Despistado

FB_IMG_15266904563767179

Es irresistible dejarse llevar por el azar, o la intuición, y jugar a contradecir las señales en esas carreteras de ancho imprevisible que saltan de aldea en aldea. Son lonas alquitranadas en una simbiosis con el entorno, tan natural que no se comprende una campaña electoral sin una nueva capa de chapapote. En mi parroquia los vecinos miden su desafección con la política según el tamaño de los socavones. La fiesta se celebra en septiembre y a la comisión organizadora, a la que año tras año se le perdona que la lotería de Navidad no deje ni la pedrea, ya se le ha advertido de que sin carretera remozada no hay orquesta que valga, por ruidosa que sea, por aparatoso que tenga el tráiler. La pista y la verbena son nuestros Estatut y Constitución.

Uno de estos últimos domingos, al cura octogenario (con mi parroquia a su cargo, y otras seis) le costó trabajo llegar a la hora y la misa corrió peligro. Hubo un sacerdote en la Terra Chá (Lugo) al que, harto de implorar a los políticos, le dio por mirar al cielo como último recurso: organizó una misa -con bendición incluida- junto a una carretera picoteada por los baches, como el acné de los 15 años, para denunciar el desastroso estado del firme. El párroco supo lo variable que es el trabajo, como explicó Julio Camba (sobre el de los periodistas, en concreto): “Somos unos sencillos empleados de pompas fúnebres que hacemos, según los diarios que nos han contratado, entierros de primera clase, entierros de segunda y entierros de tercera”.

Las carreteras municipales, angostas y breves, engañan al GPS y difícilmente se reflejan en los mapas. No es la primera vez que Google desiste en un prado. Forman entre todas una madeja enrevesada. Con el 6% de la población de España, en Galicia la factura del transporte escolar es del 22 %. En la provincia de Ourense hay 7.200 kilómetros cuadrados de extensión y 2.600 localidades, en el 90% de las cuales viven 100 vecinos o menos. Solo las vías locales que pertenecen a la Diputación suman 1.840 kilómetros, los suficientes para unir Galicia con Bruselas, pero pocos sin embargo para conectar todas las aldeas.

El progreso es una masa de gravilla apelmazada hasta la puerta de casa, una superficie multiusos: para el Mercedes y para el tractor. En algunos tramos, las raíces de los castaños levantan la carretera en erupción, el asfalto se comba como la panza de un gato, las líneas blancas parecen una señal en tres dimensiones, y las rectas una serpiente en primavera cambiando la camisa. Los postes de la luz saltan a la mitad del asfalto en ocasiones, y los muros de las casas son los marcos. En determinadas corredoiras sale la Santa Compaña al encuentro de los solitarios, y por eso la espantamos con petos de ánimas y cruceiros sembrando caminos.

Me gusta recorrer las pistas paralelas que siempre acaban por cortarse en perpendicular. Las carreteras que serpentean junto a los maizales, en el interior de A Coruña o Pontevedra, como en una escena tenebrosa en ciernes de una novela de Stephen King. Las curvas cadenciosas bajo una sombrilla de árboles autóctonos que mitiga la temperatura mediterránea de la Ribeira Sacra. Las pistas de la Mariña en las que, de facto, tienen preferencia las vacas. Leo los rótulos de aldeas y parroquias que se repiten cada tres municipios, los topónimos juegan al escondite. El nombre más utilizado del mundo en todas las intersecciones gallegas: el bar O’Cruce (casi siempre así, apostrofado). Los carteles que envejecen en las antiguas marquesinas del autobús de línea. Una fuente de agua en un apartadero, la barandilla de un pequeño puente sobre un regato y en una vía muerta la carretera antigua que fagocitó la actual.

Anuncios

150.000 kilómetros

FB_IMG_1515981693997
No me engaño. Corre despacio. Piso y es como si tosiera. Tiembla como un tractor viejo. Las ventanillas vibran a partir de 90. El aire acondicionado congela y constipa, la calefacción ahoga y reseca. Voy sujetando ahora un embellecedor que lleva meses desprendido; lo reajusto, el primer bache lo escupe. Cuánto habrá acentuado este asiento el dolor que me martillea en el cuello.
Al apagar el motor después de un largo viaje, resuenan las tripas con ricos matices metálicos y los plásticos del habitáculo estallan como si el pobre sufriera un infarto irresoluble. Por el momento sigue ahí al otro día, con una media sonrisa en la parrilla, de faro a faro. Y ese rostro adolescente, con la panza acribillada por bichos fugitivos que en realidad parecen el acné de los 14 años. Y una cicatriz en una puerta y un par de tatuajes detrás, que se hizo sin querer. Me causa ternura y soy condescendiente cuando apura lo que puede en un adelantamiento, exhalando largas bocanadas mientras un BMW acecha en el espejo. Y nos hacemos a un lado guiñando un ojo, sin ser correspondidos.
Me gusta conducir de verdad, no como en los anuncios de las marcas, donde el significado del coche es lo de menos. Mirar el polvo que vuela grácilmente y forma pequeños carámbanos en el salpicadero. Accionar los limpiaparabrisas con su sonoridad. Sentir en un zigzagueo el tacto coriáceo del volante. Soltar en el momento preciso el embrague.
La carretera es un viaje en el tiempo, que puede prolongarse en una pista entre dos pueblos o limitarse a una elipsis y dos parpadeos en la Highway 61, que conecta Nueva Orleans y Chicago a lo largo de 2.000 kilómetros. La representación improvisada de lugares fugaces, luces, colores y cosas fascina como el fuego. Cuántas novelas se han ideado mirando al continuo del asfalto, que es como la rueda de la máquina de escribir. Cuántas vidas se han vivido, cuántas se han perdido en el cuadro que hay tras el cristal, tan próximo y lejano.
La música define la escena, casi cambia el lienzo. La Cavalleria Rusticana, de Mascagni, por ejemplo, podría describir las milésimas eternas antes de un siniestro. Runnin’ down a dream, de Tom Petty, la atmósfera de un viernes. Naima, de Coltrane, el pulso de una noche intempestiva de invierno. La leyenda del tiempo, de Camarón, entrando de noche a Andalucía. Alborada do Brasil, de Carlos Núñez, atravesando Francia. Dean Martin mientras bordeamos el Atlántico desde Muros a la playa de Carnota.
Sí, he mirado a otros coches, me he imaginado al volante, he pensado en dar el paso. Pero ¿cómo podría -solo por estar más cómodo, y llegar más seguro, y adelantar más rápido, y no constiparme en agosto- decir adiós a mi Renault Clio de color azul piscina y 150.000 kilómetros? Es tan bueno, es tan riquiño. Esta sociedad se va a pique, ya no quedan sentimientos ni para declarar amor eterno a un viejo automóvil. Neil Young, que empezó a conducir a los seis años, sabía que son mucho más que eso: “Compraba los coches por su espíritu. Todos tenían un pasado. Me sentaba en ellos, percibía sus vivencias y luego componía canciones basadas en esas intuiciones. Los coches tienen recuerdos. Para mí todos los coches están vivos“. De qué se quejaría sin él mi ciático, cómo aparcaría en la calle tan tranquilo, quién iba a sostener por mí la pieza que se cae.