Celebrando el espejismo

FB_IMG_15367139434621560
Pasó como en los instantes previos a un terremoto: la inquietud de los perros por adelantado, segundos antes. Un ladrido al acecho que va contagiando a los animales de los vecinos. Pronto se forma un coro estruendoso acompañado del pulso metálico de los golpes de las cadenas contra las puertas o los objetos del patio. Todavía están los gaiteros recolocándose la vestimenta tradicional tras bajar del coche. Uno apura el primer cigarrillo. Las bocanadas de humo que exhala se confunden con el vaho de una mañana fresca de septiembre. La severa tormenta de esa tarde apenas perfila aún la comisura del horizonte, como un retoque leve de rímel.
Izan los instrumentos y forman con un automatismo. El líder indica la canción y marca el tempo de entrada con una cuenta atrás breve. El sonido rudo de los roncos y la algarabía de octavas, picados, mordentes y graves apaciguan a los perros. El silencio de las mascotas allana el camino del pasacalles con una solemnidad extraña.
La música atraviesa las calles estrechas de la primera aldea por la que pasará la alborada (58 personas censadas) sin desposeerla de su aspecto fantasmagórico. El quinteto, que ha llegado para alegrar la soledad, no la modifica. Son las nueve de la mañana de un sábado. Nadie corre las cortinas. No hay siquiera quien salga a lanzar un reproche por el ruido a deshora. El paseo folclórico lo cierra la comisión de fiestas. Voces disfónicas, acúfenos y legañas incipientes. Gafas de sol polarizadas tratan de disimular una dormida fugaz.
Cuando el grupo se marcha, “el único vecino” del lugar que estuvo en la verbena (subraya él mismo) saluda con el brazo desde la escalera de su casa, desafiando sin parte de arriba al tiempo desabrido. Otra mujer se justifica en camisón desde la ventana. Por lo demás, el pueblo sigue recogido. Se nota por los carteles de las fiestas, con su amarillo fluorescente algo desvaído, que el otoño está ya en el umbral.
La parroquia tiene cinco aldeas en dos municipios. La primera a la que va la comitiva no pertenece a ese territorio pero solo la separa el río, exiguo a estas alturas. En toda la zona no hay ni 150 habitantes en 2,5 kilómetros lineales diseminados de casas, de esta y otras épocas. Las muertes reducen el recorrido de los gaiteiros. Cada año una familia, si no varias, queda al margen del trayecto por su propia elección. Mi padre, que era un apasionado de Los Tamara, la Orquesta Compostela o Los Satélites, también dejó de poner música en la suya cuando falleció su mejor amigo. Esta vez, el luto por tres difuntos en viviendas aledañas limita el paso de los músicos por uno de los pueblos a la mínima expresión. En otro domicilio, en cambio, el duelo de hace unos años ha quedado atrás. Una vecina reparte dulce y cervezas a los artistas y los organizadores.
Ya es mediodía y las nubes cumulonimbo seducen con una belleza arrebatadora y falsa. Unas horas más tarde, arrojarán una tromba descomunal. Los feriantes temen una tarde perdida cuando arrecia. En la ciudad, a 17 kilómetros, se suceden las incidencias por el mal tiempo. Aquí parece el apocalipsis desde la carpa de hierros y lona del campo de la fiesta. En el bar de la comisión hay, no obstante, cuatro irreductibles que ni parpadean ante el destello de los rayos.
FB_IMG_15367139122795355
Las banderitas, las guirnaldas de luces, las copas y las orquestas, con sus canciones imperfectas y manoseadas, pero qué pegadizas, crean una atmósfera líquida e irreal. La fiesta dura tres días y en la verbena hay bastante gente para lo que es el rural. No se lanzan fuegos de artificio por el riesgo de incendio. Algunos vecinos se ven por primera vez en un año, muchos desde el último entierro. Los matrimonios bailan, la gente come y bebe a reventar, los niños arrancan a sus padres el último juguete antes de la vuelta al cole.
En la sacristía ocho curas ancianos esperan para dar misa, sin demasiada disposición. El más joven tiene setenta y pico. Todos van de blanco. Los feligreses ofrecen dinero por portar la imagen de su virgen, la de los Remedios, a la salida de la iglesia. Algunos, hombres en su inmensa mayoría, aprovechan el inicio de la procesión para acodarse en la barra para el vermú. Los grupos llegan en arreones al bar tras la eucaristía.
“Las alboradas están desapareciendo”, dice uno de los músicos en el camino de un pueblo a otro, mientras el coche escupe la gravilla sin apelmazar de una de las carreteras locales, que presentan el firme nuevo coincidiendo con las fiestas. Tampoco hay maleza estos días en las cunetas de la parroquia. Tras meses de preparativos y unas últimas semanas de atracón, la comisión salva la tradición al menos un año y deja el testigo a la siguiente. Vuelve a experimentar lo que es dormir. El baile termina, las atracciones se van, los pueblos se vacían de nuevo, el espejismo se difumina.
Anuncios

Despistado

FB_IMG_15266904563767179

Es irresistible dejarse llevar por el azar, o la intuición, y jugar a contradecir las señales en esas carreteras de ancho imprevisible que saltan de aldea en aldea. Son lonas alquitranadas en una simbiosis con el entorno, tan natural que no se comprende una campaña electoral sin una nueva capa de chapapote. En mi parroquia los vecinos miden su desafección con la política según el tamaño de los socavones. La fiesta se celebra en septiembre y a la comisión organizadora, a la que año tras año se le perdona que la lotería de Navidad no deje ni la pedrea, ya se le ha advertido de que sin carretera remozada no hay orquesta que valga, por ruidosa que sea, por aparatoso que tenga el tráiler. La pista y la verbena son nuestros Estatut y Constitución.

Uno de estos últimos domingos, al cura octogenario (con mi parroquia a su cargo, y otras seis) le costó trabajo llegar a la hora y la misa corrió peligro. Hubo un sacerdote en la Terra Chá (Lugo) al que, harto de implorar a los políticos, le dio por mirar al cielo como último recurso: organizó una misa -con bendición incluida- junto a una carretera picoteada por los baches, como el acné de los 15 años, para denunciar el desastroso estado del firme. El párroco supo lo variable que es el trabajo, como explicó Julio Camba (sobre el de los periodistas, en concreto): “Somos unos sencillos empleados de pompas fúnebres que hacemos, según los diarios que nos han contratado, entierros de primera clase, entierros de segunda y entierros de tercera”.

Las carreteras municipales, angostas y breves, engañan al GPS y difícilmente se reflejan en los mapas. No es la primera vez que Google desiste en un prado. Forman entre todas una madeja enrevesada. Con el 6% de la población de España, en Galicia la factura del transporte escolar es del 22 %. En la provincia de Ourense hay 7.200 kilómetros cuadrados de extensión y 2.600 localidades, en el 90% de las cuales viven 100 vecinos o menos. Solo las vías locales que pertenecen a la Diputación suman 1.840 kilómetros, los suficientes para unir Galicia con Bruselas, pero pocos sin embargo para conectar todas las aldeas.

El progreso es una masa de gravilla apelmazada hasta la puerta de casa, una superficie multiusos: para el Mercedes y para el tractor. En algunos tramos, las raíces de los castaños levantan la carretera en erupción, el asfalto se comba como la panza de un gato, las líneas blancas parecen una señal en tres dimensiones, y las rectas una serpiente en primavera cambiando la camisa. Los postes de la luz saltan a la mitad del asfalto en ocasiones, y los muros de las casas son los marcos. En determinadas corredoiras sale la Santa Compaña al encuentro de los solitarios, y por eso la espantamos con petos de ánimas y cruceiros sembrando caminos.

Me gusta recorrer las pistas paralelas que siempre acaban por cortarse en perpendicular. Las carreteras que serpentean junto a los maizales, en el interior de A Coruña o Pontevedra, como en una escena tenebrosa en ciernes de una novela de Stephen King. Las curvas cadenciosas bajo una sombrilla de árboles autóctonos que mitiga la temperatura mediterránea de la Ribeira Sacra. Las pistas de la Mariña en las que, de facto, tienen preferencia las vacas. Leo los rótulos de aldeas y parroquias que se repiten cada tres municipios, los topónimos juegan al escondite. El nombre más utilizado del mundo en todas las intersecciones gallegas: el bar O’Cruce (casi siempre así, apostrofado). Los carteles que envejecen en las antiguas marquesinas del autobús de línea. Una fuente de agua en un apartadero, la barandilla de un pequeño puente sobre un regato y en una vía muerta la carretera antigua que fagocitó la actual.

Hay torres

IMG-20180419-WA0010 (1)

Hay una pequeña cafetería frente al mercado de abastos de Ourense que da la hora con el vapor de los fogones. Cada día, un olor a calamares avisa de que ya es media mañana, ese momento aproximado en que todo lo que no está hecho empieza a ser absolutamente prescindible. Un humo blanco y húmedo, que ribetea el cielo como el aliento en los amaneceres fríos, invita a la ciudad a abrir un paréntesis. Dentro, el establecimiento apenas da para alojar cuatro mesas apretujadas en torno a la barra. Siempre hay un señor acodado en el tablero, observando en un Ribeiro cómo fluye la vida. El aroma de los calamares en un pan generoso y crujiente disipa los problemas por un rato. Nunca he llegado a entrar porque tampoco es necesario. La aceitosa fragancia de la cocina, que casi hay que oler con un cuchillo, me traslada al fondo de las desaparecidas galerías Tobaris de la calle del Paseo, donde despacharon a varias generaciones los mejores bocadillos de calamares de la ciudad. Ni las obras ni las mudanzas, ni siquiera el olvido, son capaces de enterrar el decorado de los recuerdos.

La casa en la que viví hasta los diez años, nuestro domicilio compartido con la peluquería de mi madre, acoge la mayoría de mis sueños. En la fase REM devoro unas lentejas en la mesa de formica azul de la cocina, como hace 25 años, hago una llamada con el teléfono de disco giratorio del recibidor, y me echo en la cama empotrada de la que, muchas veces al abrirla, salía una legión de cucarachas que me hacían sentir en casa. Mi mundo de entonces es mi único universo cuando estoy dormido, lo que me genera la duda de cuál es la realidad de verdad. Porque, como decía Jean Renoir, las únicas cosas importantes en la vida son las que recuerdas.

20180421_145147 (1).jpg

Los olores de la infancia, como las canciones de la juventud o los paisajes que causan un primer impacto, se almacenan intactos y perfumados en un departamento del cerebro. Una imagen repetida o incluso menos, una sensasión similar, los trae de vuelta al primer plano, llenos de matices y recuerdos relacionados. Evoca Manuel Vilas en Ordesa (Alfaguara) un instante del pasado de su padre y un tío, caminando por la playa de la Lanzada (Sanxenxo), una mañana de verano en 1970: “Hay viento, hay luz, un descomunal espacio de mar y arena. Es el paraíso, pero es solo mi recuerdo. El mar mira los hermanos. El mar es mi abuelo, los está mirando, les manda olas, les manda viento, silencio, soledad, gratitud, les manda fervor (…) Esa playa de la Lanzada, de ocho kilómetros de longitud, desemboca ahora en mi corazón”. Para mí todos los arenales del mundo, especialmente los gallegos, tienen un poco de la Lanzada, de todos los veranos desde Ourense, en interminables caravanas a partir del puente da Barca en Pontevedra, para escapar del agosto sofocante. De las tardes proyectando castillos de arena, o paseando junto a mi padre, o retando a las olas agitadas desde la atalaya de sus hombros, mientras un vendedor ambulante recorría las toallas al grito de “¡barquiiiiiiillooooosss, barquiiiiiiilloooosss, al rico parisién!”.

Las tormentas, que vuelven siempre como vuelve la primavera, me traen a la memoria a mi abuela. Cuando el cielo empieza a garabatearse con esas nubes esponjosas enormes -son las más bellas-, pienso en las predicciones que emitía desde el umbral de la cocina, en el patio, mirando al horizonte mientras desenvainaba unos guisantes: “Hay torres”. No hacía falta que dijera más para comprender lo que se cernía. Con aquella manera de anticipar el tiempo, casi más como un adivino que como un meteorólogo, fue suficiente para que su inquietud me contagiara. Nos refugiábamos en la cocina con la luz apagada, y la central del teléfono fijo desenchufado para evitar averías, y una vela que refulgía en la oscuridad. Nos aferrábamos a aquella luz trémula como faro en la desesperanza. Cada vez que cruzo el bar de la plaza de abastos paladeo los calamares de hace dos décadas. Todavía hoy veo a mi abuela, y siento junto a ella ese hormigueo, cuando una tormenta se posa sobre la ciudad, sobre el presente, amenazando con descargas y estruendos.

Galicia sen chuvia

Galicia sen chuvia

En Galicia non chove, e xa non é un oxímoro. A falta de auga está a perturbar unha paisaxe fermosa, diversa, dun conxunto de cores que escintila. Donde la lluvia es arte, canta con orgullo Siniestro Total no seu gran himno. A testuda escaseza de precipitacións rebaixa o murmurio fuxidío dos seus mil ríos, a forza calma das presas, o verde dos prados e hortas. Pero a seca, asemade, dana a personalidade dun país que, de xeito semellante ós esquimais coa neve, conta cuns cen termos para designar a choiva.

En Galicia as precipitacións son múltiples, non existe un chuvasco homoxéneo. Cada unha das sús 53 comarcas ve chover á sua maneira: orballo, babuxada, chuviscada, dioiva, poalla, torbón, e un longo etcétera. “Merexa”, dicía o meu pai sobre a auga fina e lene que cae nos días escuros de inverno. Os “chuzos de punta” dunha treboada que se levanta de súpeto. “A cachón” ou “a caldeiros”, en situacións similares. Desde hai meses non ten caído case nada.

O noso país sofre o periodo máis seco desde 2005. Despois de declarar o nivel de alerta por primeira vez, a Xunta e a Confederación Hidrográfica do Miño-Sil piden á poboación un consumo responsable. Concellos como o de Ourense, onde ata o Miño devece, restrinxen o baldeo de rúas, reducen a presión do suministro polas noites e pechan a billa das fontes públicas. No que vai de ano, segundo Meteogalicia, o rexistro de precipitacións é menos da metade do acumulado en 2016. Inverno, primavera e verán foron estacións atípicas e secas nesta terra. O cancelo #Galifornia quizais non sexa tan bo.

A situación preocupa. O agro láiase. Sen ter con que saciar a sede dos animais, sen pastos nen forraxes naturais, os gastos soben e a vida xa de por si dificil no rural aínda se complica. Os montes viven esta meteoroloxía adversa sen unha barreira contra o lume intencionado, un mal crónico do país -as lapas son unha ferramenta drástica desde hai séculos- que se reproduce co paso das décadas sen máis solucións políticas que as punitivas e as efectistas: máis avións e helicópteros que vacas e ovellas.

Nos 12 primeiros días deste outubro, rexistráronse en Galicia 235 incendios forestais, o dobre que no mesmo período de 2016 e moi por riba do promedio (91) dos últimos cinco anos, segundo datos da Consellería de Medio Rural. Ourense, un territorio avellentado, disperso e minusvalorado por autoridades pero tamén polos propios inquilinos, rexistra xa 123 focos neste mes. Os lumes fan unha fotografía lamentable do noso ser, amosan a carencia de cultura e amor propio dun pobo por si mesmo, a violencia contra o entorno, a fogueira dos odios e rencores.

A seca, ademais, ten remexido sentimentos de antigo ao facer emerxer aldeas que foran asolagadas en nome dun progreso inxusto e deshumanizado. Os pobos desprazados pola auga e o tempo reivindican neste intermedio a súa memoria, soben e berran na beira das novas aldeas que os substituíron.

Galicia, nunha situación que non lle é propia, está a vivir tristemente, neste outono tan estrano, naquel verso de Borges: “La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”. Mentres o tempo seca o ceo, os ríos e o monte, só nos queda agardar á acollida, figuradamente, e pedir que chova. Que Galicia volva ser Galicia, en definitiva.

– – –

Foto cortesía de Darío Diéguez (@dariodieguez). Presa de Cachamuína (O Pereiro de Aguiar, Ourense)

 

Vivos y muertos

Vivos y muertos

Mi padre, que es persona de paz, noble y creyente, guarda rencor al cura que intervino maliciosamente en uno de los mayores agravios que sufrió su familia, según su convencimiento. La lápida de sus progenitores – el hombre ya era anciano cuando vino al mundo y la madre murió demasiado joven- fue separada de la tumba para dejar espacio a un nuevo panteón en una porción enajenada por la iglesia. Nadie pidió permiso y la inscripción de mis abuelos sigue desgajada del nicho, contra los muros del templo, como una antigua cicatriz que aún duele.

Ni siquiera los muertos se libran de nuestra mezquindad. Sufren conversaciones banales y chismes a voz en grito de las que no pueden defenderse, han presenciado discusiones por la herencia en mitad del velatorio o -lo que es peor- cínicos rezos y gestos de consuelo de allegados que se afanaron, en vida, por amargarlos a rabiar. Hay difuntos que fueron testigos de los pleitos más materialistas y terrenales. Pocos tan surreales como aquel del cura Felisindo Rodríguez, que fue párroco en varias aldeas de Verín (Ourense). Hablando como el propietario de una funeraria pero ataviado con la sotana de los pies a la cabeza, exigió a la Guardia Civil el derecho sobre un muerto que yacía en el asfalto tras un accidente de tráfico, frente a un empresario de la competencia que ya se disponía. Don Felisindo, un conseguidor de votos del PP en el rural ourensano, fue juzgado y absuelto por unas obras de la Xunta que estaban finalizadas antes de adjudicarse. La Audiencia Provincial rebajó la ilegalidad a una “chapuza administrativa” y el controvertido sacerdote siguió con sus ocupaciones espirituales – también impartía la asignatura de Religión- hasta que falleció en 2011.

No conozco la idiosincrasia de otros lugares, sólo superficialmente el intrincado universo de Galicia, donde el culto a la muerte es endémico, contradictorio y reverencial, más supersticioso que racional muchas veces. Una parte del ahorro de las pensiones más pequeñas de España sufraga los seguros funerarios y los panteones para reunir, al otro lado, a toda la familia, también a los mal avenidos. La muerte se vive con naturalidad aunque se tema y se eluda porque nadie ve la hora adecuada de partir.

La cuenta de los fallecidos monopoliza las conversaciones, las esquelas son las noticias más leídas y los funerales, actos más multitudinarios que las fiestas parroquiales y las bodas. El 1 de noviembre y los días previos hay más vivos que difuntos en los cementerios y las lápidas lucen como la plata recién bruñida. Al festejar la vida, quien celebra se santigua frente a la muerte, con independencia de la edad: “¡De hoxe nun ano!”, dice uno de los brindis más habituales por aquí.

Galicia atesora mitos y leyendas que superan el ambiente tenebroso de las novelas de Stephen King. En la tierra que no niega la existencia de la Santa Compaña, las almas que vagan sin amparo, o el lobishome, se combate el miedo a lo esotérico con cruceiros y petos de ánimas, pero también con manías, ajos y velas. Cada 29 de julio, en Santa Marta de Ribarteme (As Neves, Pontevedra), se celebra una manifestación extraordinaria que saca de la iglesia, en procesión, ataúdes en fila. Los fieles dan gracias a la patrona por su favor para superar una grave enfermedad, figurando el tránsito al cementerio como si fueran cadáveres. Es el rito de Os mortos vivos, con raíces en la Edad Media, y quienes portan a los supuestos difuntos son familiares, amigos o vecinos.

El enterramiento en un país que envejece y apenas ve nacimientos representa una próspera industria que, poco a poco, se renueva. Las tradiciones, férreas y casi inamovibles, también se han acompasado a los tiempos. Los muertos ya no se pueden despedir, como sucedía siempre, en los hogares, donde los deudos se desatendían del trance para centrarse en las visitas, ofreciéndoles hospitalidad, también en esas circunstancias, tal y como la entendían: conversación, café, asientos cómodos, bebidas y comida. De un tiempo a esta parte los tanatorios campan por todo el territorio y son obras demandadas que dan votos, aunque sean lugares a los que nadie quiere ir.

Me encantaría un lugar en los funerales gallegos para decir adiós como en Nueva Orleans, donde la vida se sitúa al nivel de la muerte. El acompañamiento afligido al cementerio se transforma en baile y alborozo de regreso a la ciudad, cuando el swing embarga por un instante la melancolía y la tristeza.

La norma son las despedidas dolorosas, donde los niños que entierran a un abuelo ven llorar a sus padres por primera vez, donde los intérpretes rectos del evangelio miden el balance entre vida ejemplar y pecado. En el cementerio ourensano de San Francisco, un Bien de Interés Cultural que se erige como una atalaya en una colina de la ciudad, hay un grabado en la puerta que reza: “El término de la vida aquí lo veis, el destino del alma según obréis”.

Prefiero las despedidas que evitan el trauma y convocan los recuerdos de un tiempo mejor y las sonrisas, en honor a quien se ha ido. Ha ocurrido recientemente en Galicia, quién lo diría, en dos ocasiones. En Vigo, familiares y amigos de Alicia Jones, brindaron por ella entre anédcotas y bromas, tras acudir a la llamada de una esquela en Faro de Vigo que invitaba a decirle adiós tomando “la vino y el tortilla”. La frase estaba escrita con toda la intención para reflejar cómo era esta docente galesa que durante más de medio siglo vivió en la ciudad pontevedresa. “No se esforzó porque era muy pasota. Confundía mucho los artículos y quisimos hacerle ese guiño”, dijo al periódico su hija Julie. Si existe el más allá, seguro que Fruty saludó desde ese otro lado un deseo cumplido. Tal y como quería, sus amigos y familiares lo despidieron brindando en la cervecería donde paraba casi a diario. Quizá en la tierra donde la muerte es superstición, miedo y mito, diremos cada vez con más frecuencia, con la alegría posible: ¡Hasta siempre!

La aldea

La aldea

Agosto libra a las aldeas del vacío pertinaz que sufren todo el año: remotas y olvidadas salvo por sus vecinos, que las conservan y persisten, o cuando una historia truculenta las sitúa en los periódicos, destripando con un prisma deformado sus pasiones y contradicciones. Lejos de ser siempre relajante y hospitalario, el silencio sostenido durante tanto tiempo (en las noches insistentes de invierno, sobre todo) puede llegar a ser el ruido más ensordecedor, como decía Miles Davis. La España vacía que retratan autores como Sergio del Molino. Una parte de nosotros siempre presente, aunque estemos lejos, pensando o viviendo en las antípodas.

En agosto resucitan los recuerdos de la infancia. El tiempo es más relativo. Bullen las plazas de las villas y hay vida sin amargura en las terrazas de las casas hasta que el otoño llega a cerrarlas. Se reencuentran, ríen y discuten con pasión las familias dispersas por el mundo. Hay al menos una fiesta por cada parroquia, con verbenas al aire libre y comidas multitudinarias e interminables sobremesas. Es el tiempo mejor para la empanada y el pulpo á feira; para las sardinas y la ensaladilla de casa. Las aldeas reciben a los emigrantes, pudientes o no, tan necesitados de curarse la nostalgia en la tierra de partida, la que dejaron por sí solos o en la piel de sus padres o abuelos. Sanxenxo (Pontevedra) se convierte en la tercera ciudad gallega en vacaciones. En A Veiga, en la provincia de Ourense, la llegada de viajeros y retornados con domicilio en otras comunidades o países cuadruplica el censo.

El resto del año los pueblos pequeños, nuestros álbumes de recuerdos y en ocasiones también nuestros graneros, se limitan a sus rutinas pausadas. Sus calles se agostan, su pulso decae, la crisis demográfica se agrava. Hay más de 30.000 núcleos en Galicia (el 40% de los lugares de toda España) y crece cada año el número de localidades sin un solo habitante, ya más de 3.500. Los vecinos residentes (menos cada vez) regresan a sus ocupaciones, y muchos a la simple contemplación de la soledad. Miden la resistencia del calendario a que el verano vuelva a empezar. Las aldeas dormitan de entierro en entierro hasta que vuelve, hasta que todos regresamos. Nuestros pueblos son nuestra matriz.

Galicia depende

faramontaos

El refranero popular provee de la opinión que cada cual necesita según el momento. Yo creo que en ningún lugar como Galicia existe semejante acervo de frases filosóficas, legadas de generación en generación como la desconfianza o la morriña, inherentes a los que somos de aquí pese al tiempo y la distancia, con independencia de la desazón y la crudeza. En el documental Brasil Somos Nós, Carlos Núñez lleva una muiñeira de improviso a un geriátrico de gallegos emigrantes que dejaron la tierra hace tanto que la llevan viva muy dentro, en una herida dulce y dolorosa, eterna, que aún supura. Con las primeras notas empezaron a brotar los llantos -que parecían lluvia-, seguidos de los intentos de varios impedidos por echarse a bailar.

La madre de mi tío, “que en paz estea” (aquí se apostilla así), apenas podía moverse, salvo cuando yo tocaba la gaita, todavía torpemente siendo un niño. Amadora se arrancaba “a bailar nunha perna”. Como si no tuviera artrosis ni diabetes. Como si el mundo fuera a derrumbarse. Mi abuela prefería sentarse a escuchar en el patio de casa, mientras deshacía las vainas de las habas o pelaba patatas. Cuando hacía un alto entre canciones, para tomar resuello, o cuando terminaba de ensayar (podían ser horas en los veranos de mi adolescencia), me decía: “Esa nota saíuche algo atrapallada”. Y yo empezaba otra vez, entre motivado y cabizbajo.

Los entierros son el principal y más multitudinario acto de la vida social gallega, solo superado por alguna fiesta popular. Dentro de lo que cabe están bastante ligadas ambas representaciones, no como en Nueva Orleans pero notablemente para un lugar supersticioso y místico, donde los muertos están más presentes que los vivos, como en esa frase de Miguel Delibes en Señora de rojo sobre fondo gris: “Cuando alguien imprescindible se va de tu lado, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos comparados con los muertos resultamos insoportablemente banales” . El alivio de luto comienza cuando el viudo o viuda se deja ver “en la orquesta” por primera vez.

Los asistentes a los entierros son legión. Algunos entran en los templos, presentan sus respetos al muerto, e incluso lloran. Los más se ponen al día en el atrio de la iglesia y a la puerta del velatorio, primero bisbiseando, después con voz grave en bajito, finalmente en un coro unánime que te traslada al bar. Hasta el deudo se suma, porque lo entiende. Los funerales sobreviven a la pérdida y siguen adelante de forma automática gracias a frases como “Non somos nadie” (sic, aquí ninguién dice ninguén), o si el trance fue traumático, por inesperado, “o mellor é que non sufrira”. E incluso un “quitoulle Dios mil traballos” (de nuevo priorizo la realidad sociolingüística).

Siempre hay una conclusión que surte la sabiduría popular en momentos de incertidumbre. No son frases necesariamente conocidas por todos, porque esta forma única de pensar en Galicia ha ido moldeando en cada uno máximas irrefutables. Mi madre acompañó a unos familiares a urgencias durante la espera habitual, de esa mañana a casi la siguiente, en habitáculos repletos de toses y nervios. “Esperas tanto que se non tes nada xa o colles aquí”, me dijo al regresar, desarbolándome. Muchos hemos oído a ese paciente que coge las riendas de su estilo de vida, que se medica cuando lo considera (es tradición en esta tierra que la despensa esté llena de medicamentos de otra generación), que cura los catarros con un vaso de coñac, miel o licor de hierbas. “Cada un é médico do seu corpo”, zanja el que lo practica, lleno de razón. Quién puede discutirlo.

Habrá quien no nos entienda más allá de la barrera del idioma y de su variedad dialectal, que en mi opinión lo hace aún más poderoso, matizando su riqueza, construyendo lenguas tan distintas sin abandonar el mismo país. Ese gallego de Ourense tan parecido al de Salvador de Bahía, en Brasil. Ese verbo marinero que sesea en la costa, la gheada llena de bravura y salitre como el mar. Las derivaciones de vocales, las apócopes de consonantes de la lengua hablada en el interior. Para el que no nos entienda, para el que no comulgue con la filosofía de esta esquina del mundo, sirva uno de los dibujos de Castelao, el profeta de nuestro pensamiento: “Vostede terá moito dereito, pero eu teño moita razón”.