La vida es un selfie

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Se puede comprobar en el directo Excuse me. Ao vivo. El jazz se retira con su proverbial elegancia a los 4 minutos y 20 segundos, y la canción Nada que esperar cambia de repente de signo y significado. Un ritmo repetitivo de guangancó va acompañando el alegato hablado de Salvador Sobral, que deja un momento de cantar y suelta la diatriba. Extiende el tema para dar un tirón de orejas, para situarnos frente a un espejo que incomoda porque cuenta la realidad como un reportero de conflicto. “La realidad es realidad y ese es su mayor misterio”, como dice un poema de Szymborska.

La batería crece al final de las frases, el charles enfatiza la intención del cantante, el fondo instrumental también fustiga a los aludidos con un tono castigador. Es todo un rapapolvo en el que el intérprete no pierde el estilo en ningún instante. “¿A ti quién te dijo que era fácil la fama? ¿A ti te gusta la música? La fama es sonreír. Vas por la calle, la gente invade tu privacidad, te saca una foto y tú tienes que sonreír. Eso es la fama”, empieza en un castellano perfecto, tan de portugués.

Tú vas a un restaurante, tienes salsa de tomate en la cara y la gente te está filmando desde lejos. Y tú tienes que sonreír, porque eso es la fama. O estás en la sala de espera de un hospital y te están filmando, guaaaau, y tú sonríes. Y cuando llegas a casa, estás tumbado en tu propia cama y escuchas por la ventana: Esa es la casa de Salvador Sobral. ¡Sobral, ven a la ventana, ven a la ventana! Y tú vas y sonríes porque eso es ser figura pública. ¡Figura pública! ¡Soy de todos, soy figura pública!”, continúa. Y su crítica, su denuncia un tanto desesperada, recibe una ovación de un público que habría que saber si ha aprendido del sarcasmo. El ritmo, que parece la banda sonora de una persecución interminable, desata finalmente al artista, hostigado por la era de Instagram: “La vida es una selfie. ¡La vida es una selfie! LA VIDA ES UNA SELFIE”. Y grita antes de que muera su principal canción protesta, que ni siquiera es una canción.

Hay en un poema de Luis García Montero, que advierte de que “todo lo que te une a la palabra yo es ahora un peligro; nunca te des la espalda”, cierto paralelismo con la causa contra el postureo de un Salvador Sobral que desprecia Eurovisión del modo que más daño puede infligir a un evento de música enlatada y muchos confetis: mostrando el talento sin adulterar. Triunfó en 2017 con una balada emocionante, Amor pelos dois, compuesta por su hermana, y volvió a retratar al festival televisivo con una colaboración magistral junto a uno de sus ídolos, Caetano Veloso, tan alejada del carrusel anterior de canciones vacías.

Sobral insiste en sus manifestaciones que quiere música sin fama, ser un artista de verdad, y simplemente. “Me parece que con las selfies me usan como un objeto del narcisismo de la gente, para que puedan conseguir likes. Es curioso, porque los mayores me dicen que le encantan mis canciones y mi música, y ya está; pero los jóvenes, sin decir ni buenas tardes, me preguntan si se pueden hacer una foto conmigo. Y yo digo no”. En una entrevista con Elvira Lindo y Carlos Francino en La Ventana, Sobral volvió sobre una realidad que lo incomoda: “A veces les digo que no puedo porque me roban el alma, que necesito para cantar. Ya me quitaron el corazón, por lo menos que me dejen el alma”.

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La vida es un meme

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La vida es un ‘meme’. Todos hemos participado en alguno de esos cuadros urgentes de humor rápido y sobado, poco o nada pretencioso. Bien remitiéndolos a un tercero de forma automática, para que la cadena se perpetúe –y encadenándonos, por tanto-; bien en su elaboración, mientras ahogamos a duras penas una carcajada. A veces, encarnamos una situación risible que podría caber en uno de esos jpggif que se hacen virales, que infectan como un virus.

La mayoría de nosotros no podemos producir y generar chistes fáciles. No todos somos una caricatura andante, como Donald Trump. Aunque cueste trabajo creerlo ya inspiraba ‘memes’ antes de ser el 45º presidente de los Estados Unidos y tuitear sin mesura. Hace 20 años, el periodista Mark Singer escribió un perfil del multimillonario para The New Yorker. “El reconocimiento total es que los nigerianos de la esquina te griten ‘Trump, Trump’, al pasar a tu lado por la calle”, le dijo el magnate.

Muchos cabreados con el mundo, como él, ha cultivado USA en su historia reciente. “La prensa es el enemigo. El establishment es el enemigo. Los profesores son el enemigo”, aseveró Nixon a su secretario de Estado, Henry Kissinger. También tiene tela lo del exgobernador de Texas y candidato a las primarias republicanas, Rick Perry. Su estado sufrió en 2011 una sequía pertinaz y la solución del mandatario fue llamar a ciudadanos, de toda confesión, a rezar al aire libre para que llegara la lluvia.

No hay que salir de España para encontrar material de ‘meme’: un chiste con el aspecto infantil de Errejón, Rajoy en medio de un tic, el presunto #invent de Pablo Iglesias y el dibujo de un niño, Susana Díaz descojonándose, el negro ese del pito, Baltar aupando a Baltar, Julio Iglesias y lo sabes. 

Yo me cubrí de gloria en un entierro. Había políticos, periodistas, jueces, fiscales, empresarios, hasta un obispo. No estaba cerca ningún tuitero, afortunadamente. Doblaban las campanas de la iglesia de Santo Domingo de Ourense. El entierro del padre de una importante autoridad pública concitó una afluencia considerable. Los grupos mostraban el rictus que se espera en situaciones de este tipo, cuando los allegados del muerto miran. A la misa asistieron unos pocos, pero los más se concentraron en la puerta para expresar sus respetos, para dejarse ver. Casi todos llevaban corbata y yo vestía de diario, desgarbado, metro-rural, pero ese no fue el error. Me llegó el turno pasados 15 o 20 abrazos. Me salvaron el cansancio y que el hijo, abatido por la pérdida, hubiera puesto ya el piloto automático para sortear tanto “te acompaño en el sentimiento”. Era mi ocasión de quedar bien y de que esa persona me considerase, aún empezando yo en mi oficio. Tenía en mente un “lo siento”, hubiera servido un “mucho ánimo” e incluso esa máxima filosófica, tan socorrida en Galicia, de “no somos nadie”. Allá fui. Apretón de manos, toque en el brazo derecho, gesto solemne y la-fra-se: “Enhorabuena”.