por un ídolo y mentor al que aún no conocía, consumió el sueldo del mes en siete días buscando a Charlie Parker por los clubes y esquinas de Manhattan.

Compré el Salitre 48 de Quique González y el Yankee Hotel Foxtrot de Wilco -aquí saco pecho-, la camiseta de la primera Champions en la que participó el Dépor (2000-01) y un portátil voluminoso que estrené en mi primera carrera; la planté mediado el primer curso como se debe: con notazas. Más adelante, como si la rutina del trabajo me quitara un poco las ganas de cobrar -la confusión duró poco-, gasté en la percha más cara del mundo (una bici estática a la que tengo que quitar los pedales, ¡porque cómo molestan!); un helicóptero radiocontrol que se estrelló contra el cabecero de la cama en el primer despegue; libros de autoayuda que no abrí, juegos de la Play o ropa fosforita de deporte.

Estos días, entre el eco de la resaca en la que llevamos meses sumidos por la cuestión catalana, hemos escuchado a dos policías decir una cosa y la contraria sobre el supuesto cobro de gratificaciones en negro por parte del presidente del Gobierno. El inspector jefe de la UDEF Manuel Morocho, responsable de la investigación del caso Gürtel, aseguró en comisión que ese misterioso “M.Rajoy” figuraba entre los presuntos beneficiarios que, “indiciariamente” – a falta de pruebas directas –, cobró los sobresueldos que reflejan los papeles de Bárcenas. Una semana después, el excomisario de la UDEF entre 2006 y 2012, Manuel Oliveira, vino y negó tan siquiera que existan “indicios” de los cobros en B.

No es una prueba infalible, pero en ocasiones el dinero mide algo más que la capacidad económica de una persona. Sucedió con el constructor aquella mañana en el banco.  Ocurre con el presidente algunos días. Quizá sólo pasaba por allí con unas anteojeras que tapaban todo. Tal vez la culpa es nuestra por dar una importancia vital a papeles, metales y números con un valor mucho más prosaico. Al final, como decía el matón Omar Little en la serie The Wire, “el dinero no tiene dueño, sólo gente que lo gasta”.

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Los días felices

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En mi casa de la infancia el trabajo de mamá ocupaba un salón inhabitable. Aquel cuarto nunca se cerraba (tenía una puerta corredera torpe) y solo dispensaba un trato amable por las noches, cuando la empresa, dormida, se convertía casi en un museo. Me gustaba acercame a hurtadillas a ver los peines y utensilios inmóviles en los tocadores, y a enchufar la luz ultravioleta del aparato que esterilizaba las cortadoras, pero que parecía un equipo de laboratorio de la policía judicial.

Una madrugada de julio, mis padres, sobresaltados tras encontrarse sólo con la huella de mi cuerpo en mi cama, aparecieron muy serios y acalorados en la galería (la sala de espera de las clientela durante el día). Yo había puesto a volar por la ventana unas pompas de jabón, que escalaban hacia las nubes en ristra. Mis padres me habían comprado el juguete en las fiestas del barrio. Era una tradición, como montar en el tren del dragón junto a papá, quien al igual que yo apretaba las muñecas contra la barra de sujeción en buena parte del viaje.

Tengo el ruido de los secadores y las maquinillas, y el latido del timbre y el teléfono impaciente incrustados en la cabeza, en ese lugar recóndito que franquea un olor, o una palabra clave o, a veces, nada. ¿No os ha pasado, conduciendo solos de noche, ensimismados en la luna del vehículo, que de repente aflora un momento olvidado de antaño? Es una imagen perdida, tan vívida, que adjunta imagen y sonido, brisa y olores. Es un recuerdo en varias dimensiones, un ejercicio organoléptico. La merienda de chocolate de la abuela. El destello de un gol decisivo en una temporada de futbito. El beso que casi diste. Una prueba embarazosa en la clase de gimnasia.

El jueves me vino el de aquella vez que llamé a la teletienda para pedir un horno. Como muchos acontecimientos he interiorizado la historia por boca de otros. Tanto que puedo verme de manera despersonalizada, desde fuera de la escena. Se había averiado la cocina y, según parece, tuve en cuenta la necesidad y un comentario de mis padres durante un anuncio. “Nos vendría bien”, dijeron. Mi decidida intervención parecía impecable, ninguno había objetado porque nadie se lo esperaba. Nunca estrenamos aquel horno; el plan hizo aguas enseguida. Mi madre contestó al segundo ring y atendió a la telefonista.
– ¿Es ahí la peluquería Charo?
– Sí -dijo mamá.
– Mire, señora, vuelvo a llamar porque tenemos un pedido de un horno pero nos parecía que sonaba como la voz de un niño. Queríamos confirmarlo.
No sé si por la vergüenza, o porque dudó si aprovechar la oportunidad, pero mi madre vaciló un instante antes de cancelar el encargo. A principios de los 90 se llevaba mucho optar por la cautela. No teníamos Twitter.

Un niño ve el mundo tal y como se lo muestran sus padres, con una suma de inocencia y fascinación que la edad y los desengaños van, poco a poco, mitigando. Ciertamente como creía Picasso: “Todos los niños nacen artistas. El problema es seguir siéndolo al crecer”. Aquel dibujo mío de preescolar habría activado hoy varios protocolos. Entonces ya extrañó a una profesora. Salía mi madre, con su pelo rubio y ondulado de entonces, llevándose las manos a la cabeza, en presencia de mi padre, de mi hermana y de mí; de los 3 que compartíamos con ella la residencia en su trabajo. La maestra se escandalizó y citó a mamá. Ella, tan mal acostumbrada a los más frecuentes comentarios positivos, no sabía dónde meterse, no encontraba explicación. Yo se la di, aquella misma noche.
– Tu profesora Dolores me ha llamado muy preocupada. ¿Por qué me has dibujado en el colegio tirándome de los pelos?
– Porque siempre dices que los impuestos te vuelven loca.

No era muy cómoda aquella forma de emparentar vida y trabajo, familia y peluquería, pero nunca la olvidaré. Fueron años felices. Siempre lo serán. Puede que pase el tiempo hasta cualquier otro día en que acuda a mí, por sorpresa, un recuerdo de aquel pasado iniciático. Creo a fe ciega en esa frase del novelista James Sallis: “Sólo somos la vida que llevamos y las personas a las que conocemos, nada más”.

Un concierto por dentro

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Volví a casa sin averiguar sus nombres, sin sus iniciales, sin una dirección donde hacerles preguntas. Aunque me recordaran, por asociación fácil, a Elsa y Rick en Casablanca, mejor dicho a una de sus grandes frases, sacada de contexto: “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”. Fui a un concierto de jazz y me quedé absorto con la primera fila, improvisando yo también, de algún modo. Un matrimonio de unos 60 años ocupaba el mejor sitio de la sala, con los restos de una cerveza y de un café, durmiendo pesadamente. No abrieron los ojos en una sola canción, en un solo compás, en un solo acorde. ¿Acaso no se puede disfrutar así de la música, celebrándola por dentro?

El espectáculo empezó a las 22.30 de un lunes. Conseguimos nuestra mesa, que era de las buenas, con una hora de antelación, por lo que la peculiar pareja debió de haber madrugado. El piano, el contrabajo y la batería se entrelazaban y ellos también, dando cabezadas como si fuesen los últimos en bajarse de un vagón de metro, apoyados uno contra el otro, acompañándose en la salud y la enfermedad, en esa dimensión profunda donde todo es más líquido y pasajero, en los sueños. “Dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición”, acierta el dicho.

Pasaban las canciones y ellos dormían. Suaves notas los arropaban. Lo cierto es que daba la impresión de que Tom Harrell, inmóvil siempre que no toca, solo empatizaba con ellos. Se veía alrededor del escenario a gente que aplaudía, que hacía muecas de satisfacción, que movía el cuello siguiendo el swing de cada tema del cuarteto. La pareja también interactuaba en directo. El hombre presenció el concierto ligeramente inclinado sobre la mesa, como si estuviera leyendo el periódico desde la primera hasta el crucigrama, sentado, aterrizando en una media sonrisa cuando el aplauso al final de las canciones tocaba el despertador. También sucedía durante la aprobación general de un solo. En un instante, en un segundo en el transcurso de la canción, el caballero emergía del coma para mirar al escenario. Enseguida se ahogaba otra vez en el sopor. Ella no salió del trance; en hora y media viajó por su subconsciente. Con la boca abierta, reclinada contra el sofá de escay, a menos de un metro de la boca de la trompeta pero sin llegar a dejar el túnel, mecida por la media luz de la sala, que apenas matizaba un neón rojo.

Me gusta pensar que llevaban días esperando el concierto. Que habían comprado las entradas con antelación, preocupados por que se agotaran. Puede que hubieran cenado algo ligero que dejaron listo a mediodía. Tampoco descarto que su plan fuera ir a un concierto para dormir, buscándose a sí mismos, o a modo de protesta contra el IVA cultural. ¿Y si son reincidentes y yo no lo sabía?

Pagaron 20 euros por cada billete y llegaron al café 2 horas antes del inicio, consiguiendo el mejor sitio. Revisaron la prensa, quizá un libro de bolsillo y el grupo de whatsapp familiar. Conversaron sobre las próximas vacaciones y se dejaron mecer la última media hora por el hilo musical. Y, arrullados por el bullicio del local en los minutos previos al concierto (voces, risas, copas), se dejaron caer hacia dentro, arrastrados por el letargo de un lunes a las 22.30. Tomando la decisión de vencerse cuando uno, casi dormido, es consciente de que se precipita. Al final, se trataba de una encrucijada, de mirar o vivir, de aguantar o dormir. Y se impuso la idea que Gloria Fuertes escribió en verso: “Son las 3 de la madrugada y no sabes nada, si viajarás en taxi o ataúd”. Y su decisión nos pilló al resto despiertos. Y lo de menos fue el concierto.

[Fotografía de Domingo Bobillo]

Profesores y maestros

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He tenido suerte con mis profesores de la universidad. A ninguno se le pasó por la cabeza la temeridad de enseñarnos a hacer periodismo, de modo que solo cabía la selección natural, el ensayo y error. Los interesados en redactar informaciones se procuraban sus ejercicios para ganar destreza: hojear periódicos en la biblioteca, abrir los portales informativos en alguna clase con ordenador e imaginar cómo titularía uno la noticia del día. En casa, donde no molestabas, podías ensayar en un folio en blanco. En la facultad había que ser cauteloso y extremar las precauciones. No quiero imaginar lo que habría ocurrido si el profesor nos descubre leyendo una crónica parlamentaria, o un reportaje de la sección internacional e incluso los titulares de un diario de tu ciudad de procedencia, para no irte del todo. Había que clicar rápido y aprender en bajito.

Muchos salimos al mundo de la actualidad sin haber escrito una noticia en cuatro años. Yo me estrené en la profesión en un juicio del que milagrosamente salí impune. Una frase del estilo “el día que enseñaron a hacer una entradilla yo no estaba” era perfectamente factible. Una mínima ausencia por un catarro, por haber perdido el bus, o vale, por una resaca, eliminaba la opción de poner en práctica eso de ir, ver y contar. ¿Dónde estaba el periodismo; de verdad existía? Salimos a pescar informaciones casi nunca, pero dudo mucho que existan más definiciones teóricas que las que memorizamos y devolvimos, poniendo el examen perdido. Mi amigo Jorge, compañero de piso entonces, se escandalizó cuando me vio chapar cómo se busca Google y qué es internet, en una asignatura de documentación informativa. Con sentido cuando nos dejaban hacer prácticas el resultado era contraproducente. “A vostede non se lle dá moi ben a reportaxe, probe outros xéneros”, me dijo un docente. La razón lo asiste porque ahora preside la Real Academia Galega (RAG) a pesar de los críticos. Se dio por vencido en la entradilla; y quién lo culpa.

A la facultad le debo más lecciones valiosas. Puedes aplazarlas, puedes alejarte pero las obligaciones te esperan atrincheradas, incluso te persiguen. Aún sueño, 8 años después de licenciarme, con que me falta algún crédito, con que ejerzo sin la titulación debida, con que asistí a mi fiesta de graduación en fraude de ley. Me veo en el luminoso pasillo de la sede de periodismo en Santiago de Compostela, en el edificio diáfano y un poco confuso de Álvaro Siza, angustiado con los apuntes mientras todos se alejan a emprender sus vidas. Entonces me sobresalto y, aún en duermevela, buscándome en mi cama, pienso si será hoy cuando mi periódico descubra la verdad. Menos mal que en periodismo tenemos la costumbre de rara vez descubrir nada.

La facultad también me enseñó a no desesperarme. Uno de mis últimos profesores reparó un viernes sobre lo mal que se me daba una parte de su materia, y yo le recordé que no aspiraba solo a hacer periódicos, sino que me conformaba con venderlos. El último día de la semana solo contábamos con ánimo y paciencia en primer curso, cuando ir a clase sin dormir tenía ese toque de aventura y romanticismo, de reto superado. A mitad de la noche del jueves, borrachos, cuando ancha es Castilla, nos citábamos a las 8 y media en “la clase de Outeiriño”. Llegado el momento, el aula era un desierto. Los más valientes sacábamos pecho, presumíamos de ojeras y tomábamos nota de los desertores.

En las últimas filas de alguna clase he visto a personas hacer botellón, pero no pienso señalar culpables, además seguro que ya ha prescrito. Los hay más responsables que jugaban al subastado. No voy a desvelar qué dos alumnos rellenaron decenas de rifas en un pub con los correos corporativos de dos profesores. Tampoco diré qué profesor permitía fumar en su despacho en una revisión sin posibilidades. Un mal estudiante no va tanto a la procura de una correción al alza como de la empatía de ese docente que, hace no tanto, estaba del otro lado, hincando codos a última hora y saliendo semanas de martes a sábado.

Confieso que extraño ese ritmo lento pero sobre todo trepidante; desahogado hasta que el corazón te salía del pecho. Las cafeteras ahuyentando la noche, las 3 de la madrugada pegado al flexo, el escritorio lleno de ceniza de un Winston en paquete blando. Echo de menos las partidas con Jorge al Mario Kart las vísperas de un examen, la adrenalina en el aula previa a una prueba que has estudiado bien, la cantidad de endorfinas que se liberan cuando te presentas “a pelo”, a ver qué pasa, sin haber leído un folio. Las noches a lo músico de jazz tras la época de estudio. Entonces aún teníamos modales y septiembre era septiembre y junio era junio; hoy en día los exámenes no respetan ni al calendario. También extraño a esos 2 o 3 que parecían desubicados, maestros que hacían honor al nombre, que te despertaban el interés por el oficio, que daban sentido a todo. Y a los teóricos, por su terapia de choque, por enseñarnos a su modo con una especie de psicología inversa.

Pero sin lugar a dudas, a mi mejor profesor de periodismo lo conocí en mi intento fallido con Fisioterapia, que dejé como deben abandonarse las carreras: en primer curso y con notas brillantes. El maestro era un sustituto que venía a clase en camiseta de algodón y cada día enseñaba como si el mundo se derrumbase. Era capaz de emocionarte con el porqué y las consecuencias del potencial de acción. Sonaba a poesía su explicación de los procesos fisiológicos más complejos. Se llama Xurxo Mariño, ha publicado en un libro una gran crónica de divulgación científica sobre su viaje de un año alrededor del mundo, y no podré olvidar la frase que nos dijo en su última clase con nosotros, allá por 2004. “¿En qué se parece un profesor de Universidad a una ascidia? En que cuando llega a Catedrático también se come el cerebro”.

Fotografía | santiagoturismo.com

La vida es un meme

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La vida es un ‘meme’. Todos hemos participado en alguno de esos cuadros urgentes de humor rápido y sobado, poco o nada pretencioso. Bien remitiéndolos a un tercero de forma automática, para que la cadena se perpetúe –y encadenándonos, por tanto-; bien en su elaboración, mientras ahogamos a duras penas una carcajada. A veces, encarnamos una situación risible que podría caber en uno de esos jpggif que se hacen virales, que infectan como un virus.

La mayoría de nosotros no podemos producir y generar chistes fáciles. No todos somos una caricatura andante, como Donald Trump. Aunque cueste trabajo creerlo ya inspiraba ‘memes’ antes de ser el 45º presidente de los Estados Unidos y tuitear sin mesura. Hace 20 años, el periodista Mark Singer escribió un perfil del multimillonario para The New Yorker. “El reconocimiento total es que los nigerianos de la esquina te griten ‘Trump, Trump’, al pasar a tu lado por la calle”, le dijo el magnate.

Muchos cabreados con el mundo, como él, ha cultivado USA en su historia reciente. “La prensa es el enemigo. El establishment es el enemigo. Los profesores son el enemigo”, aseveró Nixon a su secretario de Estado, Henry Kissinger. También tiene tela lo del exgobernador de Texas y candidato a las primarias republicanas, Rick Perry. Su estado sufrió en 2011 una sequía pertinaz y la solución del mandatario fue llamar a ciudadanos, de toda confesión, a rezar al aire libre para que llegara la lluvia.

No hay que salir de España para encontrar material de ‘meme’: un chiste con el aspecto infantil de Errejón, Rajoy en medio de un tic, el presunto #invent de Pablo Iglesias y el dibujo de un niño, Susana Díaz descojonándose, el negro ese del pito, Baltar aupando a Baltar, Julio Iglesias y lo sabes. 

Yo me cubrí de gloria en un entierro. Había políticos, periodistas, jueces, fiscales, empresarios, hasta un obispo. No estaba cerca ningún tuitero, afortunadamente. Doblaban las campanas de la iglesia de Santo Domingo de Ourense. El entierro del padre de una importante autoridad pública concitó una afluencia considerable. Los grupos mostraban el rictus que se espera en situaciones de este tipo, cuando los allegados del muerto miran. A la misa asistieron unos pocos, pero los más se concentraron en la puerta para expresar sus respetos, para dejarse ver. Casi todos llevaban corbata y yo vestía de diario, desgarbado, metro-rural, pero ese no fue el error. Me llegó el turno pasados 15 o 20 abrazos. Me salvaron el cansancio y que el hijo, abatido por la pérdida, hubiera puesto ya el piloto automático para sortear tanto “te acompaño en el sentimiento”. Era mi ocasión de quedar bien y de que esa persona me considerase, aún empezando yo en mi oficio. Tenía en mente un “lo siento”, hubiera servido un “mucho ánimo” e incluso esa máxima filosófica, tan socorrida en Galicia, de “no somos nadie”. Allá fui. Apretón de manos, toque en el brazo derecho, gesto solemne y la-fra-se: “Enhorabuena”.