No hacer nada

No hacer nada

No hacer nada consume el tiempo con gasolina. Los días sin urgencias ni obligaciones, que añoramos desde la celda de la rutina y que ahora se ciernen como una amenaza que es necesario domar, se nutren de un movimiento rectilíneo uniforme, de una celeridad no detectable. La mente que planifica carbura cuando hay tantas ocupaciones, plazos irremisibles y apostillas de otros que cuesta trabajo incluso respirar. La temida procrastinación se presenta si nadie apura ni oprime, sobre todo ni uno mismo. Las horas vacías se reúnen con modos sibilinos, y vuelan.

No existe un periódico interruptus porque las noticias se abren paso siempre, a contrarreloj, mejor o peor maquilladas. No hay mañana que no salga una edición, no hay madrugada sin la ruta al extrarradio del diario de papel, prensado como la ropa nueva de un bebé en camino. Preñado de tipografías variables, de artículos volubles; diverso en su configuración como el mundo, contradictorio aun estando cautivo de una idea.

En estos últimos ocho años de oficio a diario, he bordeado el incumplimiento, el miedo a no satisfacer nunca del todo la maqueta o de claudicar en un toque de queda. Las páginas, al final, siempre han recorrido la lengua insaciable de la rotativa, lustrosas hasta que caducan poco después de nacer. Lo de menos es equivocarse. En diciembre de 1903, unos días antes de que los hermanos Wright volaran por primera vez, el New York Times publicó un editorial afirmando que era tiempo y dinero perdidos que la gente intentase surcar el cielo.

Ahora que nada es urgente, el párrafo más simple y liviano se resiste porque ya no hay una cuenta atrás, salvo la de terminar esta carta de intenciones, que me apremia. Como en aquel poema de Alejandra Pizarnik, la vida es vacío bien pensado.

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Profesores y maestros

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He tenido suerte con mis profesores de la universidad. A ninguno se le pasó por la cabeza la temeridad de enseñarnos a hacer periodismo, de modo que solo cabía la selección natural, el ensayo y error. Los interesados en redactar informaciones se procuraban sus ejercicios para ganar destreza: hojear periódicos en la biblioteca, abrir los portales informativos en alguna clase con ordenador e imaginar cómo titularía uno la noticia del día. En casa, donde no molestabas, podías ensayar en un folio en blanco. En la facultad había que ser cauteloso y extremar las precauciones. No quiero imaginar lo que habría ocurrido si el profesor nos descubre leyendo una crónica parlamentaria, o un reportaje de la sección internacional e incluso los titulares de un diario de tu ciudad de procedencia, para no irte del todo. Había que clicar rápido y aprender en bajito.

Muchos salimos al mundo de la actualidad sin haber escrito una noticia en cuatro años. Yo me estrené en la profesión en un juicio del que milagrosamente salí impune. Una frase del estilo “el día que enseñaron a hacer una entradilla yo no estaba” era perfectamente factible. Una mínima ausencia por un catarro, por haber perdido el bus, o vale, por una resaca, eliminaba la opción de poner en práctica eso de ir, ver y contar. ¿Dónde estaba el periodismo; de verdad existía? Salimos a pescar informaciones casi nunca, pero dudo mucho que existan más definiciones teóricas que las que memorizamos y devolvimos, poniendo el examen perdido. Mi amigo Jorge, compañero de piso entonces, se escandalizó cuando me vio chapar cómo se busca Google y qué es internet, en una asignatura de documentación informativa. Con sentido cuando nos dejaban hacer prácticas el resultado era contraproducente. “A vostede non se lle dá moi ben a reportaxe, probe outros xéneros”, me dijo un docente. La razón lo asiste porque ahora preside la Real Academia Galega (RAG) a pesar de los críticos. Se dio por vencido en la entradilla; y quién lo culpa.

A la facultad le debo más lecciones valiosas. Puedes aplazarlas, puedes alejarte pero las obligaciones te esperan atrincheradas, incluso te persiguen. Aún sueño, 8 años después de licenciarme, con que me falta algún crédito, con que ejerzo sin la titulación debida, con que asistí a mi fiesta de graduación en fraude de ley. Me veo en el luminoso pasillo de la sede de periodismo en Santiago de Compostela, en el edificio diáfano y un poco confuso de Álvaro Siza, angustiado con los apuntes mientras todos se alejan a emprender sus vidas. Entonces me sobresalto y, aún en duermevela, buscándome en mi cama, pienso si será hoy cuando mi periódico descubra la verdad. Menos mal que en periodismo tenemos la costumbre de rara vez descubrir nada.

La facultad también me enseñó a no desesperarme. Uno de mis últimos profesores reparó un viernes sobre lo mal que se me daba una parte de su materia, y yo le recordé que no aspiraba solo a hacer periódicos, sino que me conformaba con venderlos. El último día de la semana solo contábamos con ánimo y paciencia en primer curso, cuando ir a clase sin dormir tenía ese toque de aventura y romanticismo, de reto superado. A mitad de la noche del jueves, borrachos, cuando ancha es Castilla, nos citábamos a las 8 y media en “la clase de Outeiriño”. Llegado el momento, el aula era un desierto. Los más valientes sacábamos pecho, presumíamos de ojeras y tomábamos nota de los desertores.

En las últimas filas de alguna clase he visto a personas hacer botellón, pero no pienso señalar culpables, además seguro que ya ha prescrito. Los hay más responsables que jugaban al subastado. No voy a desvelar qué dos alumnos rellenaron decenas de rifas en un pub con los correos corporativos de dos profesores. Tampoco diré qué profesor permitía fumar en su despacho en una revisión sin posibilidades. Un mal estudiante no va tanto a la procura de una correción al alza como de la empatía de ese docente que, hace no tanto, estaba del otro lado, hincando codos a última hora y saliendo semanas de martes a sábado.

Confieso que extraño ese ritmo lento pero sobre todo trepidante; desahogado hasta que el corazón te salía del pecho. Las cafeteras ahuyentando la noche, las 3 de la madrugada pegado al flexo, el escritorio lleno de ceniza de un Winston en paquete blando. Echo de menos las partidas con Jorge al Mario Kart las vísperas de un examen, la adrenalina en el aula previa a una prueba que has estudiado bien, la cantidad de endorfinas que se liberan cuando te presentas “a pelo”, a ver qué pasa, sin haber leído un folio. Las noches a lo músico de jazz tras la época de estudio. Entonces aún teníamos modales y septiembre era septiembre y junio era junio; hoy en día los exámenes no respetan ni al calendario. También extraño a esos 2 o 3 que parecían desubicados, maestros que hacían honor al nombre, que te despertaban el interés por el oficio, que daban sentido a todo. Y a los teóricos, por su terapia de choque, por enseñarnos a su modo con una especie de psicología inversa.

Pero sin lugar a dudas, a mi mejor profesor de periodismo lo conocí en mi intento fallido con Fisioterapia, que dejé como deben abandonarse las carreras: en primer curso y con notas brillantes. El maestro era un sustituto que venía a clase en camiseta de algodón y cada día enseñaba como si el mundo se derrumbase. Era capaz de emocionarte con el porqué y las consecuencias del potencial de acción. Sonaba a poesía su explicación de los procesos fisiológicos más complejos. Se llama Xurxo Mariño, ha publicado en un libro una gran crónica de divulgación científica sobre su viaje de un año alrededor del mundo, y no podré olvidar la frase que nos dijo en su última clase con nosotros, allá por 2004. “¿En qué se parece un profesor de Universidad a una ascidia? En que cuando llega a Catedrático también se come el cerebro”.

Fotografía | santiagoturismo.com

La sentencia de verdad del Caso Nóos

fb_img_1487468943720Siempre que la actualidad deja caer una bomba informativa como la sentencia del Caso Nóos, un fallo que deja insatisfechos porque nos parece que ya lo habíamos decidido hace tiempo entre todos, pienso en un redactor jefe en su despacho, castigado sin comer. Veo cómo remueve un café, fuma pese a que está prohibido y escruta en una página en blanco el rumbo que ha de tomar el periódico del día siguiente, cuando casi todo ha caducado, especialmente el ansia. Mañana Twitter estará a otra cosa.

El periódico nunca hiberna; es un animal somnoliento por la mañana, se despereza a la hora de comer y enseña las fauces cuando atardece. El mundo está a punto de acabarse cada noche, poco antes del cierre de un periódico. “Es increíble que salgamos todos los días”, se sorprende un compañero de vez en cuando. Pero sucede. Un periodista no es un escritor porque deja la magia al margen y, entre otras razones, porque -falsedades, imprecisiones, querellas y manipulaciones aparte- nunca fracasa. Siempre llena el papel. Siempre entrega el recado.

En días de máxima expectación como este viernes me imagino al director, al jefe de sección, a los reporteros especializados en tribunales, devanándose la cabeza con los hechos probados y los fundamentos jurídicos; oponiendo el resultado al escrito de calificación del fiscal; anticipando consecuencias. Al equipo de periodistas que firmará la pieza principal repartiéndose la lectura y el análisis de los 700 folios de la sentencia, como si fueran contratistas de obra pública apremiados por inaugurar. La máquina analógica engranando en perfecta sintonía con los compañeros que en la página web desbrozan las primeras informaciones con tacto de cirujano, vadeando en ese delicado mundo de los titulares en internet, donde en ocasiones resulta imposible no equivocarse. Donde no hacerlo casi parece de mala educación. “Señora, un periódico sin erratas es como un jardín sin flores”, ilustró en una ocasión otro compañero de trabajo a una lectora insatisfecha.

Cuando el viernes se dio a conocer el fallo del Caso Nóos, yo estaba subrayando una de tantas sentencias de diario, las que hablan de delincuentes anónimos condenados a una pena de prisión, multa o trabajos comunitarios y, lo que es más grave, a un breve en la página 6. Avatares personales diseccionados en una docena de folios para concluir que un atracador de poca monta es culpable de un intento de robo violento en una librería de la que fue expulsado a escobazos. El fallo impone el castigo pero es que el relato de hechos humilla al pobre infeliz. Tras 45 minutos leyendo y subrayando esa resolución, me hice una idea del tiempo necesario hasta tener una opinión formada del caso Urdangarín. Hasta ser quien de discutir con sentido. Y no hacía falta pasar ni una hoja, maldita sea.

Mientras la sentencia aún se notificaba, como el que dice, la España de Twitter -esa que Mariano no teme- ya hablaba. Un poco dando la razón a Woody Allen: “Los hay capaces de hacer de cada solución un problema”. Si usted no tenía datos en el móvil pero estaba en el bar o escuchaba por la radio a Revilla, sepa que también le convalidarán Derecho. Antes de que uno pudiera leer el fallo ya nos ilustraban cargos públicos, activistas, alarmistas y perfiles anónimos -en la red muchos ocultan su identidad para hacerse un nombre-, dictando su sentencia, la de verdad. Esa que condena a la absuelta infanta por “delitos civiles” (sic), la que retrata al poder judicial “atado y bien atado” por el franquismo y, por supuesto, la que discute al tribunal por haber exculpado a Cristina de Borbón, tras condenar semanas antes a un joven que compró con una tarjeta falsa. Distinto delito y distinta prueba, ¿pero acaso importa? Haga una búsqueda rápida, no tardará en hallar ejemplos de la razón colectiva de la red social. Verbigracia: “Si la infanta Cristina hubiera robado una tarjeta de crédito para comprar pañales a sus hijos, SEGURO (enfatizar suele ayudar) le caían 3 años como mínimo”. También sobró el tiempo para que Revilla, presidente de una comunidad, o eso se comenta, aprovechara la ocasión para disertar sobre el estado de las cosas en nuestro país. Dalí estaba convencido: “No hay nada tan surreal como la realidad”.

Así que abrumado por tantas opiniones sesudas, ya sin nada que objetar, volví a otra sentencia de diario. Hablaba de dos yonquis que se hicieron pasar por policías para robar a unos chicos que jugaban a la Play, otra historia prosaica que no sirve para tuits arrojadizos. En el cuadrilátero digital, por fortuna, también hay salvedades honrosas. El resumen más certero del viernes fue de Manuel de Lorenzo, que tiene esa costumbre de escribir lo mejor de cada jornada: “Día internacional del cuñadismo jurídico. Paradójicamente”.