Dinero

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Si los testigos la han relatado fielmente, si el boca a boca no la ha deformado, cuenta la historia que un conocido constructor de mi ciudad – ya fallecido – fue una mañana al banco con su hija pequeña. El empresario se ocupó de los trámites que acostumbran a hacer en los establecimientos las personas presuntuosas (hay quien las llamaría directamente gilipollas). Entró como si se creyera el presidente de la compañía, se saltó las colas donde el resto de clientes aguardaban su turno, y apremió al personal con aires de soberbia y órdenes impertinentes.

Aprovechó, ya que la menor estaba allí, para que pudiera volver a casa con su primera cartilla bancaria. Durante el trámite, un trabajador de la sucursal quiso confirmar la operación con el padre con una frase más bien retórica, lanzada para dar pie a una breve conversación mientras tecleaba: “¿Entonces, una cuenta corriente para esta niña tan mayor?”, dijo el empleado. El constructor chistó: “¿Cómo que corriente?”. Había entendido la pregunta como una ofensa inadmisible. Reaccionó con orgullo y cierto enfado: “De corriente nada, para mi hija quiero la mejor cuenta que tenga”.

Se supone que el saldo inicial de la hija de alguien acaudalado – sea éste perspicaz, o no – debe de ser suculento, aunque sobre este particular la historia no aporta datos, así que sólo nos quedan las suposiciones y los prejuicios. El dinero es relativo, de verdad. Mis padres, trabajadores de clase obrera pero muy ahorradores (pocos mantras en mi vida como dos de la infancia: “O que garda sempre ten” y “hai que deixar das risas para as choras”), me enviaron con 13 años a un viaje de diez días, en grupo, por varias ciudades de Reino Unido.

Tenía cubiertos el alojamiento, el transporte y una parte de la manutención, pero mi madre, que es la que ha administrado los fondos de casa con una fiabilidad parecida a como Xavi Hernández dibujaba las líneas de pase, me dio más de cien mil pesetas de las de entonces, poco antes de que el euro viniera a estrechar los cinturones. Volví a casa prácticamente con el mismo dinero, tras haber gastado muy poco y porque una ligera depreciación de la libra en esos días me resultó favorable.

En aquel viaje, en el que me comunicaba con los foráneos pidiendo cocacola con el dedo, en el que por penúltima vez mojaría la cama, tenía muy interiorizadas las órdenes que me daban en mi casa por aquel entonces, por mucho que algunas instrucciones sonaran incongruentes: “O diñeiro é para levar por se che fai falta, pero non é para gastar”.

A fuerza de que me repitieran tanto las bondades del ahorro, terminé por olvidarlo. La primera vez que cobré por trabajar – en negro, por supuesto- quería fundirme la pasta con estilo, como había hecho Miles Davis, por lo menos. En su primera semana en Nueva York, fascinado por un ídolo y mentor al que aún no conocía, consumió el sueldo del mes en siete días buscando a Charlie Parker por los clubes y esquinas de Manhattan.

Compré el Salitre 48 de Quique González y el Yankee Hotel Foxtrot de Wilco -aquí saco pecho-, la camiseta de la primera Champions en la que participó el Dépor (2000-01) y un portátil voluminoso que estrené en mi primera carrera; la planté mediado el primer curso como se debe: con notazas. Más adelante, como si la rutina del trabajo me quitara un poco las ganas de cobrar -la confusión duró poco-, gasté en la percha más cara del mundo (una bici estática a la que tengo que quitar los pedales, ¡porque cómo molestan!); un helicóptero radiocontrol que se estrelló contra el cabecero de la cama en el primer despegue; libros de autoayuda que no abrí, juegos de la Play o ropa fosforita de deporte.

Estos días, entre el eco de la resaca en la que llevamos meses sumidos por la cuestión catalana, hemos escuchado a dos policías decir una cosa y la contraria sobre el supuesto cobro de gratificaciones en negro por parte del presidente del Gobierno. El inspector jefe de la UDEF Manuel Morocho, responsable de la investigación del caso Gürtel, aseguró en comisión que ese misterioso “M.Rajoy” figuraba entre los presuntos beneficiarios que, “indiciariamente” – a falta de pruebas directas –, cobró los sobresueldos que reflejan los papeles de Bárcenas. Una semana después, el excomisario de la UDEF entre 2006 y 2012, Manuel Oliveira, vino y negó tan siquiera que existan “indicios” de los cobros en B.

No es una prueba infalible, pero en ocasiones el dinero mide algo más que la capacidad económica de una persona. Sucedió con el constructor aquella mañana en el banco.  Ocurre con el presidente algunos días. Quizá sólo pasaba por allí con unas anteojeras que tapaban todo. Tal vez la culpa es nuestra por dar una importancia vital a papeles, metales y números con un valor mucho más prosaico. Al final, como decía el matón Omar Little en la serie The Wire, “el dinero no tiene dueño, sólo gente que lo gasta”.

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Música obsesiva

Música obsesiva

La música que vale la pena no se limita a matar rápido; muta e infecta. Duele porque importa y emociona y sacude la piel, porque saca a la luz nuestras dobleces e interioridades, como logran determinadas películas y algunos versos (siempre se me ocurre el mismo, de Miguel Hernández: “Florecerán los besos / sobre las almohadas”). Hay que descartar las canciones que pasan de largo, que suenan frescas e incluso muy bien, pero sin embargo no dañan ni transforman ni remueven.

La buena música es suficiente para soportar el mundo, también para derribarlo. Hasta para salir de su escala: en la nave Voyager 1, que despegó en 1977 en busca de vida extraterrestre, se incluyó entre otras muestras de la creación humana una pieza de Glenn Gould con el preludio y fuga número 1 del Clave bien temperado, de Johann Sebastian Bach, como mensaje de la excelencia que puede alcanzar el ser humano.

Podemos pasar la vida envolviendo el vacío de objetos y multitudes hasta dar con el artista de verdad, el trascendente. Necesariamente, las canciones que ansío deben ser un auténtico peligro, tienen que “aspirar a hurgar en las heridas”, tal y como Juan Tallón entiende los libros mejores, parafraseando a Emil Cioran.

Vengo de dos conciertos consecutivos de Sílvia Pérez Cruz. La tercera noche, otra vez en casa, fue inhóspita y extraña; con la catalana presente pero lejos. Imagino que cada vez somos más los que necesitamos su voz en vivo, experimentando a flor de piel desde la butaca su expresividad sentida, su amabilidad y ternura, el brazo sin el micro que utiliza de fuelle y batuta. Cómo canta extenuándose, exigiendo al pulso y a la respiración que estén siempre a la altura. Cómo nos agita y contiene hasta casi llorar. Con sus canciones conocí antes de tiempo Calella de Palafrugell y después, ya allí, en ese hermoso balcón del Mediterráneo, redescubrí el paisaje que canta en Vestida de nit. Al igual que me resultó evocadora la lectura de “También esto pasará”, de Milena Busquets.

El amor duradero reposa en esos discos que te convierten en un aficionado obsesivo, impetuoso e imprudente. Si determinada música supuso una epifanía, cambiando para siempre tu forma de creer, hay que entregarse en exclusiva, siempre que sea posible. La afición cuesta y, es más, debe llevar trabajo. A las grandes canciones merece la pena perseguirlas aun de noche, por carreteras parcheadas, en coches incómodos y con el tiempo justo. Ayuda contar con compañeros de viaje dispuestos a formar parte de una vida entregada ocasionalmente a los conciertos. Tengo la suerte de vivir con una de esas personas y de que otra sea mi mejor amigo.

Laura y yo nos casamos con la música que nos importaba sonando todo el rato. Era una condición de partida, el primer detalle que nos dejamos claro. Tocaron junto al río Arnoia de Allariz Manuel Carballo, David Outumuro y Marta Bravo. Tras escenificar la boda civil al aire libre, en un rincón de postal, The Soul Jacket convirtieron el aperitivo en el mejor concierto de nuestra vida.

Meses antes, mientras perfilábamos los preparativos con una mezcla de realismo y ensoñación, saqué el disco de “Wood Mama” de la funda y lo reproduje como es debido, a todo volumen, atronando en el salón. “¿Y si esta fuera la banda de nuestra boda?”, le dije. “Buff, sería increíble. Pero no, es imposible”. Contacté por correo electrónico dando por hecho que no habría manera. El sentido del e-mail fue evolucionando desde la resignación inicial hasta una oferta -creo, humildemente- que irrechazable: “Me encantaría escuchar ese día a una banda americana y sois lo más parecido a este lado del océano. Quiero un grupo que se deje la garganta y quiero blues pendenciero. Y joder, sonáis como los Crowes, solo que estáis a un paso. ¡Que Nigrán es la playa de Ourense! Y pidiendo no pierdo nada”, les decía. Aún no sé cómo accedieron.

Adelantamos las últimas vacaciones y atravesamos la península para disfrutar de dos conciertos: Norah Jones y Sílvia Pérez Cruz, con el añadido de que la catalana actuaba en casa. En 2015, viajamos a Roma en un Renault Clio con un disco interminable, lleno de canciones nuestras: desde el Loie de Ike Quebec al Return to me de Dean Martin.

Cuando se produce una revelación no llega, al menos para mí, con comportarse como un seguidor reservado y prudente. Se trata de comulgar con esa frase de Charles Bukowski: “Encontrad lo que os encanta y dejad que os mate”. Mi amigo Xenxo y yo hemos cumplido, pase lo que pase ya. Hemos correspondido a la música que amamos, hemos hecho locuras. Repetimos conciertos por amor al arte, sin haber caído nunca en el aburrimiento. Sin esta obsesiva forma de vivir la pasión por algunos artistas habríamos vivido de otra manera; habríamos sido otras personas, más planos y grises.

Me recordaba nuestros grandes hits esta mañana. En 2013, por citar un ejemplo reciente, seguimos a Quique González en los tres primeros conciertos de la gira de “Delantera Mítica”. Gozamos el viernes en la Capitol de Santiago, una de sus salas preferidas, con su amigo Esteban Granero recibiendo una dedicatoria en el anfiteatro, y repetimos el sábado como si todo sonase a nuevo en Valladolid. Unas semanas más tarde estábamos en Bilbao, tripitiendo. Mientras el público de la sala BBK cuchicheaba en torno a Fito Cabrales, que estaba entre la concurrencia, distinguimos en la penumbra la figura enjuta de Karlos Arancegui, el batería que formó parte de la banda de González en “Avería y Redención”. Siempre convenimos que fue el disco que marcó el cambio en su carrera y cuyo sonido nos voló la cabeza en un concierto en Gijón, en 2007, al que llegamos por los pelos tras una revisión exhaustiva de la Guardia Civil de Tráfico en la carretera de León. Al señor Quique González lo hemos seguido en los últimos años casi con una manía persecutoria; debemos haberlo visto más de una treintena. Qué poco, cuánto queda.

De 2013 son varios conciertos que dejaron huella, todos en la mítica sala compostelana: Elliott Murphy con Olivier Durand, Yo la Tengo pasando de la introspección a los máximos decibelios, la voz de raíz norteamericana de Eilen Jewell y una noche de las más grandes, viendo en vivo la melancolía y dulzura frágil de Lucinda Williams.

En 2012 compaginamos nuestras ocupaciones con una semana de carretera y directos. Siempre que hablamos de cómo fuimos, Xenxo sale presto a recordarme: “Martes, Mavis Staples, en el Auditorio de Galicia, en Santiago; miércoles, un tal Wayne Shorter en el Teatro Rosalía de Castro de A Coruña; jueves, Will Johnson, Patterson Hood y Craig Finn en el Torgal de Ourense; viernes, Calexico en el Teatro Kapital de Madrid”.

Habría más citas a tener en cuenta: Andrés Calamaro y The Rolling Stones en días consecutivos, en 2014 (volvería a ver a las Satánicas Majestades un mes más tarde, por si se trataba de la última vez, de nuevo); todos los conciertos que tuvimos al alcance del genio Javier Krahe, alguno que otro del carismático Juan Perro, cada vez más enganchados a los Morgan y una mención aparte para otro gigante: Wynton Marsalis, primero en Madrid y por segunda vez en Marciac (Francia), tras conducir 900 kilómetros desde Ourense, sin respiro. De todos los de Wilco, abrumadores, los mejores, ya ni hablo.

No creo en una afición aséptica porque la música es un arte esencial para la vida. Tan fundamental para que, por ejemplo, Woody Allen no fuese a recoger el Oscar por Annie Hall, porque tenía que tocar el clarinete. Es personal, pero discrepo si te apasionan las obras de Miguel Delibes, Ian McEwan, Borges, Chirbes, Gil de Biedma, o Philip Roth y no tienes todos sus títulos. En todo lo que importa es innegociable no entregarse. Desde el otro lado del escenario, seguiré persiguiendo la música que amo tal y como la entendía Paco de Lucía: “Necesito saber que me estoy jugando la vida”.

Ciudades

Ciudades

La ciudad se exhibe y se esconde; cambia y se contradice, como tú y como yo. Existe por naturaleza, como advirtió Aristóteles. Suele despistar el goteo de farolas que vociferan en el mismo lugar donde el sol se estampaba contra los cristales de los edificios. El mapa ha cambiado del día a la noche. No hay rastro de esa imagen de postal al atardecer; duerme la playa sobre una cama deshecha, donde los chillidos de los críos -unas horas antes, unas horas después- discuten con las olas, pierden y rompen. En todas crece un árbol delante de la casa de un suicida, recoge un poema de Luis García Montero.

La ciudad es promiscua, cruel y polifacética y, tantas veces, indescifrable. Están construidas de deseos y miedos, dijo Italo Calvino. Con el crepúsculo cambian casi todos los actores a excepción de los runners, que corren a todas horas, bordeando el río, o el parque, o el Atlántico, o la crisis de los cuarenta, con los ojos en el precipicio y la ropa resplandeciente, saltando con el móvil a la acera.

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La ciudad recibe de noche, huraña o despendolada, depende. Las horas postreras echan el telón de las oficinas pero van calefactando los bares. Nunca tiene legañas, no se le ven. Solo arrugas en sus lugares de antaño y quejidos que se traducen al mundo con señales de humo.

Las ciudades se conocen por primera vez dos veces, con sol y con luna. En cualquier caso, muestran mil perfiles y, en cada nueva mirada, un pequeño matiz trascendental. La ciudad reserva un maquillaje para cada ocasión y destruye las costumbres, como en la canción de José Alfredo Jiménez.

No hacer nada

No hacer nada

No hacer nada consume el tiempo con gasolina. Los días sin urgencias ni obligaciones, que añoramos desde la celda de la rutina y que ahora se ciernen como una amenaza que es necesario domar, se nutren de un movimiento rectilíneo uniforme, de una celeridad no detectable. La mente que planifica carbura cuando hay tantas ocupaciones, plazos irremisibles y apostillas de otros que cuesta trabajo incluso respirar. La temida procrastinación se presenta si nadie apura ni oprime, sobre todo ni uno mismo. Las horas vacías se reúnen con modos sibilinos, y vuelan.

No existe un periódico interruptus porque las noticias se abren paso siempre, a contrarreloj, mejor o peor maquilladas. No hay mañana que no salga una edición, no hay madrugada sin la ruta al extrarradio del diario de papel, prensado como la ropa nueva de un bebé en camino. Preñado de tipografías variables, de artículos volubles; diverso en su configuración como el mundo, contradictorio aun estando cautivo de una idea.

En estos últimos ocho años de oficio a diario, he bordeado el incumplimiento, el miedo a no satisfacer nunca del todo la maqueta o de claudicar en un toque de queda. Las páginas, al final, siempre han recorrido la lengua insaciable de la rotativa, lustrosas hasta que caducan poco después de nacer. Lo de menos es equivocarse. En diciembre de 1903, unos días antes de que los hermanos Wright volaran por primera vez, el New York Times publicó un editorial afirmando que era tiempo y dinero perdidos que la gente intentase surcar el cielo.

Ahora que nada es urgente, el párrafo más simple y liviano se resiste porque ya no hay una cuenta atrás, salvo la de terminar esta carta de intenciones, que me apremia. Como en aquel poema de Alejandra Pizarnik, la vida es vacío bien pensado.

Galicia depende

faramontaos

El refranero popular provee de la opinión que cada cual necesita según el momento. Yo creo que en ningún lugar como Galicia existe semejante acervo de frases filosóficas, legadas de generación en generación como la desconfianza o la morriña, inherentes a los que somos de aquí pese al tiempo y la distancia, con independencia de la desazón y la crudeza. En el documental Brasil Somos Nós, Carlos Núñez lleva una muiñeira de improviso a un geriátrico de gallegos emigrantes que dejaron la tierra hace tanto que la llevan viva muy dentro, en una herida dulce y dolorosa, eterna, que aún supura. Con las primeras notas empezaron a brotar los llantos -que parecían lluvia-, seguidos de los intentos de varios impedidos por echarse a bailar.

La madre de mi tío, “que en paz estea” (aquí se apostilla así), apenas podía moverse, salvo cuando yo tocaba la gaita, todavía torpemente siendo un niño. Amadora se arrancaba “a bailar nunha perna”. Como si no tuviera artrosis ni diabetes. Como si el mundo fuera a derrumbarse. Mi abuela prefería sentarse a escuchar en el patio de casa, mientras deshacía las vainas de las habas o pelaba patatas. Cuando hacía un alto entre canciones, para tomar resuello, o cuando terminaba de ensayar (podían ser horas en los veranos de mi adolescencia), me decía: “Esa nota saíuche algo atrapallada”. Y yo empezaba otra vez, entre motivado y cabizbajo.

Los entierros son el principal y más multitudinario acto de la vida social gallega, solo superado por alguna fiesta popular. Dentro de lo que cabe están bastante ligadas ambas representaciones, no como en Nueva Orleans pero notablemente para un lugar supersticioso y místico, donde los muertos están más presentes que los vivos, como en esa frase de Miguel Delibes en Señora de rojo sobre fondo gris: “Cuando alguien imprescindible se va de tu lado, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos comparados con los muertos resultamos insoportablemente banales” . El alivio de luto comienza cuando el viudo o viuda se deja ver “en la orquesta” por primera vez.

Los asistentes a los entierros son legión. Algunos entran en los templos, presentan sus respetos al muerto, e incluso lloran. Los más se ponen al día en el atrio de la iglesia y a la puerta del velatorio, primero bisbiseando, después con voz grave en bajito, finalmente en un coro unánime que te traslada al bar. Hasta el deudo se suma, porque lo entiende. Los funerales sobreviven a la pérdida y siguen adelante de forma automática gracias a frases como “Non somos nadie” (sic, aquí ninguién dice ninguén), o si el trance fue traumático, por inesperado, “o mellor é que non sufrira”. E incluso un “quitoulle Dios mil traballos” (de nuevo priorizo la realidad sociolingüística).

Siempre hay una conclusión que surte la sabiduría popular en momentos de incertidumbre. No son frases necesariamente conocidas por todos, porque esta forma única de pensar en Galicia ha ido moldeando en cada uno máximas irrefutables. Mi madre acompañó a unos familiares a urgencias durante la espera habitual, de esa mañana a casi la siguiente, en habitáculos repletos de toses y nervios. “Esperas tanto que se non tes nada xa o colles aquí”, me dijo al regresar, desarbolándome. Muchos hemos oído a ese paciente que coge las riendas de su estilo de vida, que se medica cuando lo considera (es tradición en esta tierra que la despensa esté llena de medicamentos de otra generación), que cura los catarros con un vaso de coñac, miel o licor de hierbas. “Cada un é médico do seu corpo”, zanja el que lo practica, lleno de razón. Quién puede discutirlo.

Habrá quien no nos entienda más allá de la barrera del idioma y de su variedad dialectal, que en mi opinión lo hace aún más poderoso, matizando su riqueza, construyendo lenguas tan distintas sin abandonar el mismo país. Ese gallego de Ourense tan parecido al de Salvador de Bahía, en Brasil. Ese verbo marinero que sesea en la costa, la gheada llena de bravura y salitre como el mar. Las derivaciones de vocales, las apócopes de consonantes de la lengua hablada en el interior. Para el que no nos entienda, para el que no comulgue con la filosofía de esta esquina del mundo, sirva uno de los dibujos de Castelao, el profeta de nuestro pensamiento: “Vostede terá moito dereito, pero eu teño moita razón”.

Frases lapidarias

milowashere“Esta no es su casa, este es el Tribunal Supremo” es la típica frase que desarbola una estrategia de defensa. Un jab que destroza la mandíbula. Un misil a la línea de flotación del acusado y su letrado. El exconsejero de Presidencia de Cataluña y actual diputado Francesc Homs casi besa la lona alfombrada de la Sala de lo Penal cuando el presidente del tribunal dictó esa sentencia, la primera del caso; quizá la definitiva. Manuel Marchena fue inapelable. Una frase con esa carga de profundidad, que se inflama nada más salir de la boca, ha nacido para pasar a la posteridad como un titular de prensa a 5 columnas, un inserto en el telediario de máxima audiencia, un espacio garantizado en las secuencias satíricas de El Intermedio. En estos tiempos nuestros, el fiscal y el juez van a la procura de un titular casi con el mismo denuedo que de una condena.
Las sentencias lapidarias no son monopolio exclusivo de los acusadores. En esta serie prolija y animada, con tantas temporadas, que está siendo la corrupción española, nos sobran los ejemplos. Momentos sublimes que marcan una época, que sucedieron dentro y fuera de las salas de los tribunales. Cómo olvidar ese “Hacienda somos todos debe circunscribirse al ámbito para el que fue creado: el de la publicidad”. Pam. La abogada del Estado Dolores Ripoll defendía -legítimamente- que la infanta Cristina de Borbón no se sentara en el banquillo por el caso Nóos, pero entre sus razones brotó la frase de-fi-ni-ti-va. Justo antes de la última campaña de la Renta. Vaya publicidad. Los teletipos echaban humo. Se produjo un efecto mariposa: de los murmullos en la sala de Palma a los gritos escandalosos de un bar cualquiera, donde rodaron los vasos.
En Galicia nos gusta recordar, por sincera, la confesión que el expresidente de la Confederación del Miño-Sil (el organismo de la principal cuenca hidrográfica gallega) hizo a la juez Pilar de Lara, instructora de la operación Pokemon, famosa por extender los interrogatorios hasta la madrugada, como hacía Lendoiro cuando negociaba los fichajes. Francisco Liñares reconoció que llevaba cuenta en una libreta de los presuntos sobornos recibidos: “Calculo que unos 300.000 euros en 9 o 10 años”. Aunque para lapidaria la frase de la magistrada durante el interrogatorio a uno de los investigados: “Si hubiera sabido que guardaba tanta documentación, no habríamos necesitado meses de teléfonos pinchados. Lo guardaba todo; es un libro abierto. Usted es un pésimo delincuente”, dijo la juez, según contó el diario El Progreso.
En Ourense hubo un tiempo en que quedarse con un solo titular era un reto. Gobernaba Baltar, el primero, el padre, el antecesor. A veces aportaba una frase rotunda, en letras capitales, sin tan siquiera ser él el que hablaba. “Yo solo creo en Dios, la Virgen y José Luis Baltar”, manifestó José Antonio Rodríguez Ferreira, exalcalde de Os Blancos, casi más conocido por esa sentencia que por ingresar en la cárcel por malversar dinero público durante sus años como regidor. “José Luis Baltar es el padre de todos”, acuñó el exalcalde de Calvos de Randín, Antonio Rodríguez. Uno de ellos, José Manuel, gobierna en legado el PP ourensano y la Diputación. “Vosotros sois mis trabajadores, no los de la Diputación”, dijo el padre y expresidente en el frenesí de su último gran acto público, en una comida homenaje, en junio de 2012, ante más de 3.000 asistentes fervorosos. Unos meses más tarde, fue imputado (y después condenado) por 104 enchufes.
En Ourense ya solo nos queda Gonzalo Pérez Jácome para dar a los titulares una razón de ser. Es #OnosoTrump, hasta el punto de que celebró con tarta y champán la impopular victoria del multimillonario. Invito a Google y Youtube a quien no conozca aún a este político ourensano. Mi momento favorito es de julio de 2016, cuando Democracia Ourensana propuso -suponemos que con sarcasmo- colocar retratos de Baltar en todos los colegios y hermanar Ourense con Roswell.
Esta semana un abogado me descubrió un dicho de la profesión: “Hay quien dice que es mejor que te pille un automóvil que un auto de procesamiento”. De entre las afirmaciones que no terminaron en epitafio, pero podrían, elijo las últimas palabras del poeta británico Alexander Pope, que lanzó un recado a su médico en el lecho de muerte: “Aquí estoy, muriéndome de 100 buenos síntomas”. De avisos a navegantes me quedo con el de mi madre si la habitación seguía desordenada tras la tercera o cuarta orden. “¿Queres que cho diga con música?”. Esa melodía nunca sonaba pero, por si acaso, uno procuraba obedecer, como teniendo la partitura delante. Otras nacen en la ficción pero cómo no aferrarse a ellas en momentos de flaqueza y de baja autoestima, e incluso en una cita a ciegas: “Realmente lo único que vale de mí es la polla”, zanjó Jimmy McNulty (The Wire). En la novela El Perseguidor, de Julio Cortázar, la obra trasunto sobre Charlie Parker, se cuenta cómo en un ensayo con Miles Davis el genial saxofonista cortó abruptamente para decir: “Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles. ¡Esto ya lo toqué mañana!”. Algunas frases inolvidables nacen de improviso, sin que el responsable lo pretenda. Ninguna tan maravillosa, acertada y entrañable como la de mi ahijada Lola, de 3 años:
Que aproveche, cariño – le dijo mi tío.
El provecho se acabó – zanjó ella. Incontestable.