Vivos y muertos

Vivos y muertos

Mi padre, que es persona de paz, noble y creyente, guarda rencor al cura que intervino maliciosamente en uno de los mayores agravios que sufrió su familia, según su convencimiento. La lápida de sus progenitores – el hombre ya era anciano cuando vino al mundo y la madre murió demasiado joven- fue separada de la tumba para dejar espacio a un nuevo panteón en una porción enajenada por la iglesia. Nadie pidió permiso y la inscripción de mis abuelos sigue desgajada del nicho, contra los muros del templo, como una antigua cicatriz que aún duele.

Ni siquiera los muertos se libran de nuestra mezquindad. Sufren conversaciones banales y chismes a voz en grito de las que no pueden defenderse, han presenciado discusiones por la herencia en mitad del velatorio o -lo que es peor- cínicos rezos y gestos de consuelo de allegados que se afanaron, en vida, por amargarlos a rabiar. Hay difuntos que fueron testigos de los pleitos más materialistas y terrenales. Pocos tan surreales como aquel del cura Felisindo Rodríguez, que fue párroco en varias aldeas de Verín (Ourense). Hablando como el propietario de una funeraria pero ataviado con la sotana de los pies a la cabeza, exigió a la Guardia Civil el derecho sobre un muerto que yacía en el asfalto tras un accidente de tráfico, frente a un empresario de la competencia que ya se disponía. Don Felisindo, un conseguidor de votos del PP en el rural ourensano, fue juzgado y absuelto por unas obras de la Xunta que estaban finalizadas antes de adjudicarse. La Audiencia Provincial rebajó la ilegalidad a una “chapuza administrativa” y el controvertido sacerdote siguió con sus ocupaciones espirituales – también impartía la asignatura de Religión- hasta que falleció en 2011.

No conozco la idiosincrasia de otros lugares, sólo superficialmente el intrincado universo de Galicia, donde el culto a la muerte es endémico, contradictorio y reverencial, más supersticioso que racional muchas veces. Una parte del ahorro de las pensiones más pequeñas de España sufraga los seguros funerarios y los panteones para reunir, al otro lado, a toda la familia, también a los mal avenidos. La muerte se vive con naturalidad aunque se tema y se eluda porque nadie ve la hora adecuada de partir.

La cuenta de los fallecidos monopoliza las conversaciones, las esquelas son las noticias más leídas y los funerales, actos más multitudinarios que las fiestas parroquiales y las bodas. El 1 de noviembre y los días previos hay más vivos que difuntos en los cementerios y las lápidas lucen como la plata recién bruñida. Al festejar la vida, quien celebra se santigua frente a la muerte, con independencia de la edad: “¡De hoxe nun ano!”, dice uno de los brindis más habituales por aquí.

Galicia atesora mitos y leyendas que superan el ambiente tenebroso de las novelas de Stephen King. En la tierra que no niega la existencia de la Santa Compaña, las almas que vagan sin amparo, o el lobishome, se combate el miedo a lo esotérico con cruceiros y petos de ánimas, pero también con manías, ajos y velas. Cada 29 de julio, en Santa Marta de Ribarteme (As Neves, Pontevedra), se celebra una manifestación extraordinaria que saca de la iglesia, en procesión, ataúdes en fila. Los fieles dan gracias a la patrona por su favor para superar una grave enfermedad, figurando el tránsito al cementerio como si fueran cadáveres. Es el rito de Os mortos vivos, con raíces en la Edad Media, y quienes portan a los supuestos difuntos son familiares, amigos o vecinos.

El enterramiento en un país que envejece y apenas ve nacimientos representa una próspera industria que, poco a poco, se renueva. Las tradiciones, férreas y casi inamovibles, también se han acompasado a los tiempos. Los muertos ya no se pueden despedir, como sucedía siempre, en los hogares, donde los deudos se desatendían del trance para centrarse en las visitas, ofreciéndoles hospitalidad, también en esas circunstancias, tal y como la entendían: conversación, café, asientos cómodos, bebidas y comida. De un tiempo a esta parte los tanatorios campan por todo el territorio y son obras demandadas que dan votos, aunque sean lugares a los que nadie quiere ir.

Me encantaría un lugar en los funerales gallegos para decir adiós como en Nueva Orleans, donde la vida se sitúa al nivel de la muerte. El acompañamiento afligido al cementerio se transforma en baile y alborozo de regreso a la ciudad, cuando el swing embarga por un instante la melancolía y la tristeza.

La norma son las despedidas dolorosas, donde los niños que entierran a un abuelo ven llorar a sus padres por primera vez, donde los intérpretes rectos del evangelio miden el balance entre vida ejemplar y pecado. En el cementerio ourensano de San Francisco, un Bien de Interés Cultural que se erige como una atalaya en una colina de la ciudad, hay un grabado en la puerta que reza: “El término de la vida aquí lo veis, el destino del alma según obréis”.

Prefiero las despedidas que evitan el trauma y convocan los recuerdos de un tiempo mejor y las sonrisas, en honor a quien se ha ido. Ha ocurrido recientemente en Galicia, quién lo diría, en dos ocasiones. En Vigo, familiares y amigos de Alicia Jones, brindaron por ella entre anédcotas y bromas, tras acudir a la llamada de una esquela en Faro de Vigo que invitaba a decirle adiós tomando “la vino y el tortilla”. La frase estaba escrita con toda la intención para reflejar cómo era esta docente galesa que durante más de medio siglo vivió en la ciudad pontevedresa. “No se esforzó porque era muy pasota. Confundía mucho los artículos y quisimos hacerle ese guiño”, dijo al periódico su hija Julie. Si existe el más allá, seguro que Fruty saludó desde ese otro lado un deseo cumplido. Tal y como quería, sus amigos y familiares lo despidieron brindando en la cervecería donde paraba casi a diario. Quizá en la tierra donde la muerte es superstición, miedo y mito, diremos cada vez con más frecuencia, con la alegría posible: ¡Hasta siempre!

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