Galicia sen chuvia

Galicia sen chuvia

En Galicia non chove, e xa non é un oxímoro. A falta de auga está a perturbar unha paisaxe fermosa, diversa, dun conxunto de cores que escintila. Donde la lluvia es arte, canta con orgullo Siniestro Total no seu gran himno. A testuda escaseza de precipitacións rebaixa o murmurio fuxidío dos seus mil ríos, a forza calma das presas, o verde dos prados e hortas. Pero a seca, asemade, dana a personalidade dun país que, de xeito semellante ós esquimais coa neve, conta cuns cen termos para designar a choiva.

En Galicia as precipitacións son múltiples, non existe un chuvasco homoxéneo. Cada unha das sús 53 comarcas ve chover á sua maneira: orballo, babuxada, chuviscada, dioiva, poalla, torbón, e un longo etcétera. “Merexa”, dicía o meu pai sobre a auga fina e lene que cae nos días escuros de inverno. Os “chuzos de punta” dunha treboada que se levanta de súpeto. “A cachón” ou “a caldeiros”, en situacións similares. Desde hai meses non ten caído case nada.

O noso país sofre o periodo máis seco desde 2005. Despois de declarar o nivel de alerta por primeira vez, a Xunta e a Confederación Hidrográfica do Miño-Sil piden á poboación un consumo responsable. Concellos como o de Ourense, onde ata o Miño devece, restrinxen o baldeo de rúas, reducen a presión do suministro polas noites e pechan a billa das fontes públicas. No que vai de ano, segundo Meteogalicia, o rexistro de precipitacións é menos da metade do acumulado en 2016. Inverno, primavera e verán foron estacións atípicas e secas nesta terra. O cancelo #Galifornia quizais non sexa tan bo.

A situación preocupa. O agro láiase. Sen ter con que saciar a sede dos animais, sen pastos nen forraxes naturais, os gastos soben e a vida xa de por si dificil no rural aínda se complica. Os montes viven esta meteoroloxía adversa sen unha barreira contra o lume intencionado, un mal crónico do país -as lapas son unha ferramenta drástica desde hai séculos- que se reproduce co paso das décadas sen máis solucións políticas que as punitivas e as efectistas: máis avións e helicópteros que vacas e ovellas.

Nos 12 primeiros días deste outubro, rexistráronse en Galicia 235 incendios forestais, o dobre que no mesmo período de 2016 e moi por riba do promedio (91) dos últimos cinco anos, segundo datos da Consellería de Medio Rural. Ourense, un territorio avellentado, disperso e minusvalorado por autoridades pero tamén polos propios inquilinos, rexistra xa 123 focos neste mes. Os lumes fan unha fotografía lamentable do noso ser, amosan a carencia de cultura e amor propio dun pobo por si mesmo, a violencia contra o entorno, a fogueira dos odios e rencores.

A seca, ademais, ten remexido sentimentos de antigo ao facer emerxer aldeas que foran asolagadas en nome dun progreso inxusto e deshumanizado. Os pobos desprazados pola auga e o tempo reivindican neste intermedio a súa memoria, soben e berran na beira das novas aldeas que os substituíron.

Galicia, nunha situación que non lle é propia, está a vivir tristemente, neste outono tan estrano, naquel verso de Borges: “La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”. Mentres o tempo seca o ceo, os ríos e o monte, só nos queda agardar á acollida, figuradamente, e pedir que chova. Que Galicia volva ser Galicia, en definitiva.

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Foto cortesía de Darío Diéguez (@dariodieguez). Presa de Cachamuína (O Pereiro de Aguiar, Ourense)

 

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Vivos y muertos

Vivos y muertos

Mi padre, que es persona de paz, noble y creyente, guarda rencor al cura que intervino maliciosamente en uno de los mayores agravios que sufrió su familia, según su convencimiento. La lápida de sus progenitores – el hombre ya era anciano cuando vino al mundo y la madre murió demasiado joven- fue separada de la tumba para dejar espacio a un nuevo panteón en una porción enajenada por la iglesia. Nadie pidió permiso y la inscripción de mis abuelos sigue desgajada del nicho, contra los muros del templo, como una antigua cicatriz que aún duele.

Ni siquiera los muertos se libran de nuestra mezquindad. Sufren conversaciones banales y chismes a voz en grito de las que no pueden defenderse, han presenciado discusiones por la herencia en mitad del velatorio o -lo que es peor- cínicos rezos y gestos de consuelo de allegados que se afanaron, en vida, por amargarlos a rabiar. Hay difuntos que fueron testigos de los pleitos más materialistas y terrenales. Pocos tan surreales como aquel del cura Felisindo Rodríguez, que fue párroco en varias aldeas de Verín (Ourense). Hablando como el propietario de una funeraria pero ataviado con la sotana de los pies a la cabeza, exigió a la Guardia Civil el derecho sobre un muerto que yacía en el asfalto tras un accidente de tráfico, frente a un empresario de la competencia que ya se disponía. Don Felisindo, un conseguidor de votos del PP en el rural ourensano, fue juzgado y absuelto por unas obras de la Xunta que estaban finalizadas antes de adjudicarse. La Audiencia Provincial rebajó la ilegalidad a una “chapuza administrativa” y el controvertido sacerdote siguió con sus ocupaciones espirituales – también impartía la asignatura de Religión- hasta que falleció en 2011.

No conozco la idiosincrasia de otros lugares, sólo superficialmente el intrincado universo de Galicia, donde el culto a la muerte es endémico, contradictorio y reverencial, más supersticioso que racional muchas veces. Una parte del ahorro de las pensiones más pequeñas de España sufraga los seguros funerarios y los panteones para reunir, al otro lado, a toda la familia, también a los mal avenidos. La muerte se vive con naturalidad aunque se tema y se eluda porque nadie ve la hora adecuada de partir.

La cuenta de los fallecidos monopoliza las conversaciones, las esquelas son las noticias más leídas y los funerales, actos más multitudinarios que las fiestas parroquiales y las bodas. El 1 de noviembre y los días previos hay más vivos que difuntos en los cementerios y las lápidas lucen como la plata recién bruñida. Al festejar la vida, quien celebra se santigua frente a la muerte, con independencia de la edad: “¡De hoxe nun ano!”, dice uno de los brindis más habituales por aquí.

Galicia atesora mitos y leyendas que superan el ambiente tenebroso de las novelas de Stephen King. En la tierra que no niega la existencia de la Santa Compaña, las almas que vagan sin amparo, o el lobishome, se combate el miedo a lo esotérico con cruceiros y petos de ánimas, pero también con manías, ajos y velas. Cada 29 de julio, en Santa Marta de Ribarteme (As Neves, Pontevedra), se celebra una manifestación extraordinaria que saca de la iglesia, en procesión, ataúdes en fila. Los fieles dan gracias a la patrona por su favor para superar una grave enfermedad, figurando el tránsito al cementerio como si fueran cadáveres. Es el rito de Os mortos vivos, con raíces en la Edad Media, y quienes portan a los supuestos difuntos son familiares, amigos o vecinos.

El enterramiento en un país que envejece y apenas ve nacimientos representa una próspera industria que, poco a poco, se renueva. Las tradiciones, férreas y casi inamovibles, también se han acompasado a los tiempos. Los muertos ya no se pueden despedir, como sucedía siempre, en los hogares, donde los deudos se desatendían del trance para centrarse en las visitas, ofreciéndoles hospitalidad, también en esas circunstancias, tal y como la entendían: conversación, café, asientos cómodos, bebidas y comida. De un tiempo a esta parte los tanatorios campan por todo el territorio y son obras demandadas que dan votos, aunque sean lugares a los que nadie quiere ir.

Me encantaría un lugar en los funerales gallegos para decir adiós como en Nueva Orleans, donde la vida se sitúa al nivel de la muerte. El acompañamiento afligido al cementerio se transforma en baile y alborozo de regreso a la ciudad, cuando el swing embarga por un instante la melancolía y la tristeza.

La norma son las despedidas dolorosas, donde los niños que entierran a un abuelo ven llorar a sus padres por primera vez, donde los intérpretes rectos del evangelio miden el balance entre vida ejemplar y pecado. En el cementerio ourensano de San Francisco, un Bien de Interés Cultural que se erige como una atalaya en una colina de la ciudad, hay un grabado en la puerta que reza: “El término de la vida aquí lo veis, el destino del alma según obréis”.

Prefiero las despedidas que evitan el trauma y convocan los recuerdos de un tiempo mejor y las sonrisas, en honor a quien se ha ido. Ha ocurrido recientemente en Galicia, quién lo diría, en dos ocasiones. En Vigo, familiares y amigos de Alicia Jones, brindaron por ella entre anédcotas y bromas, tras acudir a la llamada de una esquela en Faro de Vigo que invitaba a decirle adiós tomando “la vino y el tortilla”. La frase estaba escrita con toda la intención para reflejar cómo era esta docente galesa que durante más de medio siglo vivió en la ciudad pontevedresa. “No se esforzó porque era muy pasota. Confundía mucho los artículos y quisimos hacerle ese guiño”, dijo al periódico su hija Julie. Si existe el más allá, seguro que Fruty saludó desde ese otro lado un deseo cumplido. Tal y como quería, sus amigos y familiares lo despidieron brindando en la cervecería donde paraba casi a diario. Quizá en la tierra donde la muerte es superstición, miedo y mito, diremos cada vez con más frecuencia, con la alegría posible: ¡Hasta siempre!

La aldea

La aldea

Agosto libra a las aldeas del vacío pertinaz que sufren todo el año: remotas y olvidadas salvo por sus vecinos, que las conservan y persisten, o cuando una historia truculenta las sitúa en los periódicos, destripando con un prisma deformado sus pasiones y contradicciones. Lejos de ser siempre relajante y hospitalario, el silencio sostenido durante tanto tiempo (en las noches insistentes de invierno, sobre todo) puede llegar a ser el ruido más ensordecedor, como decía Miles Davis. La España vacía que retratan autores como Sergio del Molino. Una parte de nosotros siempre presente, aunque estemos lejos, pensando o viviendo en las antípodas.

En agosto resucitan los recuerdos de la infancia. El tiempo es más relativo. Bullen las plazas de las villas y hay vida sin amargura en las terrazas de las casas hasta que el otoño llega a cerrarlas. Se reencuentran, ríen y discuten con pasión las familias dispersas por el mundo. Hay al menos una fiesta por cada parroquia, con verbenas al aire libre y comidas multitudinarias e interminables sobremesas. Es el tiempo mejor para la empanada y el pulpo á feira; para las sardinas y la ensaladilla de casa. Las aldeas reciben a los emigrantes, pudientes o no, tan necesitados de curarse la nostalgia en la tierra de partida, la que dejaron por sí solos o en la piel de sus padres o abuelos. Sanxenxo (Pontevedra) se convierte en la tercera ciudad gallega en vacaciones. En A Veiga, en la provincia de Ourense, la llegada de viajeros y retornados con domicilio en otras comunidades o países cuadruplica el censo.

El resto del año los pueblos pequeños, nuestros álbumes de recuerdos y en ocasiones también nuestros graneros, se limitan a sus rutinas pausadas. Sus calles se agostan, su pulso decae, la crisis demográfica se agrava. Hay más de 30.000 núcleos en Galicia (el 40% de los lugares de toda España) y crece cada año el número de localidades sin un solo habitante, ya más de 3.500. Los vecinos residentes (menos cada vez) regresan a sus ocupaciones, y muchos a la simple contemplación de la soledad. Miden la resistencia del calendario a que el verano vuelva a empezar. Las aldeas dormitan de entierro en entierro hasta que vuelve, hasta que todos regresamos. Nuestros pueblos son nuestra matriz.

Galicia depende

faramontaos

El refranero popular provee de la opinión que cada cual necesita según el momento. Yo creo que en ningún lugar como Galicia existe semejante acervo de frases filosóficas, legadas de generación en generación como la desconfianza o la morriña, inherentes a los que somos de aquí pese al tiempo y la distancia, con independencia de la desazón y la crudeza. En el documental Brasil Somos Nós, Carlos Núñez lleva una muiñeira de improviso a un geriátrico de gallegos emigrantes que dejaron la tierra hace tanto que la llevan viva muy dentro, en una herida dulce y dolorosa, eterna, que aún supura. Con las primeras notas empezaron a brotar los llantos -que parecían lluvia-, seguidos de los intentos de varios impedidos por echarse a bailar.

La madre de mi tío, “que en paz estea” (aquí se apostilla así), apenas podía moverse, salvo cuando yo tocaba la gaita, todavía torpemente siendo un niño. Amadora se arrancaba “a bailar nunha perna”. Como si no tuviera artrosis ni diabetes. Como si el mundo fuera a derrumbarse. Mi abuela prefería sentarse a escuchar en el patio de casa, mientras deshacía las vainas de las habas o pelaba patatas. Cuando hacía un alto entre canciones, para tomar resuello, o cuando terminaba de ensayar (podían ser horas en los veranos de mi adolescencia), me decía: “Esa nota saíuche algo atrapallada”. Y yo empezaba otra vez, entre motivado y cabizbajo.

Los entierros son el principal y más multitudinario acto de la vida social gallega, solo superado por alguna fiesta popular. Dentro de lo que cabe están bastante ligadas ambas representaciones, no como en Nueva Orleans pero notablemente para un lugar supersticioso y místico, donde los muertos están más presentes que los vivos, como en esa frase de Miguel Delibes en Señora de rojo sobre fondo gris: “Cuando alguien imprescindible se va de tu lado, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos comparados con los muertos resultamos insoportablemente banales” . El alivio de luto comienza cuando el viudo o viuda se deja ver “en la orquesta” por primera vez.

Los asistentes a los entierros son legión. Algunos entran en los templos, presentan sus respetos al muerto, e incluso lloran. Los más se ponen al día en el atrio de la iglesia y a la puerta del velatorio, primero bisbiseando, después con voz grave en bajito, finalmente en un coro unánime que te traslada al bar. Hasta el deudo se suma, porque lo entiende. Los funerales sobreviven a la pérdida y siguen adelante de forma automática gracias a frases como “Non somos nadie” (sic, aquí ninguién dice ninguén), o si el trance fue traumático, por inesperado, “o mellor é que non sufrira”. E incluso un “quitoulle Dios mil traballos” (de nuevo priorizo la realidad sociolingüística).

Siempre hay una conclusión que surte la sabiduría popular en momentos de incertidumbre. No son frases necesariamente conocidas por todos, porque esta forma única de pensar en Galicia ha ido moldeando en cada uno máximas irrefutables. Mi madre acompañó a unos familiares a urgencias durante la espera habitual, de esa mañana a casi la siguiente, en habitáculos repletos de toses y nervios. “Esperas tanto que se non tes nada xa o colles aquí”, me dijo al regresar, desarbolándome. Muchos hemos oído a ese paciente que coge las riendas de su estilo de vida, que se medica cuando lo considera (es tradición en esta tierra que la despensa esté llena de medicamentos de otra generación), que cura los catarros con un vaso de coñac, miel o licor de hierbas. “Cada un é médico do seu corpo”, zanja el que lo practica, lleno de razón. Quién puede discutirlo.

Habrá quien no nos entienda más allá de la barrera del idioma y de su variedad dialectal, que en mi opinión lo hace aún más poderoso, matizando su riqueza, construyendo lenguas tan distintas sin abandonar el mismo país. Ese gallego de Ourense tan parecido al de Salvador de Bahía, en Brasil. Ese verbo marinero que sesea en la costa, la gheada llena de bravura y salitre como el mar. Las derivaciones de vocales, las apócopes de consonantes de la lengua hablada en el interior. Para el que no nos entienda, para el que no comulgue con la filosofía de esta esquina del mundo, sirva uno de los dibujos de Castelao, el profeta de nuestro pensamiento: “Vostede terá moito dereito, pero eu teño moita razón”.