Ciudades

Ciudades

La ciudad se exhibe y se esconde; cambia y se contradice, como tú y como yo. Existe por naturaleza, como advirtió Aristóteles. Suele despistar el goteo de farolas que vociferan en el mismo lugar donde el sol se estampaba contra los cristales de los edificios. El mapa ha cambiado del día a la noche. No hay rastro de esa imagen de postal al atardecer; duerme la playa sobre una cama deshecha, donde los chillidos de los críos -unas horas antes, unas horas después- discuten con las olas, pierden y rompen. En todas crece un árbol delante de la casa de un suicida, recoge un poema de Luis García Montero.

La ciudad es promiscua, cruel y polifacética y, tantas veces, indescifrable. Están construidas de deseos y miedos, dijo Italo Calvino. Con el crepúsculo cambian casi todos los actores a excepción de los runners, que corren a todas horas, bordeando el río, o el parque, o el Atlántico, o la crisis de los cuarenta, con los ojos en el precipicio y la ropa resplandeciente, saltando con el móvil a la acera.

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La ciudad recibe de noche, huraña o despendolada, depende. Las horas postreras echan el telón de las oficinas pero van calefactando los bares. Nunca tiene legañas, no se le ven. Solo arrugas en sus lugares de antaño y quejidos que se traducen al mundo con señales de humo.

Las ciudades se conocen por primera vez dos veces, con sol y con luna. En cualquier caso, muestran mil perfiles y, en cada nueva mirada, un pequeño matiz trascendental. La ciudad reserva un maquillaje para cada ocasión y destruye las costumbres, como en la canción de José Alfredo Jiménez.

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La playa

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¿No idealizamos la playa? Lo hacen incluso los psicólogos. Cuando aconsejan ensayar un pensamiento para algún momento de agobio, sugieren un arenal. La imagen que uno construye es idílica: las olas casi se respiran; la arena se desliza por cada recoveco pero no se entromete; el sol aterriza con suavidad; el cielo y el mar son un barniz de colores, brisa y salitre. Cuando uno imagina una playa quiere degustar con los sentidos imágenes poéticas como las que desfilan en las estrofas de Vestida de Nit, de Silvia Pérez Cruz. Protagonizar una historia emocionante en un entorno de postal, como esa foto de perfil que logra tantos me gusta.

Cuando el mar aparece, esa primera impresión impresiona. Si la arquitectura es música congelada, según Goethe, una playa es una balada de Oscar Peterson. Es una obra perfecta. Pero pronto se desgasta. El sol cuelga del techo e inflige castigos duros: picores, rojeces, un moreno discrecional. La arena te araña. La risa insoportable de la toalla de al lado. El sonido del wasap de la toalla de al lado. El golpeteo pulsátil de una pareja entretenida jugando a las palas. El sonido paradisiaco de la playa (no es silencio, sino viento y espuma), enmascarado por molestias de diario.

Desde el interior, ir a la playa es como viajar al futuro. Para llegar al mar, a veces, es necesario emigrar, y antes de que se divise la ría hay muchos kilómetros de asfalto. Obliga a hacer mochilas, a caber en el bañador, a rebozarse en crema, a pensar en la comida, a conseguir un aparcamiento, a perder la vergüenza, a cargar con cien cachivaches para tomar una esquina del arenal.

Cuando llueve y hace frío en una ciudad como Ourense, solo las gaviotas nos evocan que ahí fuera habrá una playa. Encastrados entre montañas, sumidos en el valle. Cuando luce un sol extremo, hasta las calles se van. Esos días insufribles, los vecinos nos saludamos a primera hora, cuando la temperatura aún transige. Ni siquiera reparamos en los valores exarcebados de algún termómetro, donde los selfies son casi nuestro recurso que más fascina a los turistas. Los ourensanos vamos en masa hacia la playa para reencontrarnos en Samil, que el resto del año cedemos a Vigo; en Playa América, donde la desembocadura del asfalto es literal; o en A Lanzada, ese arenal en el que todos nos despertamos de la siesta con el barquillero y su “al rico parisién“. En ocasiones sus 2,5 kilómetros de orilla parecen la Rúa do Paseo y Sanxenxo, Ourense.

La playa, en definitiva, es ese lugar extraño al que vamos a menudo. El paraíso natural que nos estresa. Un lugar idìlico de lo más normal.

Gatos

gatos2Los viajes de vacaciones tienen esa capacidad de imponer una rutina muy sacrificada. Paseos, museos, terrazas, pantalones cortos, hoteles, helados, aglomeraciones, playas, moreno. Todo un carrusel de novedades y momentos para la memoria (e Instagram, donde trascienden) que a veces te derrotan. Las endorfinas dan para poco. Ocurrió hace dos veranos en Roma. Tras serpentear por los puestos bulliciosos de Campo di Fiori; tras probar el amargor del mejor café del mundo en Sant’Eustachio, gracias a esa crónica-guía de la ciudad que es Historias de Roma, de Enric González; tras contemplar la Fontana dei Quattro Fiumi, de Bernini, apoyados en la iglesia de Santa Inés, a más de 30 grados; entramos en un restaurante italiano cualquiera, sin pretensiones. Después de un plato de macarrones con albahaca, mientras nos decidíamos por algo más, Laura sacó del bolso una libreta. Urgía desconectar de las vacaciones, del síndrome de Stendhal que provoca Roma. Habíamos recorrido 2.300 kilómetros en un Renault Clio, y allí estábamos, frente a frente, en la esquina de un restaurante decadente, repasando en un cuaderno todos los nombres, derivaciones y apelativos cariñosos con los que nos dirigimos a nuestro primer gato. Salieron 67 palabras de uso frecuente; no bromeo.

Sucede, en ocasiones, que nombrar algo es más difícil que tenerlo. Por eso, sabiendo que ahora no es el momento para vivir con un perro, hemos empezado por lo complejo: escoger cómo se llamaría. Será cuando sea, pero será Macario. Al gato, al primogénito, le puse Milocho. Hay quien se extraña cuando sale el tema, “¿y por qué no Milnueve?”, una pregunta que implica haber probado antes la cerveza, o seguir bajo sus efectos. La verdadera razón es un principio de economía: es un nombre real que puede expresarse en números y letras.

El segundo gato es hembra, hermana y sobrina de Milocho. Procedimos con ella como tantos padres que recurren al nombre de sus artistas favoritos, como si la canción del verano aguantase fresca para siempre. Podía ser Shakira, podía ser Jennifer, e incluso podía ser Janis, como lo fue la gata de mi amigo Xenxo durante una hora, hasta que se dio cuenta de que era macho. Entonces lo llamó Jagger. Nuestra gata tenía que ser Norah. Quedaba alternativo y molón. Pero hay un factor con el que no contamos al nombrar a una mascota: que lo acepten. A las dos semanas de llegar intentó comerse unas chinchetas, le encanta arrojarse sobre su hermano mayor y mordisquearle las piernas, ingerir plásticos, despertarnos de madrugada y destrozar cables: ha mutilado unos 10 cargadores de móvil y ordenador, el enganche del televisor, el mando de la Play y el alimentador de una lámpara, que le estalló en los dientes. Creo que ella ve culebras y satisface un doble instinto: cazar y agasajarnos. Norah se puso el nombre a sí misma. Se llama Chinchi. Maúlla con una voz de cizalla, ni siquiera como uno cree que sonará su gato. Ya lo dijo Umberto Eco: “Son de las pocas criaturas que no se dejan explotar por sus dueños”.

Tiene un aire a Morriña, un felino que sale en El Bosque Animado, de Wenceslao Fernández Flórez. El animal se contagia por el tono mágico de la novela y, un día, sale de su casa para unirse a un clan de iguales que también se ponen nombre y objetivo: las “panteritas” planean atacar a un buey. La aventura se prolonga hasta que Morriña echa de menos la comodidad y el calor del hogar, la comida a mesa puesta y la inofensiva empresa de, a lo sumo, tener que cazar un ovillo.

El gato es el animal más atractivo y fascinante, el más escrito y descrito, desde Edgar Allan Poe a Mark Twain o Bukowski. Del más de medio centenar con los que al parecer vivió Hemingway (conviene poner sus cifras en entredicho, pues también se jactaba de haber matado a 183 hombres en su vida), a los versos que Jorge Luis Borges dedicó al rebelde Beppo. O al hermoso poema que Baudelaire incluyó en Las Flores del Mal: “Ven, bello gato, a mi amoroso pecho; / retén las uñas de tu pata, / y deja que me hunda en tus ojos hermosos / mezcla de ágata y metal”. También han sido grandes protagonistas en el cine. Quizá ninguno bordó su papel como lo hizo Gato, en Desayuno con Diamantes, reapareciendo bajo la lluvia e impertérrito durante el icónico beso de Holly Golightly (Audrey Hepburn) y Paul Varjak (George Peppard) en el final del film, mientras suena Moon River.

En uno de los últimos días en Roma nos detuvimos en el Área Sacra mientras los vecinos de la zona daban de comer a la ingente población de gatos que ocupan las ruinas de los primeros templos de la ciudad, el teatro y la curia de Pompeyo, donde fue asesinado Julio César. Acorralados por el estrés de las vacaciones, aquellos mininos vagabundos nos relajaban, conectándonos con nuestro día a día de bolas de pelo. Tan tranquilo y común. Tan feliz y rutinario.

Milocho tiene la costumbre de pedir a gritos un paseo a mediodía, como si fuera un perro. Chinchi, de mirar la vida pasar desde el lomo del sofá, postrándose ante la ventana como un anciano que repasa sus días. A él le gusta sólo el agua a chorro del bidé y a ella, la pechuga de pavo baja en sal. Los dos están enganchados a los helados y al Stardust de John Coltrane, que los doma y los mece. No concibo la vida sin gatos ni hay mejor universo que el de las cuatro paredes de casa en la que habitan los ronroneos, las siestas de 8 horas, las miradas escrutadoras y amenazantes, el tacto de terciopelo de sus lomos. Viva esa rutina.