La aldea

La aldea

Agosto libra a las aldeas del vacío pertinaz que sufren todo el año: remotas y olvidadas salvo por sus vecinos, que las conservan y persisten, o cuando una historia truculenta las sitúa en los periódicos, destripando con un prisma deformado sus pasiones y contradicciones. Lejos de ser siempre relajante y hospitalario, el silencio sostenido durante tanto tiempo (en las noches insistentes de invierno, sobre todo) puede llegar a ser el ruido más ensordecedor, como decía Miles Davis. La España vacía que retratan autores como Sergio del Molino. Una parte de nosotros siempre presente, aunque estemos lejos, pensando o viviendo en las antípodas.

En agosto resucitan los recuerdos de la infancia. El tiempo es más relativo. Bullen las plazas de las villas y hay vida sin amargura en las terrazas de las casas hasta que el otoño llega a cerrarlas. Se reencuentran, ríen y discuten con pasión las familias dispersas por el mundo. Hay al menos una fiesta por cada parroquia, con verbenas al aire libre y comidas multitudinarias e interminables sobremesas. Es el tiempo mejor para la empanada y el pulpo á feira; para las sardinas y la ensaladilla de casa. Las aldeas reciben a los emigrantes, pudientes o no, tan necesitados de curarse la nostalgia en la tierra de partida, la que dejaron por sí solos o en la piel de sus padres o abuelos. Sanxenxo (Pontevedra) se convierte en la tercera ciudad gallega en vacaciones. En A Veiga, en la provincia de Ourense, la llegada de viajeros y retornados con domicilio en otras comunidades o países cuadruplica el censo.

El resto del año los pueblos pequeños, nuestros álbumes de recuerdos y en ocasiones también nuestros graneros, se limitan a sus rutinas pausadas. Sus calles se agostan, su pulso decae, la crisis demográfica se agrava. Hay más de 30.000 núcleos en Galicia (el 40% de los lugares de toda España) y crece cada año el número de localidades sin un solo habitante, ya más de 3.500. Los vecinos residentes (menos cada vez) regresan a sus ocupaciones, y muchos a la simple contemplación de la soledad. Miden la resistencia del calendario a que el verano vuelva a empezar. Las aldeas dormitan de entierro en entierro hasta que vuelve, hasta que todos regresamos. Nuestros pueblos son nuestra matriz.

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La verbena del barrio

La verbena del barrio

Una parte de nosotros espera las fiestas como una oportunidad para transgredir, recordar lo mejor y envidar a la suerte. Las barracas mudan el paisaje y toman las ciudades y los pueblos, borrando las convenciones y el contexto. Cachivaches, luces, autocaravanas, colchonetas y plataformas ambulantes son una obra teatral y pasajera. Quién no querría ser como Manolo El Pijoaparte en la verbena de Sant Gervasi, aun con una apariencia inventada, falsa pero efectiva. El galán bueno pero deshonesto que Marsé proyectó sobre un vulgar ladrón de motocicletas. Quién no se ha imaginado en las fiestas de barrio que evoca esa canción de Quique González, con los bancos de hierro, en los coches de choque, llenos de gitanas guapas; con los amigos quemando piedra. Nadie pide una velada opulenta y glamurosa en el jardín de Jay Gatsby.

Falta Raimundo Amador en la verbena de mi distrito y queda muy lejos la adolescencia. No hay melodías a la altura de la atmósfera esperada. Se ha apagado la banda sonora de los 90: “Cantantes de orquesta que actúan en play-back, / escopetas fallidas y televisores, / bailarinas que nunca llegaron a estrellas”, dice Día de Feria, de González.

El reguetón, esa pandemia, cubre los puestos y barracas de una nube pegajosa. Las atracciones que suben, bajan, giran y regurgitan a la concurrencia emiten más ruido de canciones infames que adrenalina; el remix a todo volumen apenas deja oír los gritos de descontrol y desahogo de la montaña rusa. Suben los decibelios con el anuncio de un último perro piloto. El tumulto cierra calles y paseos pero no expulsa del todo a los coches, que se acumulan en los márgenes, entre señales de prohibido.

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No quedan plazas para bailar, los mayores y nostálgicos se plantan frente a los camiones orquesta en la calzada, lejos del trajín de los puestos y sus músicas grabadas. Más reguetón, solo que peor, y pases en ropa hortera, sino directamente en trajes de baño. Los chicos se alejan del barrio porque el ambiente espanta incluso el botellón. Ya no veo el viejo tren de la bruja donde nos asustaban a escobazos, ni el dragón que frecuentábamos mi padre y yo con las fichas que sobraban de un año para el siguiente. Al menos se mantiene la tradición de que Antonio corte un racimo de godello, siempre de la misma viña, en Quenlle, para que el santo lleve uvas en la mano en la procesión. La iglesia aguanta y el cura echa broncas a los niños por sus modales en la misa de 12, y a los padres por consentirlos. Vaya modo peculiar de no perder clientes.

Por la mañana los puestos duermen, los castillos hinchables son reinos conquistados y la ciudad sortea los obstáculos que le aparecen. Suena la música verdadera: la de las charangas y los gaiteros, la de los coches despertando. Por la tarde y por la noche, hasta la última, la verbena vuelve, cada vez peor, cada día más decadente. Siempre vuelve; siempre esperamos que vuelva como siempre.

Qué importa el nombre

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No se acerca al extremo de la Duquesa de Alba y su veintena de nombres (María del Rosario Cayetana Paloma Alfonsa Victoria Eugenia Fernanda Teresa Francisca de Paula Lourdes Antonia Josefa Fausta Rita Castor Dorotea Santa Esperanza Fitz-James Stuart y de Silva Falcó y Gurtubay), pero la verdad es que yo también he sentido cómo hostiga el exceso de letras antes de que llegue el apellido, haciendo casi un tapón. José Javier exige logopeda y deja margen suficiente para darse a la fuga. Y como a la popular aristócrata fallecida en 2014, que entre todas sus denominaciones oficiales y oficiosas prefería la de “Tana”, yo también tengo un nombre favorito de los dos, mi segundo apellido. Un poco como la Fender Telecaster, casi más conocida como La Tabla tras ser popularizada por James Burton, el guitarrista de Elvis. O como el presidente de Estados Unidos. “El apellido Trump es de ascendencia alemana. Nadie sabe realmente de dónde viene. Es poco común pero es un buen nombre”, dijo a Mark Singer, periodista del New Yorker.

En Galicia, en el país de las 600.000 vacas, ese animal totémico que sale hasta en una bandera, donde todas y cada una están identificadas más allá de un chip (Rubia, Marela, Linda, Paloma, Roxa, Pinta, Rosalía e incluso Beyoncé, Pantoja o Shakira), son más los varones que se llaman Manuel y José. Entre las mujeres sobresale María Carmen. Martín, Hugo, Martina, Sara o Noa son los que están de moda entre los recién nacidos. Para nuestra riqueza sigue habiendo quien lleva en el DNI Felicísimo, Hortensia, Ataúlfo, Bonifacio o Hermindo. Y lugares que subliman la importancia del nombre. Por ejemplo, en Huerta del Rey (Burgos), donde entran en disputa los más originales: Filadelfo, Iluminada Ninfodora, Canuto, Baraquisio, Austiquiliniano, Filogonio, Virísima o Digna Marciana, como tan bien contó este reportaje de El Mundo.

La manera de llamarse define a una persona, y creo que determina incluso sus personalidades, que son múltiples e impredecibles, claro. Yo tengo un carácter diferente según cómo se me dirijan, aunque también influye quién lo haga. Uno y otro de mis nombres, y alguno de los múltiples diminutivos y ciertos apodos, encajan con determinada situación. Para mi madre y mi hermana siempre he sido José Javier, o sea, que siempre he sido el mismo. Como para mi abuela, salvo cuando se enfadaba y me llamaba por el segundo, vehemente. Para mi padre, de quien he heredado las orejas y las timidez, fui “neno” desde pequeño. En el colegio mi única identidad conocida era Jose. Lo acentúan, casi siempre, las teleoperadoras que intentan venderme algo. En la universidad empecé a transformarme. Fui JJ (jota-jota) y finalmente Javier. Javi me llamaban las amigas de mi hermana, cuando era niño, y así me presentan en casa a algunos desconocidos. En el trabajo soy Fraiz, sobre todo. Para mi sobrina Lola (que no es hipocorístico de Dolores), padriniño. Si me detienen seré J. J. L. F; atentos a las noticias. En el telefóno del periódico sale el nombre completo, como si debiera presentarme en el juzgado o rendir cuentas ante Hacienda. Como si contemplara mi lápida.

Hay nombres que esperan, durmiendo, una nueva oportunidad, tras quedar olvidados en la adolescencia. Nombres según el estado de ánimo del interlocutor. Aunque hay quien te invoca solo con la mirada, llamar a alguien es reconocerle medida, existencia, respeto. Hasta con las peores intenciones y durante esas letras, dirigirse a alguien por el nombre es un acto civilizado. Aunque el trasfondo sea un tú contra él, un “¡apártate, que es mío!”. “Dame un nombre”, dicen los gánsteres a sus víctimas inminentes. También la policía a los pentito de la mafia. Un nombre para preparar a alguien para la muerte, como hacen los médicos antes de dar una noticia terrible (en 5 segundos, y a otra cosa), o como en ese monólogo permanente de El viejo y el mar, de Hemingway: “Pez” -le dice- , yo te quiero y te respeto muchísimo pero acabaré con tu vida antes de que termine este día”. Aunque reniegues, eres tu nombre.

La playa

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¿No idealizamos la playa? Lo hacen incluso los psicólogos. Cuando aconsejan ensayar un pensamiento para algún momento de agobio, sugieren un arenal. La imagen que uno construye es idílica: las olas casi se respiran; la arena se desliza por cada recoveco pero no se entromete; el sol aterriza con suavidad; el cielo y el mar son un barniz de colores, brisa y salitre. Cuando uno imagina una playa quiere degustar con los sentidos imágenes poéticas como las que desfilan en las estrofas de Vestida de Nit, de Silvia Pérez Cruz. Protagonizar una historia emocionante en un entorno de postal, como esa foto de perfil que logra tantos me gusta.

Cuando el mar aparece, esa primera impresión impresiona. Si la arquitectura es música congelada, según Goethe, una playa es una balada de Oscar Peterson. Es una obra perfecta. Pero pronto se desgasta. El sol cuelga del techo e inflige castigos duros: picores, rojeces, un moreno discrecional. La arena te araña. La risa insoportable de la toalla de al lado. El sonido del wasap de la toalla de al lado. El golpeteo pulsátil de una pareja entretenida jugando a las palas. El sonido paradisiaco de la playa (no es silencio, sino viento y espuma), enmascarado por molestias de diario.

Desde el interior, ir a la playa es como viajar al futuro. Para llegar al mar, a veces, es necesario emigrar, y antes de que se divise la ría hay muchos kilómetros de asfalto. Obliga a hacer mochilas, a caber en el bañador, a rebozarse en crema, a pensar en la comida, a conseguir un aparcamiento, a perder la vergüenza, a cargar con cien cachivaches para tomar una esquina del arenal.

Cuando llueve y hace frío en una ciudad como Ourense, solo las gaviotas nos evocan que ahí fuera habrá una playa. Encastrados entre montañas, sumidos en el valle. Cuando luce un sol extremo, hasta las calles se van. Esos días insufribles, los vecinos nos saludamos a primera hora, cuando la temperatura aún transige. Ni siquiera reparamos en los valores exarcebados de algún termómetro, donde los selfies son casi nuestro recurso que más fascina a los turistas. Los ourensanos vamos en masa hacia la playa para reencontrarnos en Samil, que el resto del año cedemos a Vigo; en Playa América, donde la desembocadura del asfalto es literal; o en A Lanzada, ese arenal en el que todos nos despertamos de la siesta con el barquillero y su “al rico parisién“. En ocasiones sus 2,5 kilómetros de orilla parecen la Rúa do Paseo y Sanxenxo, Ourense.

La playa, en definitiva, es ese lugar extraño al que vamos a menudo. El paraíso natural que nos estresa. Un lugar idìlico de lo más normal.

Los días felices

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En mi casa de la infancia el trabajo de mamá ocupaba un salón inhabitable. Aquel cuarto nunca se cerraba (tenía una puerta corredera torpe) y solo dispensaba un trato amable por las noches, cuando la empresa, dormida, se convertía casi en un museo. Me gustaba acercame a hurtadillas a ver los peines y utensilios inmóviles en los tocadores, y a enchufar la luz ultravioleta del aparato que esterilizaba las cortadoras, pero que parecía un equipo de laboratorio de la policía judicial.

Una madrugada de julio, mis padres, sobresaltados tras encontrarse sólo con la huella de mi cuerpo en mi cama, aparecieron muy serios y acalorados en la galería (la sala de espera de las clientela durante el día). Yo había puesto a volar por la ventana unas pompas de jabón, que escalaban hacia las nubes en ristra. Mis padres me habían comprado el juguete en las fiestas del barrio. Era una tradición, como montar en el tren del dragón junto a papá, quien al igual que yo apretaba las muñecas contra la barra de sujeción en buena parte del viaje.

Tengo el ruido de los secadores y las maquinillas, y el latido del timbre y el teléfono impaciente incrustados en la cabeza, en ese lugar recóndito que franquea un olor, o una palabra clave o, a veces, nada. ¿No os ha pasado, conduciendo solos de noche, ensimismados en la luna del vehículo, que de repente aflora un momento olvidado de antaño? Es una imagen perdida, tan vívida, que adjunta imagen y sonido, brisa y olores. Es un recuerdo en varias dimensiones, un ejercicio organoléptico. La merienda de chocolate de la abuela. El destello de un gol decisivo en una temporada de futbito. El beso que casi diste. Una prueba embarazosa en la clase de gimnasia.

El jueves me vino el de aquella vez que llamé a la teletienda para pedir un horno. Como muchos acontecimientos he interiorizado la historia por boca de otros. Tanto que puedo verme de manera despersonalizada, desde fuera de la escena. Se había averiado la cocina y, según parece, tuve en cuenta la necesidad y un comentario de mis padres durante un anuncio. “Nos vendría bien”, dijeron. Mi decidida intervención parecía impecable, ninguno había objetado porque nadie se lo esperaba. Nunca estrenamos aquel horno; el plan hizo aguas enseguida. Mi madre contestó al segundo ring y atendió a la telefonista.
– ¿Es ahí la peluquería Charo?
– Sí -dijo mamá.
– Mire, señora, vuelvo a llamar porque tenemos un pedido de un horno pero nos parecía que sonaba como la voz de un niño. Queríamos confirmarlo.
No sé si por la vergüenza, o porque dudó si aprovechar la oportunidad, pero mi madre vaciló un instante antes de cancelar el encargo. A principios de los 90 se llevaba mucho optar por la cautela. No teníamos Twitter.

Un niño ve el mundo tal y como se lo muestran sus padres, con una suma de inocencia y fascinación que la edad y los desengaños van, poco a poco, mitigando. Ciertamente como creía Picasso: “Todos los niños nacen artistas. El problema es seguir siéndolo al crecer”. Aquel dibujo mío de preescolar habría activado hoy varios protocolos. Entonces ya extrañó a una profesora. Salía mi madre, con su pelo rubio y ondulado de entonces, llevándose las manos a la cabeza, en presencia de mi padre, de mi hermana y de mí; de los 3 que compartíamos con ella la residencia en su trabajo. La maestra se escandalizó y citó a mamá. Ella, tan mal acostumbrada a los más frecuentes comentarios positivos, no sabía dónde meterse, no encontraba explicación. Yo se la di, aquella misma noche.
– Tu profesora Dolores me ha llamado muy preocupada. ¿Por qué me has dibujado en el colegio tirándome de los pelos?
– Porque siempre dices que los impuestos te vuelven loca.

No era muy cómoda aquella forma de emparentar vida y trabajo, familia y peluquería, pero nunca la olvidaré. Fueron años felices. Siempre lo serán. Puede que pase el tiempo hasta cualquier otro día en que acuda a mí, por sorpresa, un recuerdo de aquel pasado iniciático. Creo a fe ciega en esa frase del novelista James Sallis: “Sólo somos la vida que llevamos y las personas a las que conocemos, nada más”.

El periodismo bueno es malo

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Hace ya algún tiempo que el periódico no recibe ningún burofax, y eso me preocupa. Temo que hayamos dejado el oficio en un rincón, arrumbado. Uno teclea de otra manera cuando sabe que la lupa del que manda se sitúa sobre cada frase. Suda en cada párrafo, consciente de que está sobre el filo. Cuando el político de turno, inquisitorial y con inquina, halla un motivo de pleito hasta en una coma. A diferencia de con una novela, que termina cuando el final aparece abruptamente, cambiando el guion a su autor en la penúltima página pero sobre todo rompiendo los esquemas del lector -tan desconcertado que se inflama y lanza improperios-, en el periodismo uno no es consciente de que lo ejerce hasta que incomoda. En los tiempos que corren, en el caso del poder, la reacción es previsible: o amenaza con el juzgado o con aumentar la subvención. Se dice que no eres periodista hasta la primera demanda, o hasta el primer fax que exige una rectificación. Es que el honor se cotiza muy alto.

En mis 7 años de ejercicio del periodismo local he visto un poco de todo. A una compañera, juzgada por lo penal pero felizmente absuelta por llamar tránsfuga a un tránsfuga. A otro, impune pese a su “habilidad” para recoger declaraciones. A un asesino escupiendo a un fotoperiodista mientras era conducido ante al juez. A un alcalde a coces con la prensa, antes de la declaración de su líder y benefactor. A un mando de la Policía reprochando que la competencia dé más espacio a un robo. Por eso me sorprenden poco las declaraciones, con todos los participios mal expresados, del consejero de Justicia e Interior de Andalucía. El alto cargo dijo que el periodismo es un océano de ciencia con un milímetro de profundidad. Como si no lo hubiera escrito ya en su día Julio Camba: “Tanto al periodista como al peluquero se les exige que hablen de todo, y para hablar de todo hay que saberlo todo, lo que es sumamente difícil; o no saber absolutamente nada, lo que es más difícil todavía”.

Siempre que dudo o me vence el hastío pienso en Paco Sarria, compañero y sin embargo amigo. Mentor en todo aquello que no es consabido: en cómo afilar las preguntas, en cómo desconfiar. Hace un par de meses, se le coló un efecto en mitad de la emisión. Estaba repasando los titulares del día cuando, al llegar a una frase sobre la transparencia de la Diputación, una risa enlatada saltó a antena, inopinadamente. No era más que toda la ciudad descojonándose. Paco, decano del Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia, estuvo en las llamadas listas negras en el pasado, y sospecho que también ahora. Se dice que algún político grabó su número en su agenda poniendo “Danger”. Por eso, precisamente, no dudo de que es periodista. Incómodo, mordaz y escéptico en un contexto local tan proclive al servilismo.

Periodistas. No somos infalibles, ni puros, ni perfectos. Cometemos errores garrafales y gramaticales. Intentamos cobrar por lo que damos gratis. Locos por buscar un clic. Desapasionados, a veces. Obedecemos órdenes editoriales, a su vez, muy obedientes. Seguimos llamándonos periodistas aunque trabajemos para un político. Pensamos solo en nuestra firma, en nuestro ombligo, en avanzar a codazos, en titular para un tuit. Damos lecciones y la cagamos igual. Somos una profesión mal considerada por méritos propios. Asumido todo esto, que además quede claro: si los aludidos tienen poder y te elogian, has fallado. Lo dejó claro ese maestro de periodistas que ha sido Miguel Ángel Bastenier: “El periodismo declarativo está muerto, porque la gente habla para salir en el periódico. Hay que publicar lo que se calla, que es lo difícil”.

Gatos

gatos2Los viajes de vacaciones tienen esa capacidad de imponer una rutina muy sacrificada. Paseos, museos, terrazas, pantalones cortos, hoteles, helados, aglomeraciones, playas, moreno. Todo un carrusel de novedades y momentos para la memoria (e Instagram, donde trascienden) que a veces te derrotan. Las endorfinas dan para poco. Ocurrió hace dos veranos en Roma. Tras serpentear por los puestos bulliciosos de Campo di Fiori; tras probar el amargor del mejor café del mundo en Sant’Eustachio, gracias a esa crónica-guía de la ciudad que es Historias de Roma, de Enric González; tras contemplar la Fontana dei Quattro Fiumi, de Bernini, apoyados en la iglesia de Santa Inés, a más de 30 grados; entramos en un restaurante italiano cualquiera, sin pretensiones. Después de un plato de macarrones con albahaca, mientras nos decidíamos por algo más, Laura sacó del bolso una libreta. Urgía desconectar de las vacaciones, del síndrome de Stendhal que provoca Roma. Habíamos recorrido 2.300 kilómetros en un Renault Clio, y allí estábamos, frente a frente, en la esquina de un restaurante decadente, repasando en un cuaderno todos los nombres, derivaciones y apelativos cariñosos con los que nos dirigimos a nuestro primer gato. Salieron 67 palabras de uso frecuente; no bromeo.

Sucede, en ocasiones, que nombrar algo es más difícil que tenerlo. Por eso, sabiendo que ahora no es el momento para vivir con un perro, hemos empezado por lo complejo: escoger cómo se llamaría. Será cuando sea, pero será Macario. Al gato, al primogénito, le puse Milocho. Hay quien se extraña cuando sale el tema, “¿y por qué no Milnueve?”, una pregunta que implica haber probado antes la cerveza, o seguir bajo sus efectos. La verdadera razón es un principio de economía: es un nombre real que puede expresarse en números y letras.

El segundo gato es hembra, hermana y sobrina de Milocho. Procedimos con ella como tantos padres que recurren al nombre de sus artistas favoritos, como si la canción del verano aguantase fresca para siempre. Podía ser Shakira, podía ser Jennifer, e incluso podía ser Janis, como lo fue la gata de mi amigo Xenxo durante una hora, hasta que se dio cuenta de que era macho. Entonces lo llamó Jagger. Nuestra gata tenía que ser Norah. Quedaba alternativo y molón. Pero hay un factor con el que no contamos al nombrar a una mascota: que lo acepten. A las dos semanas de llegar intentó comerse unas chinchetas, le encanta arrojarse sobre su hermano mayor y mordisquearle las piernas, ingerir plásticos, despertarnos de madrugada y destrozar cables: ha mutilado unos 10 cargadores de móvil y ordenador, el enganche del televisor, el mando de la Play y el alimentador de una lámpara, que le estalló en los dientes. Creo que ella ve culebras y satisface un doble instinto: cazar y agasajarnos. Norah se puso el nombre a sí misma. Se llama Chinchi. Maúlla con una voz de cizalla, ni siquiera como uno cree que sonará su gato. Ya lo dijo Umberto Eco: “Son de las pocas criaturas que no se dejan explotar por sus dueños”.

Tiene un aire a Morriña, un felino que sale en El Bosque Animado, de Wenceslao Fernández Flórez. El animal se contagia por el tono mágico de la novela y, un día, sale de su casa para unirse a un clan de iguales que también se ponen nombre y objetivo: las “panteritas” planean atacar a un buey. La aventura se prolonga hasta que Morriña echa de menos la comodidad y el calor del hogar, la comida a mesa puesta y la inofensiva empresa de, a lo sumo, tener que cazar un ovillo.

El gato es el animal más atractivo y fascinante, el más escrito y descrito, desde Edgar Allan Poe a Mark Twain o Bukowski. Del más de medio centenar con los que al parecer vivió Hemingway (conviene poner sus cifras en entredicho, pues también se jactaba de haber matado a 183 hombres en su vida), a los versos que Jorge Luis Borges dedicó al rebelde Beppo. O al hermoso poema que Baudelaire incluyó en Las Flores del Mal: “Ven, bello gato, a mi amoroso pecho; / retén las uñas de tu pata, / y deja que me hunda en tus ojos hermosos / mezcla de ágata y metal”. También han sido grandes protagonistas en el cine. Quizá ninguno bordó su papel como lo hizo Gato, en Desayuno con Diamantes, reapareciendo bajo la lluvia e impertérrito durante el icónico beso de Holly Golightly (Audrey Hepburn) y Paul Varjak (George Peppard) en el final del film, mientras suena Moon River.

En uno de los últimos días en Roma nos detuvimos en el Área Sacra mientras los vecinos de la zona daban de comer a la ingente población de gatos que ocupan las ruinas de los primeros templos de la ciudad, el teatro y la curia de Pompeyo, donde fue asesinado Julio César. Acorralados por el estrés de las vacaciones, aquellos mininos vagabundos nos relajaban, conectándonos con nuestro día a día de bolas de pelo. Tan tranquilo y común. Tan feliz y rutinario.

Milocho tiene la costumbre de pedir a gritos un paseo a mediodía, como si fuera un perro. Chinchi, de mirar la vida pasar desde el lomo del sofá, postrándose ante la ventana como un anciano que repasa sus días. A él le gusta sólo el agua a chorro del bidé y a ella, la pechuga de pavo baja en sal. Los dos están enganchados a los helados y al Stardust de John Coltrane, que los doma y los mece. No concibo la vida sin gatos ni hay mejor universo que el de las cuatro paredes de casa en la que habitan los ronroneos, las siestas de 8 horas, las miradas escrutadoras y amenazantes, el tacto de terciopelo de sus lomos. Viva esa rutina.