No odies, cariño

No odies, cariño

La cuestión catalana ha polarizado a buena parte del país sin salir de los barrios. El distanciamiento abismal, larvado desde hace años, emergió del todo en los días previos al 1-0, y desde el pasado domingo especialmente. Pocas conquistas satisfacen a los fanáticos de cada rincón como identificar a los enemigos, como poner la tacha, como autoafirmarse, aunque sea con noticias falsas o sesgadas. Mal asunto si figuras públicas como Rafael Hernando o Bernat Dedéu ganan predicamento. Vociferar y fortificarse en las propias conviciones, sin escuchar ni un poco las palabras del otro, son los catalizadores de estos  días convulsos, donde se tambalean derechos fundamentales, principios y valores. Abunda eso que Jardiel Poncela había advertido: todos los hombres y mujeres que no tienen nada importante que decir hablan a gritos.

En las redes sociales hay enfados todo el tiempo, se odia más deprisa, se reparten bufandas y banderas, pero, lo que es peor, se azuza una confrontación irresponsable, cuyo vaso comunicante es la calle. El acoso a policías, guardias civiles y periodistas. El vomitivo hostigamiento a los hijos de los agentes en algunos colegios. Las llamadas a señalar al discrepante. Los cantos de infausto pasado en manifestaciones recalcitrantes. La lógica del “a por ellos”. Perder la paz social en una sociedad avanzada, talentosa y bastante plural es ahora nuestro peligro principal. Reaccionemos a tiempo porque la consecuencia indeseable de toda esta sinrazón da mucho miedo.

Estos días siento cierto temor a las reacciones en Twitter y Facebook, donde por costumbre el contexto es escaso y las opiniones, ante la duda, malinterpretadas. Llevo una temporada intentando reducir la exposición en ese mundo virtual, pero el clima actual, tan exasperante y cainita, no sé por qué pero me disuade. No entiendo por qué la valoración puntual de un hecho -que ni te representa ni ha de encasillarte- es sancionada al momento por los correligionarios de uno y otro lado. Entre el referéndum fraudulento, la subversión del orden constitucional, el atropello a los derechos de la otra mitad de parlamentarios y ciudadanos de Cataluña, y la falta de altura política del Gobierno y al exceso de porras de un caótico dispositivo policial (hasta la Unión Europea más deshumanizada e insensible ha amonestado el uso de la violencia), ¿por qué atrincherarse en el medio se censura como una traición?

Hoy el insulto más socorrido no se arroja de un extremo al contrario: es llamar equidistante. Esa férrea apreciación en contra del matiz, la crítica y el gris es la única coincidencia de los rivales antagonistas. Esa posición tan denostada estos días pero tan imprescindible -para observar hay pocas más idóneas-, si todavía pretendemos una solución que cauterice las heridas y ayude a reconciliar. Hoy el politólogo Pablo Simón ha subrayado en Hoy por Hoy, de la Cadena Ser, una necesidad urgente: eleminar la retórica de los bandos, templar la temperatura y perseguir una solución cívica, pacífica y consensuada. Tenemos un problema cuando los discursos más clarividentes son de los futbolistas. Lo que descorazona es que se haya contagiado al ámbito sociopolítico la dialéctica habitual de los Madrid-Barça.

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