Despistado

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Es irresistible dejarse llevar por el azar, o la intuición, y jugar a contradecir las señales en esas carreteras de ancho imprevisible que saltan de aldea en aldea. Son lonas alquitranadas en una simbiosis con el entorno, tan natural que no se comprende una campaña electoral sin una nueva capa de chapapote. En mi parroquia los vecinos miden su desafección con la política según el tamaño de los socavones. La fiesta se celebra en septiembre y a la comisión organizadora, a la que año tras año se le perdona que la lotería de Navidad no deje ni la pedrea, ya se le ha advertido de que sin carretera remozada no hay orquesta que valga, por ruidosa que sea, por aparatoso que tenga el tráiler. La pista y la verbena son nuestros Estatut y Constitución.

Uno de estos últimos domingos, al cura octogenario (con mi parroquia a su cargo, y otras seis) le costó trabajo llegar a la hora y la misa corrió peligro. Hubo un sacerdote en la Terra Chá (Lugo) al que, harto de implorar a los políticos, le dio por mirar al cielo como último recurso: organizó una misa -con bendición incluida- junto a una carretera picoteada por los baches, como el acné de los 15 años, para denunciar el desastroso estado del firme. El párroco supo lo variable que es el trabajo, como explicó Julio Camba (sobre el de los periodistas, en concreto): “Somos unos sencillos empleados de pompas fúnebres que hacemos, según los diarios que nos han contratado, entierros de primera clase, entierros de segunda y entierros de tercera”.

Las carreteras municipales, angostas y breves, engañan al GPS y difícilmente se reflejan en los mapas. No es la primera vez que Google desiste en un prado. Forman entre todas una madeja enrevesada. Con el 6% de la población de España, en Galicia la factura del transporte escolar es del 22 %. En la provincia de Ourense hay 7.200 kilómetros cuadrados de extensión y 2.600 localidades, en el 90% de las cuales viven 100 vecinos o menos. Solo las vías locales que pertenecen a la Diputación suman 1.840 kilómetros, los suficientes para unir Galicia con Bruselas, pero pocos sin embargo para conectar todas las aldeas.

El progreso es una masa de gravilla apelmazada hasta la puerta de casa, una superficie multiusos: para el Mercedes y para el tractor. En algunos tramos, las raíces de los castaños levantan la carretera en erupción, el asfalto se comba como la panza de un gato, las líneas blancas parecen una señal en tres dimensiones, y las rectas una serpiente en primavera cambiando la camisa. Los postes de la luz saltan a la mitad del asfalto en ocasiones, y los muros de las casas son los marcos. En determinadas corredoiras sale la Santa Compaña al encuentro de los solitarios, y por eso la espantamos con petos de ánimas y cruceiros sembrando caminos.

Me gusta recorrer las pistas paralelas que siempre acaban por cortarse en perpendicular. Las carreteras que serpentean junto a los maizales, en el interior de A Coruña o Pontevedra, como en una escena tenebrosa en ciernes de una novela de Stephen King. Las curvas cadenciosas bajo una sombrilla de árboles autóctonos que mitiga la temperatura mediterránea de la Ribeira Sacra. Las pistas de la Mariña en las que, de facto, tienen preferencia las vacas. Leo los rótulos de aldeas y parroquias que se repiten cada tres municipios, los topónimos juegan al escondite. El nombre más utilizado del mundo en todas las intersecciones gallegas: el bar O’Cruce (casi siempre así, apostrofado). Los carteles que envejecen en las antiguas marquesinas del autobús de línea. Una fuente de agua en un apartadero, la barandilla de un pequeño puente sobre un regato y en una vía muerta la carretera antigua que fagocitó la actual.

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Hay torres

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Hay una pequeña cafetería frente al mercado de abastos de Ourense que da la hora con el vapor de los fogones. Cada día, un olor a calamares avisa de que ya es media mañana, ese momento aproximado en que todo lo que no está hecho empieza a ser absolutamente prescindible. Un humo blanco y húmedo, que ribetea el cielo como el aliento en los amaneceres fríos, invita a la ciudad a abrir un paréntesis. Dentro, el establecimiento apenas da para alojar cuatro mesas apretujadas en torno a la barra. Siempre hay un señor acodado en el tablero, observando en un Ribeiro cómo fluye la vida. El aroma de los calamares en un pan generoso y crujiente disipa los problemas por un rato. Nunca he llegado a entrar porque tampoco es necesario. La aceitosa fragancia de la cocina, que casi hay que oler con un cuchillo, me traslada al fondo de las desaparecidas galerías Tobaris de la calle del Paseo, donde despacharon a varias generaciones los mejores bocadillos de calamares de la ciudad. Ni las obras ni las mudanzas, ni siquiera el olvido, son capaces de enterrar el decorado de los recuerdos.

La casa en la que viví hasta los diez años, nuestro domicilio compartido con la peluquería de mi madre, acoge la mayoría de mis sueños. En la fase REM devoro unas lentejas en la mesa de formica azul de la cocina, como hace 25 años, hago una llamada con el teléfono de disco giratorio del recibidor, y me echo en la cama empotrada de la que, muchas veces al abrirla, salía una legión de cucarachas que me hacían sentir en casa. Mi mundo de entonces es mi único universo cuando estoy dormido, lo que me genera la duda de cuál es la realidad de verdad. Porque, como decía Jean Renoir, las únicas cosas importantes en la vida son las que recuerdas.

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Los olores de la infancia, como las canciones de la juventud o los paisajes que causan un primer impacto, se almacenan intactos y perfumados en un departamento del cerebro. Una imagen repetida o incluso menos, una sensasión similar, los trae de vuelta al primer plano, llenos de matices y recuerdos relacionados. Evoca Manuel Vilas en Ordesa (Alfaguara) un instante del pasado de su padre y un tío, caminando por la playa de la Lanzada (Sanxenxo), una mañana de verano en 1970: “Hay viento, hay luz, un descomunal espacio de mar y arena. Es el paraíso, pero es solo mi recuerdo. El mar mira los hermanos. El mar es mi abuelo, los está mirando, les manda olas, les manda viento, silencio, soledad, gratitud, les manda fervor (…) Esa playa de la Lanzada, de ocho kilómetros de longitud, desemboca ahora en mi corazón”. Para mí todos los arenales del mundo, especialmente los gallegos, tienen un poco de la Lanzada, de todos los veranos desde Ourense, en interminables caravanas a partir del puente da Barca en Pontevedra, para escapar del agosto sofocante. De las tardes proyectando castillos de arena, o paseando junto a mi padre, o retando a las olas agitadas desde la atalaya de sus hombros, mientras un vendedor ambulante recorría las toallas al grito de “¡barquiiiiiiillooooosss, barquiiiiiiilloooosss, al rico parisién!”.

Las tormentas, que vuelven siempre como vuelve la primavera, me traen a la memoria a mi abuela. Cuando el cielo empieza a garabatearse con esas nubes esponjosas enormes -son las más bellas-, pienso en las predicciones que emitía desde el umbral de la cocina, en el patio, mirando al horizonte mientras desenvainaba unos guisantes: “Hay torres”. No hacía falta que dijera más para comprender lo que se cernía. Con aquella manera de anticipar el tiempo, casi más como un adivino que como un meteorólogo, fue suficiente para que su inquietud me contagiara. Nos refugiábamos en la cocina con la luz apagada, y la central del teléfono fijo desenchufado para evitar averías, y una vela que refulgía en la oscuridad. Nos aferrábamos a aquella luz trémula como faro en la desesperanza. Cada vez que cruzo el bar de la plaza de abastos paladeo los calamares de hace dos décadas. Todavía hoy veo a mi abuela, y siento junto a ella ese hormigueo, cuando una tormenta se posa sobre la ciudad, sobre el presente, amenazando con descargas y estruendos.

Volando

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La tienda de regalos para niños se liquida. Ya no queda en el escaparate nada que ofrecer, salvo un teléfono con forma de gusano (¿es para llamar o es para jugar?) y una cuna a la venta por 150 euros. Excesivamente cara para, al fin y al cabo, dormir entre barrotes.

El precio está a rotulador en un trozo de cartulina recortado al estilo de los alumnos de infantil, como una estrella de muchas puntas que salía cuando se intentaba dibujar una de cinco. En un momento tuvo que depreciarse de súbito, porque el primer número manuscrito tiene tachones. Puede que haya indecisos que empiecen a ser buenos padres así, amueblando un rincón de la casa, sin necesidad de llegar al embarazo.

Un gran letrero que anuncia el cierre -el detalle hecho con más esmero de todo el expositor- ha sido la revolución del barrio esta semana. Enfrente sigue el banco que apadrinamos con un rescate. Al menos el director sigue sonriendo y sin una arruga en el traje, como Dick Diver en Suave es la noche; dinero bien invertido, pues. En el comercio contiguo las cosas van bien: gallinas vivas en jaulas, semillas de plantas aromáticas, injertos de árboles frutales se venden aún como dicen los mayores que se hacía antaño. También hay pienso para mascotas y gnomos de jardín, por ir innovando.

El edificio que hace esquina lleva unos años con gripe. Nunca aparece nadie para cerrar las contras del balcón, y el viento las exige. No han retirado las huellas que dejó la placa de una pensión antigua. La cornisa hace de paraguas durante los segundos eternos, mientras todo el mundo gira, ante el paso de cebra que nace debajo. Una grieta amenaza con independizarse cuando llueve de manera contumaz, como en las últimas semanas.

Parece este un invierno acaparador, con ganas de ocupar toda la semana, de absorber los planes previstos. Escucho en el reproductor Pequeño rock and roll, de Quique González, y me indigno porque es una tremenda canción maltratada. Sigo con las mismas obsesiones de antes, sólo que ahora más solo. Creo que maduraré más adelante. Me gustaría darme prisa por si vale de algo. Si lo piensas un segundo llegas un mundo tarde. Me fascina Woody en la película Nebraska, de Alexander Payne. El personaje odioso y entrañable interpretado magistralmente por Bruce Dern quería recorrer más de 1.500 kilómetros a pie desde Montana en la procura de un millón regalado, víctima de una estafa publicitaria por correo. Nadie lo miró en serio hasta que ese gruñón entusiasta convenció por envidia.

El barrio atosiga y engaña, se comporta como la isla de La invención de Morel. Calles determinadas me recuerdan la condena: este es tu lugar, esta es tu herencia, aquella farola resistirá torcida todo el invierno, cada vez un grado más, de un modo que sea perceptible, molesto. Yo no quiero y tú no quieres. Hablamos en el grupo de wasap de volver en vacaciones a abrir un paréntesis. Todos sugieren algún plan por el barrio porque siempre llega el día en que se van.

Tanto temor a los aviones, a las alturas, al vértigo cuando el pánico gobierna de un modo absolutista aquí. Hace nido entre el calor de las mantas, aprende nuevas nociones en horario de oficina. A la hora del todo o nada es el primero en descontrolarse y chillar. No hay consulta en un diván a 10.000 metros. Tu compañero de pasillo o duerme o musita una oración. Algunos se cogen de la mano pero la mayoría afila los tendones y clava los uñas en el reposabrazos. No hay manual de instrucciones, tampoco hay reinicios. Arriba funcionan algunas drogas, abajo mandan las decisiones y penalizan las erróneas: un titubeo, un eres tú, un beso que no va a llegar. A 1.000 kilómetros por hora no podría huir de los miedos, pero los miedos tampoco. No subo al Boeing y, claro, me estrello. Veo a otros despegar, veo días que se escapan de las manos, veo que te has ido volando.

La aldea

La aldea

Agosto libra a las aldeas del vacío pertinaz que sufren todo el año: remotas y olvidadas salvo por sus vecinos, que las conservan y persisten, o cuando una historia truculenta las sitúa en los periódicos, destripando con un prisma deformado sus pasiones y contradicciones. Lejos de ser siempre relajante y hospitalario, el silencio sostenido durante tanto tiempo (en las noches insistentes de invierno, sobre todo) puede llegar a ser el ruido más ensordecedor, como decía Miles Davis. La España vacía que retratan autores como Sergio del Molino. Una parte de nosotros siempre presente, aunque estemos lejos, pensando o viviendo en las antípodas.

En agosto resucitan los recuerdos de la infancia. El tiempo es más relativo. Bullen las plazas de las villas y hay vida sin amargura en las terrazas de las casas hasta que el otoño llega a cerrarlas. Se reencuentran, ríen y discuten con pasión las familias dispersas por el mundo. Hay al menos una fiesta por cada parroquia, con verbenas al aire libre y comidas multitudinarias e interminables sobremesas. Es el tiempo mejor para la empanada y el pulpo á feira; para las sardinas y la ensaladilla de casa. Las aldeas reciben a los emigrantes, pudientes o no, tan necesitados de curarse la nostalgia en la tierra de partida, la que dejaron por sí solos o en la piel de sus padres o abuelos. Sanxenxo (Pontevedra) se convierte en la tercera ciudad gallega en vacaciones. En A Veiga, en la provincia de Ourense, la llegada de viajeros y retornados con domicilio en otras comunidades o países cuadruplica el censo.

El resto del año los pueblos pequeños, nuestros álbumes de recuerdos y en ocasiones también nuestros graneros, se limitan a sus rutinas pausadas. Sus calles se agostan, su pulso decae, la crisis demográfica se agrava. Hay más de 30.000 núcleos en Galicia (el 40% de los lugares de toda España) y crece cada año el número de localidades sin un solo habitante, ya más de 3.500. Los vecinos residentes (menos cada vez) regresan a sus ocupaciones, y muchos a la simple contemplación de la soledad. Miden la resistencia del calendario a que el verano vuelva a empezar. Las aldeas dormitan de entierro en entierro hasta que vuelve, hasta que todos regresamos. Nuestros pueblos son nuestra matriz.

La verbena del barrio

La verbena del barrio

Una parte de nosotros espera las fiestas como una oportunidad para transgredir, recordar lo mejor y envidar a la suerte. Las barracas mudan el paisaje y toman las ciudades y los pueblos, borrando las convenciones y el contexto. Cachivaches, luces, autocaravanas, colchonetas y plataformas ambulantes son una obra teatral y pasajera. Quién no querría ser como Manolo El Pijoaparte en la verbena de Sant Gervasi, aun con una apariencia inventada, falsa pero efectiva. El galán bueno pero deshonesto que Marsé proyectó sobre un vulgar ladrón de motocicletas. Quién no se ha imaginado en las fiestas de barrio que evoca esa canción de Quique González, con los bancos de hierro, en los coches de choque, llenos de gitanas guapas; con los amigos quemando piedra. Nadie pide una velada opulenta y glamurosa en el jardín de Jay Gatsby.

Falta Raimundo Amador en la verbena de mi distrito y queda muy lejos la adolescencia. No hay melodías a la altura de la atmósfera esperada. Se ha apagado la banda sonora de los 90: “Cantantes de orquesta que actúan en play-back, / escopetas fallidas y televisores, / bailarinas que nunca llegaron a estrellas”, dice Día de Feria, de González.

El reguetón, esa pandemia, cubre los puestos y barracas de una nube pegajosa. Las atracciones que suben, bajan, giran y regurgitan a la concurrencia emiten más ruido de canciones infames que adrenalina; el remix a todo volumen apenas deja oír los gritos de descontrol y desahogo de la montaña rusa. Suben los decibelios con el anuncio de un último perro piloto. El tumulto cierra calles y paseos pero no expulsa del todo a los coches, que se acumulan en los márgenes, entre señales de prohibido.

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No quedan plazas para bailar, los mayores y nostálgicos se plantan frente a los camiones orquesta en la calzada, lejos del trajín de los puestos y sus músicas grabadas. Más reguetón, solo que peor, y pases en ropa hortera, sino directamente en trajes de baño. Los chicos se alejan del barrio porque el ambiente espanta incluso el botellón. Ya no veo el viejo tren de la bruja donde nos asustaban a escobazos, ni el dragón que frecuentábamos mi padre y yo con las fichas que sobraban de un año para el siguiente. Al menos se mantiene la tradición de que Antonio corte un racimo de godello, siempre de la misma viña, en Quenlle, para que el santo lleve uvas en la mano en la procesión. La iglesia aguanta y el cura echa broncas a los niños por sus modales en la misa de 12, y a los padres por consentirlos. Vaya modo peculiar de no perder clientes.

Por la mañana los puestos duermen, los castillos hinchables son reinos conquistados y la ciudad sortea los obstáculos que le aparecen. Suena la música verdadera: la de las charangas y los gaiteros, la de los coches despertando. Por la tarde y por la noche, hasta la última, la verbena vuelve, cada vez peor, cada día más decadente. Siempre vuelve; siempre esperamos que vuelva como siempre.

La playa

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¿No idealizamos la playa? Lo hacen incluso los psicólogos. Cuando aconsejan ensayar un pensamiento para algún momento de agobio, sugieren un arenal. La imagen que uno construye es idílica: las olas casi se respiran; la arena se desliza por cada recoveco pero no se entromete; el sol aterriza con suavidad; el cielo y el mar son un barniz de colores, brisa y salitre. Cuando uno imagina una playa quiere degustar con los sentidos imágenes poéticas como las que desfilan en las estrofas de Vestida de Nit, de Silvia Pérez Cruz. Protagonizar una historia emocionante en un entorno de postal, como esa foto de perfil que logra tantos me gusta.

Cuando el mar aparece, esa primera impresión impresiona. Si la arquitectura es música congelada, según Goethe, una playa es una balada de Oscar Peterson. Es una obra perfecta. Pero pronto se desgasta. El sol cuelga del techo e inflige castigos duros: picores, rojeces, un moreno discrecional. La arena te araña. La risa insoportable de la toalla de al lado. El sonido del wasap de la toalla de al lado. El golpeteo pulsátil de una pareja entretenida jugando a las palas. El sonido paradisiaco de la playa (no es silencio, sino viento y espuma), enmascarado por molestias de diario.

Desde el interior, ir a la playa es como viajar al futuro. Para llegar al mar, a veces, es necesario emigrar, y antes de que se divise la ría hay muchos kilómetros de asfalto. Obliga a hacer mochilas, a caber en el bañador, a rebozarse en crema, a pensar en la comida, a conseguir un aparcamiento, a perder la vergüenza, a cargar con cien cachivaches para tomar una esquina del arenal.

Cuando llueve y hace frío en una ciudad como Ourense, solo las gaviotas nos evocan que ahí fuera habrá una playa. Encastrados entre montañas, sumidos en el valle. Cuando luce un sol extremo, hasta las calles se van. Esos días insufribles, los vecinos nos saludamos a primera hora, cuando la temperatura aún transige. Ni siquiera reparamos en los valores exarcebados de algún termómetro, donde los selfies son casi nuestro recurso que más fascina a los turistas. Los ourensanos vamos en masa hacia la playa para reencontrarnos en Samil, que el resto del año cedemos a Vigo; en Playa América, donde la desembocadura del asfalto es literal; o en A Lanzada, ese arenal en el que todos nos despertamos de la siesta con el barquillero y su “al rico parisién“. En ocasiones sus 2,5 kilómetros de orilla parecen la Rúa do Paseo y Sanxenxo, Ourense.

La playa, en definitiva, es ese lugar extraño al que vamos a menudo. El paraíso natural que nos estresa. Un lugar idìlico de lo más normal.