150.000 kilómetros

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No me engaño. Corre despacio. Piso y es como si tosiera. Tiembla como un tractor viejo. Las ventanillas vibran a partir de 90. El aire acondicionado congela y constipa, la calefacción ahoga y reseca. Voy sujetando ahora un embellecedor que lleva meses desprendido; lo reajusto, el primer bache lo escupe. Cuánto habrá acentuado este asiento el dolor que me martillea en el cuello.
Al apagar el motor después de un largo viaje, resuenan las tripas con ricos matices metálicos y los plásticos del habitáculo estallan como si el pobre sufriera un infarto irresoluble. Por el momento sigue ahí al otro día, con una media sonrisa en la parrilla, de faro a faro. Y ese rostro adolescente, con la panza acribillada por bichos fugitivos que en realidad parecen el acné de los 14 años. Y una cicatriz en una puerta y un par de tatuajes detrás, que se hizo sin querer. Me causa ternura y soy condescendiente cuando apura lo que puede en un adelantamiento, exhalando largas bocanadas mientras un BMW acecha en el espejo. Y nos hacemos a un lado guiñando un ojo, sin ser correspondidos.
Me gusta conducir de verdad, no como en los anuncios de las marcas, donde el significado del coche es lo de menos. Mirar el polvo que vuela grácilmente y forma pequeños carámbanos en el salpicadero. Accionar los limpiaparabrisas con su sonoridad. Sentir en un zigzagueo el tacto coriáceo del volante. Soltar en el momento preciso el embrague.
La carretera es un viaje en el tiempo, que puede prolongarse en una pista entre dos pueblos o limitarse a una elipsis y dos parpadeos en la Highway 61, que conecta Nueva Orleans y Chicago a lo largo de 2.000 kilómetros. La representación improvisada de lugares fugaces, luces, colores y cosas fascina como el fuego. Cuántas novelas se han ideado mirando al continuo del asfalto, que es como la rueda de la máquina de escribir. Cuántas vidas se han vivido, cuántas se han perdido en el cuadro que hay tras el cristal, tan próximo y lejano.
La música define la escena, casi cambia el lienzo. La Cavalleria Rusticana, de Mascagni, por ejemplo, podría describir las milésimas eternas antes de un siniestro. Runnin’ down a dream, de Tom Petty, la atmósfera de un viernes. Naima, de Coltrane, el pulso de una noche intempestiva de invierno. La leyenda del tiempo, de Camarón, entrando de noche a Andalucía. Alborada do Brasil, de Carlos Núñez, atravesando Francia. Dean Martin mientras bordeamos el Atlántico desde Muros a la playa de Carnota.
Sí, he mirado a otros coches, me he imaginado al volante, he pensado en dar el paso. Pero ¿cómo podría -solo por estar más cómodo, y llegar más seguro, y adelantar más rápido, y no constiparme en agosto- decir adiós a mi Renault Clio de color azul piscina y 150.000 kilómetros? Es tan bueno, es tan riquiño. Esta sociedad se va a pique, ya no quedan sentimientos ni para declarar amor eterno a un viejo automóvil. Neil Young, que empezó a conducir a los seis años, sabía que son mucho más que eso: “Compraba los coches por su espíritu. Todos tenían un pasado. Me sentaba en ellos, percibía sus vivencias y luego componía canciones basadas en esas intuiciones. Los coches tienen recuerdos. Para mí todos los coches están vivos“. De qué se quejaría sin él mi ciático, cómo aparcaría en la calle tan tranquilo, quién iba a sostener por mí la pieza que se cae.
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Cuando termino de redactar una noticia, o cierro Twitter, y busco la verdad de verdad de las cosas, pienso en cómo observa el mundo mi ahijada de 4 años y rumio sus reflexiones, ligeras de sintagmas y tan definitivas, como un “dijiste carallo, padrino” delator y en voz alta, en mitad de una risa divertida y contagiosa. O “a mí me gusta el queso” para sugerir que le cedas un poco.

A esa edad tan tierna y sincera en que la ingenuidad es una hermosa virtud, los problemas son convenciones de los adultos, el porqué de las sempiternas discusiones a la hora de comer y de las expresiones ceñudas de lunes a viernes, todo el día. Qué fácil es la vida cuando sucede a un metro del suelo y de cuánta razón y sentido nos termina privando el tiempo. Es como en el poema de Sánchez Ferlosio: “Vendrán más años tristes / y nos harán más fríos / y nos harán más secos / y nos harán más torvos”.

Cuando éramos niños -en mi caso, a finales de los 80, llevábamos el pelo a la taza y chándal de puños-, mañana era un plan a largo plazo y el futuro, aunque se forjaba día a día en secreto, ni se formulaba. El tiempo corría en la hora de futbito y se congelaba en las excursiones en autobús, mientras hablábamos en corro, de rodillas sobre nuestro asiento, flirteando de soslayo como se podía. Los veranos lejos de aquello duraban una eternidad, como un exilio. Casi como una de esas etapas soporíferas del Tour que el vecino con el que jugaba anteponía a la SuperNintendo. Al menos respetaba la rutina de juntarnos para ver, todos los días a la una, el episodio del Equipo A, incluido aquel tan trepidante en el que salía Ana Obregón. A ver si fui a sacar mi pánico a volar no de mí mismo, sino de M. A. Barracus.

La parte de nuestra vida que está indeleble se cimentó en el colegio y en escenarios habituales de la infancia, junto a niños de la casa de al lado que ya han envejecido, y compañeros a los que 20 años después cuesta poner cara, pero cuyos apellidos y nombre (siempre en este orden) sabemos de memoria.

En vacaciones todos volvemos en parte a ser esos niños de antaño, hasta rejuvenecen los lugares que se han marchitado. Las aldeas desahuciadas vuelven a vibrar en verano, las ciudades de interior parecen Manhattan, las mesas se llenan de rostros ocasionales y de emigrados por Navidad. Para cerrar el año volvemos de nuevo al tiempo y al lugar en que todo se relativizaba, a los días felices, cuando lo peor que podía ocurrir al cabo de la semana era que te hicieran un caño. Todos estamos distintos (más viejos, más gordos, más delgados, más atareados, más solteros o casados) pero todos estamos igual juntos. Y como Tony, Colin y Alex en ‘El sentido de un final’, de Julian Barnes, convertimos el pasado en anécdotas. Y durante una cena de unas horas -vacilándonos, riéndonos, tirándonos migas de un lado a otro de la mesa- volvemos a parar el tiempo.

Galicia sen chuvia

Galicia sen chuvia

En Galicia non chove, e xa non é un oxímoro. A falta de auga está a perturbar unha paisaxe fermosa, diversa, dun conxunto de cores que escintila. Donde la lluvia es arte, canta con orgullo Siniestro Total no seu gran himno. A testuda escaseza de precipitacións rebaixa o murmurio fuxidío dos seus mil ríos, a forza calma das presas, o verde dos prados e hortas. Pero a seca, asemade, dana a personalidade dun país que, de xeito semellante ós esquimais coa neve, conta cuns cen termos para designar a choiva.

En Galicia as precipitacións son múltiples, non existe un chuvasco homoxéneo. Cada unha das sús 53 comarcas ve chover á sua maneira: orballo, babuxada, chuviscada, dioiva, poalla, torbón, e un longo etcétera. “Merexa”, dicía o meu pai sobre a auga fina e lene que cae nos días escuros de inverno. Os “chuzos de punta” dunha treboada que se levanta de súpeto. “A cachón” ou “a caldeiros”, en situacións similares. Desde hai meses non ten caído case nada.

O noso país sofre o periodo máis seco desde 2005. Despois de declarar o nivel de alerta por primeira vez, a Xunta e a Confederación Hidrográfica do Miño-Sil piden á poboación un consumo responsable. Concellos como o de Ourense, onde ata o Miño devece, restrinxen o baldeo de rúas, reducen a presión do suministro polas noites e pechan a billa das fontes públicas. No que vai de ano, segundo Meteogalicia, o rexistro de precipitacións é menos da metade do acumulado en 2016. Inverno, primavera e verán foron estacións atípicas e secas nesta terra. O cancelo #Galifornia quizais non sexa tan bo.

A situación preocupa. O agro láiase. Sen ter con que saciar a sede dos animais, sen pastos nen forraxes naturais, os gastos soben e a vida xa de por si dificil no rural aínda se complica. Os montes viven esta meteoroloxía adversa sen unha barreira contra o lume intencionado, un mal crónico do país -as lapas son unha ferramenta drástica desde hai séculos- que se reproduce co paso das décadas sen máis solucións políticas que as punitivas e as efectistas: máis avións e helicópteros que vacas e ovellas.

Nos 12 primeiros días deste outubro, rexistráronse en Galicia 235 incendios forestais, o dobre que no mesmo período de 2016 e moi por riba do promedio (91) dos últimos cinco anos, segundo datos da Consellería de Medio Rural. Ourense, un territorio avellentado, disperso e minusvalorado por autoridades pero tamén polos propios inquilinos, rexistra xa 123 focos neste mes. Os lumes fan unha fotografía lamentable do noso ser, amosan a carencia de cultura e amor propio dun pobo por si mesmo, a violencia contra o entorno, a fogueira dos odios e rencores.

A seca, ademais, ten remexido sentimentos de antigo ao facer emerxer aldeas que foran asolagadas en nome dun progreso inxusto e deshumanizado. Os pobos desprazados pola auga e o tempo reivindican neste intermedio a súa memoria, soben e berran na beira das novas aldeas que os substituíron.

Galicia, nunha situación que non lle é propia, está a vivir tristemente, neste outono tan estrano, naquel verso de Borges: “La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”. Mentres o tempo seca o ceo, os ríos e o monte, só nos queda agardar á acollida, figuradamente, e pedir que chova. Que Galicia volva ser Galicia, en definitiva.

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Foto cortesía de Darío Diéguez (@dariodieguez). Presa de Cachamuína (O Pereiro de Aguiar, Ourense)