Celebrando el espejismo

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Pasó como en los instantes previos a un terremoto: la inquietud de los perros por adelantado, segundos antes. Un ladrido al acecho que va contagiando a los animales de los vecinos. Pronto se forma un coro estruendoso acompañado del pulso metálico de los golpes de las cadenas contra las puertas o los objetos del patio. Todavía están los gaiteros recolocándose la vestimenta tradicional tras bajar del coche. Uno apura el primer cigarrillo. Las bocanadas de humo que exhala se confunden con el vaho de una mañana fresca de septiembre. La severa tormenta de esa tarde apenas perfila aún la comisura del horizonte, como un retoque leve de rímel.
Izan los instrumentos y forman con un automatismo. El líder indica la canción y marca el tempo de entrada con una cuenta atrás breve. El sonido rudo de los roncos y la algarabía de octavas, picados, mordentes y graves apaciguan a los perros. El silencio de las mascotas allana el camino del pasacalles con una solemnidad extraña.
La música atraviesa las calles estrechas de la primera aldea por la que pasará la alborada (58 personas censadas) sin desposeerla de su aspecto fantasmagórico. El quinteto, que ha llegado para alegrar la soledad, no la modifica. Son las nueve de la mañana de un sábado. Nadie corre las cortinas. No hay siquiera quien salga a lanzar un reproche por el ruido a deshora. El paseo folclórico lo cierra la comisión de fiestas. Voces disfónicas, acúfenos y legañas incipientes. Gafas de sol polarizadas tratan de disimular una dormida fugaz.
Cuando el grupo se marcha, “el único vecino” del lugar que estuvo en la verbena (subraya él mismo) saluda con el brazo desde la escalera de su casa, desafiando sin parte de arriba al tiempo desabrido. Otra mujer se justifica en camisón desde la ventana. Por lo demás, el pueblo sigue recogido. Se nota por los carteles de las fiestas, con su amarillo fluorescente algo desvaído, que el otoño está ya en el umbral.
La parroquia tiene cinco aldeas en dos municipios. La primera a la que va la comitiva no pertenece a ese territorio pero solo la separa el río, exiguo a estas alturas. En toda la zona no hay ni 150 habitantes en 2,5 kilómetros lineales diseminados de casas, de esta y otras épocas. Las muertes reducen el recorrido de los gaiteiros. Cada año una familia, si no varias, queda al margen del trayecto por su propia elección. Mi padre, que era un apasionado de Los Tamara, la Orquesta Compostela o Los Satélites, también dejó de poner música en la suya cuando falleció su mejor amigo. Esta vez, el luto por tres difuntos en viviendas aledañas limita el paso de los músicos por uno de los pueblos a la mínima expresión. En otro domicilio, en cambio, el duelo de hace unos años ha quedado atrás. Una vecina reparte dulce y cervezas a los artistas y los organizadores.
Ya es mediodía y las nubes cumulonimbo seducen con una belleza arrebatadora y falsa. Unas horas más tarde, arrojarán una tromba descomunal. Los feriantes temen una tarde perdida cuando arrecia. En la ciudad, a 17 kilómetros, se suceden las incidencias por el mal tiempo. Aquí parece el apocalipsis desde la carpa de hierros y lona del campo de la fiesta. En el bar de la comisión hay, no obstante, cuatro irreductibles que ni parpadean ante el destello de los rayos.
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Las banderitas, las guirnaldas de luces, las copas y las orquestas, con sus canciones imperfectas y manoseadas, pero qué pegadizas, crean una atmósfera líquida e irreal. La fiesta dura tres días y en la verbena hay bastante gente para lo que es el rural. No se lanzan fuegos de artificio por el riesgo de incendio. Algunos vecinos se ven por primera vez en un año, muchos desde el último entierro. Los matrimonios bailan, la gente come y bebe a reventar, los niños arrancan a sus padres el último juguete antes de la vuelta al cole.
En la sacristía ocho curas ancianos esperan para dar misa, sin demasiada disposición. El más joven tiene setenta y pico. Todos van de blanco. Los feligreses ofrecen dinero por portar la imagen de su virgen, la de los Remedios, a la salida de la iglesia. Algunos, hombres en su inmensa mayoría, aprovechan el inicio de la procesión para acodarse en la barra para el vermú. Los grupos llegan en arreones al bar tras la eucaristía.
“Las alboradas están desapareciendo”, dice uno de los músicos en el camino de un pueblo a otro, mientras el coche escupe la gravilla sin apelmazar de una de las carreteras locales, que presentan el firme nuevo coincidiendo con las fiestas. Tampoco hay maleza estos días en las cunetas de la parroquia. Tras meses de preparativos y unas últimas semanas de atracón, la comisión salva la tradición al menos un año y deja el testigo a la siguiente. Vuelve a experimentar lo que es dormir. El baile termina, las atracciones se van, los pueblos se vacían de nuevo, el espejismo se difumina.
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Vivos y muertos

Vivos y muertos

Mi padre, que es persona de paz, noble y creyente, guarda rencor al cura que intervino maliciosamente en uno de los mayores agravios que sufrió su familia, según su convencimiento. La lápida de sus progenitores – el hombre ya era anciano cuando vino al mundo y la madre murió demasiado joven- fue separada de la tumba para dejar espacio a un nuevo panteón en una porción enajenada por la iglesia. Nadie pidió permiso y la inscripción de mis abuelos sigue desgajada del nicho, contra los muros del templo, como una antigua cicatriz que aún duele.

Ni siquiera los muertos se libran de nuestra mezquindad. Sufren conversaciones banales y chismes a voz en grito de las que no pueden defenderse, han presenciado discusiones por la herencia en mitad del velatorio o -lo que es peor- cínicos rezos y gestos de consuelo de allegados que se afanaron, en vida, por amargarlos a rabiar. Hay difuntos que fueron testigos de los pleitos más materialistas y terrenales. Pocos tan surreales como aquel del cura Felisindo Rodríguez, que fue párroco en varias aldeas de Verín (Ourense). Hablando como el propietario de una funeraria pero ataviado con la sotana de los pies a la cabeza, exigió a la Guardia Civil el derecho sobre un muerto que yacía en el asfalto tras un accidente de tráfico, frente a un empresario de la competencia que ya se disponía. Don Felisindo, un conseguidor de votos del PP en el rural ourensano, fue juzgado y absuelto por unas obras de la Xunta que estaban finalizadas antes de adjudicarse. La Audiencia Provincial rebajó la ilegalidad a una “chapuza administrativa” y el controvertido sacerdote siguió con sus ocupaciones espirituales – también impartía la asignatura de Religión- hasta que falleció en 2011.

No conozco la idiosincrasia de otros lugares, sólo superficialmente el intrincado universo de Galicia, donde el culto a la muerte es endémico, contradictorio y reverencial, más supersticioso que racional muchas veces. Una parte del ahorro de las pensiones más pequeñas de España sufraga los seguros funerarios y los panteones para reunir, al otro lado, a toda la familia, también a los mal avenidos. La muerte se vive con naturalidad aunque se tema y se eluda porque nadie ve la hora adecuada de partir.

La cuenta de los fallecidos monopoliza las conversaciones, las esquelas son las noticias más leídas y los funerales, actos más multitudinarios que las fiestas parroquiales y las bodas. El 1 de noviembre y los días previos hay más vivos que difuntos en los cementerios y las lápidas lucen como la plata recién bruñida. Al festejar la vida, quien celebra se santigua frente a la muerte, con independencia de la edad: “¡De hoxe nun ano!”, dice uno de los brindis más habituales por aquí.

Galicia atesora mitos y leyendas que superan el ambiente tenebroso de las novelas de Stephen King. En la tierra que no niega la existencia de la Santa Compaña, las almas que vagan sin amparo, o el lobishome, se combate el miedo a lo esotérico con cruceiros y petos de ánimas, pero también con manías, ajos y velas. Cada 29 de julio, en Santa Marta de Ribarteme (As Neves, Pontevedra), se celebra una manifestación extraordinaria que saca de la iglesia, en procesión, ataúdes en fila. Los fieles dan gracias a la patrona por su favor para superar una grave enfermedad, figurando el tránsito al cementerio como si fueran cadáveres. Es el rito de Os mortos vivos, con raíces en la Edad Media, y quienes portan a los supuestos difuntos son familiares, amigos o vecinos.

El enterramiento en un país que envejece y apenas ve nacimientos representa una próspera industria que, poco a poco, se renueva. Las tradiciones, férreas y casi inamovibles, también se han acompasado a los tiempos. Los muertos ya no se pueden despedir, como sucedía siempre, en los hogares, donde los deudos se desatendían del trance para centrarse en las visitas, ofreciéndoles hospitalidad, también en esas circunstancias, tal y como la entendían: conversación, café, asientos cómodos, bebidas y comida. De un tiempo a esta parte los tanatorios campan por todo el territorio y son obras demandadas que dan votos, aunque sean lugares a los que nadie quiere ir.

Me encantaría un lugar en los funerales gallegos para decir adiós como en Nueva Orleans, donde la vida se sitúa al nivel de la muerte. El acompañamiento afligido al cementerio se transforma en baile y alborozo de regreso a la ciudad, cuando el swing embarga por un instante la melancolía y la tristeza.

La norma son las despedidas dolorosas, donde los niños que entierran a un abuelo ven llorar a sus padres por primera vez, donde los intérpretes rectos del evangelio miden el balance entre vida ejemplar y pecado. En el cementerio ourensano de San Francisco, un Bien de Interés Cultural que se erige como una atalaya en una colina de la ciudad, hay un grabado en la puerta que reza: “El término de la vida aquí lo veis, el destino del alma según obréis”.

Prefiero las despedidas que evitan el trauma y convocan los recuerdos de un tiempo mejor y las sonrisas, en honor a quien se ha ido. Ha ocurrido recientemente en Galicia, quién lo diría, en dos ocasiones. En Vigo, familiares y amigos de Alicia Jones, brindaron por ella entre anédcotas y bromas, tras acudir a la llamada de una esquela en Faro de Vigo que invitaba a decirle adiós tomando “la vino y el tortilla”. La frase estaba escrita con toda la intención para reflejar cómo era esta docente galesa que durante más de medio siglo vivió en la ciudad pontevedresa. “No se esforzó porque era muy pasota. Confundía mucho los artículos y quisimos hacerle ese guiño”, dijo al periódico su hija Julie. Si existe el más allá, seguro que Fruty saludó desde ese otro lado un deseo cumplido. Tal y como quería, sus amigos y familiares lo despidieron brindando en la cervecería donde paraba casi a diario. Quizá en la tierra donde la muerte es superstición, miedo y mito, diremos cada vez con más frecuencia, con la alegría posible: ¡Hasta siempre!